Viajar nos cambia, incluso cuando el destino queda muy cerca de casa

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El imponente paisaje de Fiambalá, en Catamarca; viajar da la oportunidad de ser alguien diferente, como explorador, por un tiempo
Vera Rosemberg

Cada tanto, armo una valija y me voy sola de viaje tanto como pueda. Es una costumbre de toda la vida que ha sobrevivido a pesar de mis cambios laborales, mi matrimonio y hasta la pandemia. “¿Y tu marido dónde está?”, te pregunta la gente. “¿Por qué viniste sola?”

“Está en casa”, les contestó, mientras chapoteo en un lodazal en la isla de Borneo, por ejemplo. “Porque a mí me gusta viajar sola.”

Yo busco más que visitar lugares lindos. La familia, el hogar y el trabajo son los polos magnéticos de mi vida, por eso a veces necesito consultar mi propia brújula personal bien lejos de la fuerte atracción que ellos ejercen. Cuando dejo atrás las cuestiones familiares por un tiempo, mi mirada sobre el mundo se renueva. Me fanatizo con platos de comida que nunca había probado, estallo de curiosidad. De viaje, soy una persona diferente.

En su libro Getting Away from It All: Vacations and Identity (Alejarse de todo: vacaciones e identidad), la socióloga Karen Stein analiza por qué cuando viajamos solos, o con amigos, nos sentimos tan distintos. Y propone que los viajes son una oportunidad para intentar alternar identidades: tomarnos un respiro momentáneo de nosotros mismos.

Mientras leía el libro me preguntaba si una “psicología del viaje” puede ayudarnos a realizar travesías más ricas o transformadoras. O si al menos puede permitirnos degustar a la distancia esa transformación, en caso de que la pandemia no nos deje alejarnos de casa.

Para empezar, le pedí a Stein que me explicara por qué alejarse de todo tiene ese extraño poder sobre nosotros. “El viaje transcurre en un tiempo aparte, separado de nuestras vidas cotidianas”, dice Stein, que trabaja como consultora e investigadora en la empresa Abt Associates. “Puede darnos una flexibilidad, tanto mental como social, que nos permita ver las cosas desde otro ángulo, experimentar cosas distintas o hacerlo de manera un poco diferente.”

Furor por cazar viajeros que trabajen a distancia

En opinión de Stein, las personas no tienen una sola identidad, sino muchas, una colección de yoes posibles que se alternan y evolucionan a lo largo del tiempo. Una versión es la que reconocen nuestros compañeros de trabajo, otra se ajusta más a nuestro papel de padres, hijos o amigos.

Hacer las valijas

El ritual del viaje, ya sea armar la valija o devorar el maní salado del avión, marca el momento en que dejamos un rato en el perchero esos yoes cotidianos. Los paramédicos se convierten en paracaidistas, los angloparlantes abandonan la facilidad de la lengua materna y se pasan una semana balbuceando frases elementales en otro idioma.

Y así como viajar brinda la oportunidad de ser alguien diferente durante un tiempito, algunos investigadores dicen que también nos cambia cuando volvemos a casa. Los estudios revelan que quienes viajan se vuelven más creativos, abiertos y seguros. Un estudio longitudinal reveló que los estudiantes universitarios eran más abiertos y simpáticos —y menos neuróticos— después de haber estudiado en el extranjero, cambios que los investigadores atribuyen a los vínculos que entablaron mientras viajaban.

El neuropsicólogo Paul Nussbaum, profesor adjunto de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburg, dice que algunos de esos beneficios pueden deberse al efecto que tiene viajar para la salud del cerebro. “Cuando hacemos algo novedoso y complejo, nuestro cerebro se desarrolla”, dice Nussbaum. Viajar interrumpe nuestros comportamientos mecánicos y repetitivos, y nos obliga a adaptarnos constantemente a entornos menos familiares. “Somos como animales rutinizados: hacemos cosas parecidas de manera parecida”, señala. “Los beneficios para la salud del cerebro llegan cuando nos salimos de esa rueda y nos desafiamos a nosotros mismos.”

Aún en la propia ciudad se pueden disfrutar pequeños placeres, como un café o un paseo como se aprecia con estos vecinos de Ámsterdam
Cecilia Lutufyan


Aún en la propia ciudad se pueden disfrutar pequeños placeres, como un café o un paseo como se aprecia con estos vecinos de Ámsterdam (Cecilia Lutufyan/)

Como no les alcanza con las escapadas ocasionales y los días de vacaciones de una vida abarrotada de obligaciones, algunos viajeros buscan hacer viajes más largos y se toman una especie de año sabático. Es la oportunidad perfecta para explorar partes de sí mismos que quedaron relegadas por la carrera profesional y la vida familiar, dice Holly Bull, presidenta del Centro de Programas Interinos, en Princeton, Nueva Jersey, una oportunidad “para salirse por un tiempo de ese camino que muchas personas sienten que ya está trazado delante de ellas”. La organización que dirige Bull se dedica a asesorar a esos potenciales viajeros y hacerles descubrir la amplia gama de posibilidades que les ofrece el mundo, desde colaborar con investigaciones en mandriles hasta periodos de inmersión lingüística.

Durante el primer año de la pandemia, Bull observó un marcado aumento de interés de los adultos por los viajes de año sabático. De hecho, el auge del teletrabajo ya antes de la pandemia ofrecía mayores facilidades para embarcarse en un viaje prolongado. Programas como Remote Year y WiFi Tribe, que ofrecen apoyo logístico para viajes largos por el extranjero, se han multiplicado en los últimos años, y aunque al principio la pandemia interrumpió la vida de muchos trabajadores remotos, los viajeros han vuelto a hacer reservas para viajes prolongados. Una de las próximas salidas que propone Remote Year es un viaje de un año a través de los cinco continentes.

Por supuesto que subirse a uno y muchos aviones no implica necesariamente descubrirse a sí mismo. “Viajar puede ser una experiencia realmente transformadora, pero eso no está garantizado”, dice el psicólogo Jaime Kurtz, profesor de la Universidad James Madison y autor de The Happy Traveller: Unpacking the Secrets of Better Vacations (El viajero feliz: el secreto para las mejores vacaciones). Aunque pasar una semana de borrachera en Las Vegas o Cancún puede expresar una faceta de nuestra identidad que nuestra familia y compañeros de trabajo no conocen, tampoco es precisamente una vía rápida para al autodescubrimiento y el crecimiento personal.

Los que estén buscando hacer un viaje significativo y con efectos duraderos, dice Kurtz, tienen que empezar por salir un poco de su zona de confort y tener una experiencia distinta, ya sea participar de una actividad intercultural o realizar un paseo más exigido que de costumbre.

Bajar un cambio en la vida cotidiana también ayuda mucho. “Hagan una caminata más larga, o un recorrido en bicicleta que nunca hicieron, algo que simplemente les permita mirar las cosas con mayor detenimiento y profundidad”, señala Kurtz. Y para que las experiencias de viaje inmersivas tengan mayor efecto, es sumamente importante poner en pausa el llamado “síndrome FOMO”, el “miedo a perderse algo”, porque es muy difícil asimilar lo que pasa en nuestro entorno cuando estamos preocupados por las otras cosas que podríamos estar haciendo. “Soy un fanático de los lugares donde no hay muchas opciones, porque ahí no te sentís abrumado por todas las cosas que podrías hacer”, comenta.

Con nuevos ojos

Kurtz reconoce que con la variante Delta muchos todavía no se sienten preparados para un viaje largo en avión. De hecho, algunos ya descartaron sus planes para el “viaje de revancha” pospandemia que los expertos en su momento anticiparon. Y la pandemia no es el único factor que hace que los viajeros reconsideren sus planes: el costo ambiental de los viajes en avión, con su enorme impacto sobre la emisión de gases de efecto invernadero, también preocupa a muchos potenciales viajeros.

Reserva ecológica de Vicente López
Ricardo Pristupluk


Muchos de los beneficios de viajar pueden encontrarse a la vuelta de la esquina, sin necesidad de despachar equipaje (Ricardo Pristupluk/)

Pero Kurtz señala que muchos de los beneficios de viajar pueden encontrarse a la vuelta de la esquina, sin necesidad de despachar equipaje. “Gran parte de mi trabajo es ayudar a la gente a saborear la vida cotidiana como lo hace cuando está de viaje, porque no solemos darnos cuenta de todo lo que podemos conseguir localmente.”

Kurtz señala que pasar tiempo en parques y áreas naturales cercanas a nuestro hogar suele ayudar a reconciliarnos con el lugar en el que vivimos. En investigaciones anteriores, Kurtz también descubrió que nos hace felices trasladar a nuestra vida cotidiana algunos de los pasatiempos típicos de los viajes, como sacar fotos de cosas bellas o relevantes. En vez de sacar rápidamente foto y seguir adelante, Kurtz recomienda detenerse y tomarse el tiempo de capturar una imagen más pensada, que luego tendrá más valor.

Hay cambios mínimos que incluso son importantes, como tomar un camino diferente para ir al trabajo, o sentarnos en un café que nunca habíamos visto. Haciéndose eco del consejo de Nussbaum, Kutz dice que lo más importante es evitar la tendencia a ir por la vida en piloto automático.

“Cuando vamos a un lugar nuevo, nuestros hábitos se interrumpen”, dijo Kurtz. “Esa es la lección que nos dejan los viajes para mejorar nuestras vidas.”

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