Nueva Vaquería: la comunidad que conserva su bosque en una zona de tala ilegal

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Jorge Zavaleta señala los pinos de más de diez metros que están a lo largo del sendero por el que camina. A cada momento detiene sus pasos para contemplar los árboles que lo rodean y contar su historia: “Antes todo esto eran cultivos de papa. Ahora es bosque”.

Alrededor de Zavaleta hay cientos de pinos y oyameles sembrados, la mayoría, hace 15 años. Si bien en estas tierras del municipio de Calcahualco, en Veracruz, ya había un bosque templado, muchos de sus árboles se talaron para sembrar papa. Pero, hace tres lustros, los habitantes del Ejido Nueva Vaquería decidieron dar un giro a su historia al recuperar, conservar y, al mismo tiempo, vivir de su bosque.

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“Antes —cuenta Zavaleta— cuando nosotros nos dedicamos a pura papa, como que se acentuaba la seca, se hacían polveríos en las calles. Después vimos que es mejor el monte (el bosque), los aguajes de agua se conservaron más”.

Una mirada al bosque que conserva Nueva Vaquería. Foto: Óscar Martínez

El bosque que ahora tienen los habitantes del Ejido Nueva Vaquería es vecino del Parque Nacional Pico de Orizaba, área natural protegida —declarada en 1937— que alberga al Pico de Orizaba o Citlaltépetl, un volcán que se ubica justo donde se unen Veracruz y Puebla y que, con sus 5,636 metros sobre el nivel del mar, se corona como el más alto de México.

En los últimos años, las zonas boscosas que se localizan dentro de las 19 750 hectáreas que tiene el Parque Nacional Pico de Orizaba, así como aquellas que están a su alrededor, han padecido del aumento de la tala ilegal y de la instalación de aserraderos clandestinos.

En medio de ese panorama destaca el ejido de Nueva Vaquería, donde sus 87 ejidatarios y menos de 800 habitantes han logrado lo que parecía imposible: recuperar su bosque y hacer un manejo sustentable de sus terrenos forestales.

Sembrar pinos en lugar de papas

Es un martes del mes de octubre y los ejidatarios de Nueva Vaquería se han reunido en el salón social del pueblo para tomar acuerdos, dividirse las faenas, concretar una venta de madera y explicar a Mongabay Latam cómo manejan su bosque.

Los ejidatarios cuentan que el bosque se respeta desde que vivían sus abuelos y sus padres. También reconocen que no siempre ha sido fácil conservarlo. Hace años, por ejemplo, la comunidad se dedicó a la siembra masiva de papa. Eso llevó a que se talaran algunas áreas. Pero ese cultivo empezó a dejar pérdidas por las heladas constantes.

“Había mucha papa, me acuerdo que mi papá sacaba hasta 30 toneladas al año, pero luego ya no se dio: se agusanaba, no se daba bien. Entonces todo eso se reforestó”, recuerda Federico Vázquez.

Los ejidatarios de Nueva Vaquería comenzaron a recuperar su bosque. Para hacer un aprovechamiento adecuado de sus árboles, contrataron a un técnico forestal, quien diseñó su programa de manejo forestal: la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) lo aprobó en 2015.

“Antes, para talar, nosotros escogíamos el árbol más frondoso, el más bonito. El técnico fue enseñándonos; primero, tirar los que tienen plaga, los feos, y luego ver aquellos que ya cumplieron su ciclo y deben cortarse para dejar crecer a los nuevos”, explica Jorge Zavaleta.

El comisario ejidal Antonio Camarillo menciona que el permiso de aprovechamiento forestal que tiene Nueva Vaquería les permite sacar entre 1200 y 1500 metros cúbicos de madera al año. Para elegir qué árboles se pueden cortar, contratan a un técnico forestal.

Los ejidatarios se han organizado para hacer cuatro cortes al año en fechas claves para la comunidad: en abril, para prepararse rumbo a la Semana Santa; en junio, cuando el pueblo organiza su fiesta patronal; en octubre, para la fiesta de Todos Santos, y en diciembre.

La madera se vende en trozos y tablas a municipios cercanos de Veracruz y en Puebla; lo que sobra se utiliza para fabricar guacales, cajas de madera para transportar fruta y verdura. Algunos ejidatarios tienen pequeños talleres para procesar los cortes.

Como parte de su programa de manejo forestal, la comunidad tiene un área de conservación y servicios ambientales de cerca de 100 hectáreas. Además, una de las reglas máximas es reforestar aquellas zonas en donde se talaron árboles. El objetivo es no permitir que el bosque se acabe.

Como parte de su programa de manejo forestal, la comunidad conserva cerca de 100 hectáreas para servicios ambientales. Foto: Óscar Martínez.

El bosque no miente

Entre los logros que los ejidatarios presumen está su vivero comunitario, donde usan semilla criolla para producir 60 mil plántulas de pino al año y reforestar su bosque; lo crearon hace 18 años y para mantenerlo en pie se organizan en faenas.

“La semilla —explica Camarillo— viene de los árboles padres de más de 50 años. La planta que crece la llamamos árboles criollos (porque) son nativos de acá y tienen más posibilidades de sobrevivir a más de 3 mil metros de altitud”.

Los ejidatarios estiman que gracias a ese vivero han logrado reforestar casi 500 hectáreas de bosque en los últimos años: “Tiramos dos palos (árboles) y sembramos diez. Vamos cuidando porque tenemos más familia, ellos van a crecer, y si nosotros acabamos con todo, ¿ellos qué van a comer? Sabiendo que aquí no se da el frijol, el maíz, nada, tenemos que dejar algo a nuestros hijos”, dice el ejidatario Anastacio Blas Vázquez.

“El bosque no nos deja mentir, lo hemos conservado”, dice Miguel Hernández, otro de los ejidatarios. Sus palabras tienen sustento: cuando se sube por los caminos de Nueva Vaquería se pueden ver los oyameles custodiando el paso y el olor a pino satura la nariz cuando uno se adentra en el bosque. La belleza del lugar contrasta con otras partes del volcán, donde la deforestación es evidente.

Logro comunitario, sin apoyo gubernamental

Los ejidatarios remarcan que la conservación de su bosque ha sido gracias a la unión de la comunidad. Rara vez, dicen, la puerta del gobierno se ha abierto para darles apoyo: “Hace poco metimos papeles (para acceder a recursos de la Comisión Nacional Forestal) para unas tinas ciegas —zanjas para conservar la humedad de los árboles— y reforestación, pero nos dijeron que, de plano, este año ya no se podía”, explica el comisario ejidal.

En Nueva Vaquería, a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, las heladas terminan con la mayoría de los cultivos, eso y la conservación del bosque los dejó fuera de Sembrando Vida —el programa social insignia— del actual gobierno, el cual otorga 5 mil pesos mensuales a los campesinos que cumplan con tener un terreno de 2.5 hectáreas de tierra libre para desarrollar sistemas agroforestales.

Anastacio Blas explica que la comunidad no pudo entrar como beneficiaria del programa gubernamental por la falta de espacio para sembrar, pues a diferencia de otras comunidades, la gente no aceptó talar : “Ojalá esos recursos fueran para cuidar más el bosque”.

En esta comunidad, los ejidatarios se repartieron en parcelas las 847 hectáreas de uso común. Esta acción no la permite la Ley Agraria, pero a ellos les ha funcionado para tener un mayor cuidado del territorio y respetar la colindancia del parque nacional. “Es un acuerdo interno de asamblea, no hay papeles de eso, pero cada quien respeta el espacio”, explica el comisario ejidal.

La mitad de las familias de Nueva Vaquería viven de la producción de cajas para empaque que venden en la central de abastos de Puebla. Una parte de la madera que usan es del aprovechamiento del bosque, otra parte la consiguen comprando madera de baja calidad en municipios vecinos. “Aquí si alguien va y corta (un árbol) sin permiso, se recoge el palo, el trozo; (se impone) una multa y a la cárcel del pueblo”, sentencia el comisario ejidal.

Los ejidatarios también tienen un centro de acopio de madera. Los recursos económicos obtenidos por el cobro de uso del almacén se han utilizado para hacer caminos, arreglar la torres de la iglesia y comprar un camión de carga para transportar la madera.

El trabajo para conservar el bosque no para en todo el año: se hacen faenas en el vivero, tinas ciegas, podas, brechas corta fuego y se componen los caminos. No hay suficientes manos, pero tampoco dinero para dar trabajo a toda la gente del pueblo. En Nueva Vaquería, la migración es evidente.

“Nosotros tratamos de no derribar el monte. Mantenemos el agua de aquí para las comunidades de abajo, pero yo siento que el gobierno eso no lo ve, no nos apoya para que cuidemos más el bosque, para dar empleo a nuestra gente”, reclama Anastacio.

Lee la historia completa en Mongabay.

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