Vaya vergüenza el debate electoral femenino.


Voy a llevaros la contraria. Vaya vergüenza el debate femenino.

No, no es para estar orgullosos. Ni de lejos.

No, no es para decir que ellas son el ejemplo. Ni María Jesús Montero (PSOE), ni Ana Pastor (PP), ni Irene Montero (Podemos), ni Inés Arrimadas (Ciudadanos), ni Rocío Monasterio (Vox), -las protagonistas del último debate en campaña-amenazan a ninguna cúpula política.

No amenazan el puesto de ninguno de los hombres –sus jefes- candidatos –todos hombres- a la presidencia del gobierno.


Ellas por un lado, ellos por otro.


Porque ellas han debatido en su gueto. El gueto femenino. El lugar donde los hombres nos dejan a las mujeres hacer nuestras cositas, no vayamos a decir luego que son machistas.

Pueden hablar entre ellas, que no se diga que los machos las vetan. Pueden enfrentarse, mostrar su capacidad de reflexión, de análisis. Pueden incluso exhibir su inteligencia.

Pero en su gueto.

El gueto femenino.

Como nosotras teníamos nuestras revistas. Para hablar entre chicas.

El gran salto llegará, queridos y queridas, cuando dé igual el género. Cuando arriba del todo haya mujeres –y debatan en primera línea con los hombres- y cuando en segunda fila haya hombres –y debatan allí con las mujeres-.

Porque no, no se trata de hacer encuestas de si estuvieron mejor ellas que ellos. Se trata de que estemos mezclados.

Ellas, la noche del jueves, dieron un chorreo –perdón por la expresión- a los hombres que las mandan.

Pero, claro, piensan algunos, debatir entre chicas es más fácil. Dejémoslas que se apañen entre ellas.