El verdadero ganador de la guerra de Afganistán

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Integrantes del grupo talibán en Kabul, Afganistán, el 22 de agosto de 2021. (Victor J. Blue/The New York Times)
Integrantes del grupo talibán en Kabul, Afganistán, el 22 de agosto de 2021. (Victor J. Blue/The New York Times)

Solo unos días después de que los talibanes tomaron Kabul, su bandera ya ondeaba en lo alto de una importante mezquita de la capital de Pakistán. Era un gesto desafiante que tenía por objetivo fastidiar a los estadounidenses. Pero también era un indicio de quiénes fueron los verdaderos ganadores en la guerra de Afganistán que duró 20 años.

En apariencia, Pakistán era aliado de Estados Unidos en la guerra contra Al Qaeda y los talibanes. En las últimas dos décadas, su ejército obtuvo decenas de miles de millones de dólares en ayuda estadounidense, aun cuando Washington reconoció que gran parte del dinero desapareció en actividades no declaradas.

Sin embargo, desde que esta relación inició tras los atentados del 11 de Septiembre, estuvo plagada de engaños e intereses fragmentados. No hay que olvidar que los talibanes afganos contra quienes combatían los estadounidenses son, en gran medida, una creación del servicio de inteligencia de Pakistán (ISI, por su sigla en inglés), el cual cuidó y protegió durante toda la guerra los activos de los talibanes dentro de Pakistán.

Según los líderes tribales, en los últimos tres meses, mientras los talibanes arrasaban Afganistán, el ejército pakistaní recibió una oleada de nuevos combatientes en la frontera, procedentes de refugios que se encuentran dentro de Pakistán. Fue el golpe de gracia para las fuerzas de seguridad afganas entrenadas por los estadounidenses.

“Los pakistaníes y el ISI creen que han ganado en Afganistán”, señaló Robert Grenier, un exjefe de estación de la CIA en Pakistán. Pero, advirtió, los pakistaníes deben tener cuidado con lo que desean. “Si los talibanes afganos se convierten en los dirigentes de un Estado paria, cosa que es probable, Pakistán estará atado a ellos”.

Es probable que la reputación de Pakistán en Occidente, ya de por sí inestable, se desplome ahora que los talibanes han tomado el control de Afganistán. En las redes sociales ya han circulado peticiones de sancionar a Pakistán. Al no haber financiamiento del extranjero, Pakistán se ve en la necesidad de depender del comercio de drogas de los yihadistas, alentado por los nuevos gobernantes en Kabul. Sin duda, un Estado gobernado por los talibanes en su frontera envalentonará a los talibanes y a otros militantes islamistas dentro de Pakistán.

No olvidemos que las relaciones con Estados Unidos, mismas que ya van en descenso, se deteriorarán aún más. Aparte de mantener el equilibrio del arsenal nuclear de Pakistán, ahora los estadounidenses tienen menos incentivos para tener tratos con Pakistán.

Policías pakistaníes montan guardia en la parte exterior del complejo donde asesinaron a Osama Bin Laden, en Abbottabad, Pakistán, el 5 de mayo de 2011. (Warrick Page/The New York Times)
Policías pakistaníes montan guardia en la parte exterior del complejo donde asesinaron a Osama Bin Laden, en Abbottabad, Pakistán, el 5 de mayo de 2011. (Warrick Page/The New York Times)

Así que la pregunta para los pakistaníes es: ¿qué harán con el deteriorado país que tienen como trofeo? Pakistán, junto con Rusia y China, ya está ayudando a llenar el espacio que han dejado los estadounidenses. Las embajadas de estos tres países han permanecido abiertas desde que los talibanes tomaron Kabul.

Uno de los nuevos gobernantes de Afganistán es Khalil Haqqani, un talibán protegido pakistaní que a menudo visitaba los cuarteles generales del ejército pakistaní en Rawalpindi.

Conocido para el servicio de inteligencia estadounidense como el emisario talibán de Al Qaeda, la semana pasada Haqqani se presentó en Kabul como su nuevo jefe de seguridad, descaradamente armado con un rifle M4 hecho en Estados Unidos y con un escuadrón de protección vestido con equipo de combate estadounidense.

“Gobernar un país devastado por la guerra será una gran prueba y un desafío impresionante, sobre todo porque los talibanes han sido una fuerza beligerante y ninguno de ellos es experto en gobernar”, esta semana escribió Malleeha Lohdi, quien fungió como embajadora de Pakistán ante las Naciones Unidas, en una columna del periódico The Dawn.

Durante la guerra, los estadounidenses toleraron el doble juego de Pakistán porque no veían muchas alternativas y prefirieron pelear una guerra caótica en Afganistán a combatir con un Pakistán que tiene armas nucleares. Además, los puertos y los aeródromos de Pakistán ofrecían los puntos de entrada principales y las líneas de abastecimiento para el equipo militar estadounidense que se necesitaban en Afganistán.

Pakistán ayudó, aunque, según los funcionarios estadounidenses, su agencia de espionaje les proporcionó a los talibanes, durante toda la guerra, apoyo para la planificación, conocimientos para la capacitación y, en ocasiones, asesoría de campo.

Pese a que, en apariencia, Pakistán era un aliado de Estados Unidos, siempre trabajó para sus propios intereses, como lo hacen todos los países. Entre esos intereses no estaba una amplia presencia estadounidense en su frontera, un Afganistán autónomo con un gobierno democrático que no pudiera controlar ni un ejército fuerte y centralizado.

Más bien, el objetivo de Pakistán en Afganistán era crear una esfera de influencia para obstaculizar a su archienemigo: India. Los pakistaníes insisten en que India usa grupos separatistas como el Ejército de Liberación de Baluchistán, el cual opera desde los refugios de Afganistán, para incitar a los disidentes de Pakistán.

“El Ejército pakistaní cree que Afganistán ofrece un aspecto estratégico contra India, que es su obsesión”, señaló Bruce Riedel, exasesor en asuntos de Asia del Sur para los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama, “Estados Unidos alentó a India a apoyar al gobierno afgano respaldado por Estados Unidos después de 2001, lo que exacerbó la paranoia del Ejército”.

TEl nexo entre los pakistaníes y el triunfal Haqqani fue incuestionable e indispensable para la victoria de los talibanes, comentó Douglas London, antiguo jefe de la CIA en la lucha antiterrorista en Asia del Sur y del Oeste.

El dirigente del Ejército pakistaní, Qamar Javed Bajwa, y el director del ISI, Hameed Faiz, se reunían con Haqqani “de manera recurrente”, señaló London. Se sabe que, desde hace mucho tiempo, la familia extendida de Haqqani vive en las áreas no gobernadas de Pakistán a lo largo de la frontera afgana.

“Estados Unidos presionó todo el tiempo a Bajwa para que les diera a Khali Haqqani y a otros dos líderes de Haqqani, pero Bajwa siempre decía: ‘Díganos dónde están’”, explicó London, quien ha escrito una autobiografía de próxima publicación sobre sus años en la CIA: “The Recruiter”. “Mi cita favorita es cuando Bajwa dice: ‘Solo vengan a mi oficina e iremos en helicóptero a recogerlos ‘”.

Mencionó que la ayuda de Pakistán abarcó una gama de servicios. Había refugios seguros en las áreas fronterizas de Pakistán, sobre todo en la ciudad de Quetta, que albergaban a los combatientes talibanes afganos y a sus familiares. Los servicios médicos atendían a los combatientes heridos, a veces en los hospitales de Karachi y Peshawar, las ciudades principales. La libertad que tenían los Haqqani en Pakistán para administrar lucrativos negocios de bienes raíces, contrabando y algunos otros mantuvo en marcha su maquinaria de guerra.

London mencionó que, por el temor de ser atrapado en Afganistán con alguna prueba irrefutable para los estadounidenses, el ISI casi siempre mantuvo sus operativos fuera del conflicto en sí.

El ISI también proporcionó activos a los talibanes para elevar su nivel internacional. El líder de los talibanes, Abdul Ghani Baradar, viajó con pasaporte pakistaní para asistir a las conversaciones de paz en Doha, Catar, y para reunirse en Tianjin, China, con Wang Yi, el ministro de Relaciones Exteriores.

“Los talibanes afganos no estarían donde están sin la ayuda de los pakistaníes”, comentó London.

Las relaciones de Washington con Pakistán se enfriaron después de que, en 2001, los Equipos de Tierra, Mar y Aire de Estados Unidos asesinaron a Osama Bin Laden en una casa de seguridad ubicada cerca de la academia militar de Pakistán. Los altos funcionarios estadounidenses dejaron de ir a Pakistán y disminuyeron la ayuda.

Pese a las relaciones tensas, Estados Unidos sigue trabajando en Pakistán a través del Departamento de Energía con el fin de ayudar a proporcionar seguridad para las armas y el material fisible, explicó Toby Dalton, codirector del Programa de Política Nuclear del Fondo Carnegie.

Pero Pakistán también es ágil en sus alianzas. China, un viejo mecenas de Pakistán —ambos consideran que tienen “una relación de interdependencia”— está invirtiendo mucho en la infraestructura de Pakistán.

China afirma públicamente que le alegra ver que los estadounidenses salieran de Afganistán y que está preparado para llenar el vacío y ampliar su Iniciativa de la Franja y la Ruta hacia Afganistán, donde espera extraer minerales.

No obstante, en privado, los chinos son precavidos. Algunos trabajadores chinos en Pakistán han sido asesinados en ataques terroristas, lo cual podría ser el presagio de dificultades en Afganistán. Además, los talibanes prefieren estar aislados a tener carreteras y presas que pudieran servir para debilitar el control sobre su población.

El director de Seguridad Internacional de la Fundación Asia Pacífico en Londres, Sajjan Gohel, aseguró que China prevé que Pakistán funja como moderador en Afganistán.

“Parece que, gracias a sus vínculos mutuos con Pakistán, los chinos confían en que podrán obtener mayores garantías de seguridad por parte de los talibanes”, afirmó Gohel.

© 2021 The New York Times Company

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