¿Cómo vacunar a los adultos mayores confinados en casa? Llévandoles las vacunas

Roni Caryn Rabin
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Karen Abrashkin, a la izquierda, le administra una vacuna contra el coronavirus a Irma Hernández en la casa donde vive con su esposo, Héctor, en Hempstead, Nueva York, el 10 de marzo de 2021. (Chang W. Lee/The New York Times)
Karen Abrashkin, a la izquierda, le administra una vacuna contra el coronavirus a Irma Hernández en la casa donde vive con su esposo, Héctor, en Hempstead, Nueva York, el 10 de marzo de 2021. (Chang W. Lee/The New York Times)
Karen Abrashkin, a la derecha, choca las palmas con los miembros del personal de Northwell Health en New Hyde Park, Nueva York, mientras se prepara para vacunar a los pacientes de edad avanzada confinados en casa, el 10 de marzo de 2021. (Chang W. Lee/The New York Times)
Karen Abrashkin, a la derecha, choca las palmas con los miembros del personal de Northwell Health en New Hyde Park, Nueva York, mientras se prepara para vacunar a los pacientes de edad avanzada confinados en casa, el 10 de marzo de 2021. (Chang W. Lee/The New York Times)

Una ampolleta con dosis de vacunas. Cinco pacientes de edad avanzada confinados en casa. Seis horas para llegar a ellos antes de que la vacuna se estropee.

La semana pasada, los médicos de Northwell Health, el mayor proveedor de atención médica del estado de Nueva York, se propusieron resolver uno de los retos médicos y logísticos más complicados de la campaña de vacunación de los estadounidenses contra el coronavirus: cómo vacunar a millones de adultos de edad avanzada que viven en casa y presentan alguna discapacidad o están demasiado débiles para ir a una clínica o hacer fila en un centro de vacunación.

Los miembros del programa de visitas domiciliarias de la red se habían preparado para su primera tarea. El suministro de la nueva vacuna contra el coronavirus de Johnson & Johnson facilitó la operación, ya que una sola visita sería suficiente.

Un equipo médico trazó una ruta que incluiría un grupo de hogares que no estaban muy alejados entre sí, comenzando por los pacientes de mayor edad en comunidades desatendidas y muy afectadas por el virus. Los médicos se pusieron en contacto con los pacientes mucho antes de las visitas, a sabiendas de que necesitarían bastante tiempo para analizar con sus familias si querían vacunarse. Solo unos pocos los rechazaron; la mayoría se mostraron entusiastas.

Antes de salir a la calle, los médicos examinaron a los pacientes por teléfono para asegurarse de que estaban relativamente sanos. Había que evitar cualquier problema inesperado. Los médicos trabajaban a contrarreloj: una vez que perforaran el sello de la ampolleta y extrajeran la primera dosis, solo tendrían seis horas para utilizar el resto de la vacuna o habría que desecharla.

“Creo que dirigiremos una operación bien organizada, pero con mucha compasión”, afirmó Karen Abrashkin, directora médica del programa, el miércoles pasado mientras llevaba en el asiento trasero una voluminosa hielera de alta tecnología (que en realidad es un refrigerador para auto) conectada a un encendedor.

En su interior había una ampolleta del tamaño de un dedal, que contenía cinco dosis de la vacuna. “Es un momento histórico”, señaló.

Su primera parada fue doble: la casa de un matrimonio en Hempstead, Nueva York. Héctor Hernández, de 81 años, limpiador de ventanas jubilado que solía trabajar en edificios de gran altura en Manhattan, y su esposa, Irma, de 80 años, costurera jubilada, habían decidido vacunarse después de sortear infinidad de consejos contradictorios de amigos y familiares.

“Al principio estaba escéptico… ¿será segura?”, se preguntó Hernández. Dos amigos le habían advertido que tuviera cuidado porque la vacuna era nueva, pero el cardiólogo de Irma Hernández le aseguró a la pareja que era segura y otro amigo parecía estar confiado en que vacunarse era mejor que no hacerlo.

Las nietas de la pareja, incluida una que estuvo dos semanas en cama a causa del COVID-19, les aconsejaron esperar para ver si la vacuna tenía efectos secundarios a largo plazo. Al final, dijo Hernández, su hija los convenció para que se vacunaran.

“Me llamó y me dijo: ‘Tienes que ponértela, porque si alguna vez te contagias de COVID-19 puede ser terrible: no puedes respirar’”, dijo Hernández.

Mientras Abrashkin pinchaba el sello de la ampolleta con una jeringa, Lorraine Richardson, una trabajadora social que la acompañaba, anotó la hora: 10:11 de la mañana. Las dos vigilaron a los Hernández durante 15 minutos para detectar efectos secundarios y luego se marcharon. Tenían hasta las 4:11 de la tarde para visitar a otros tres pacientes.

Al menos dos millones de estadounidenses como los Hernández están confinados en casa, una población casi invisible. La mayoría padece múltiples enfermedades crónicas, pero no puede recibir atención médica primaria en su casa. Con frecuencia acaban en hospitales y sus padecimientos los hacen vulnerables al coronavirus.

Cuando los funcionarios de salud pública elaboraron los planes de distribución de las vacunas, se les dio prioridad a los casi cinco millones de residentes y trabajadores de los centros de atención para personas de edad avanzada, como los asilos para ancianos, donde el coronavirus se propagó como un reguero de pólvora durante los primeros días de la pandemia. El virus mató a 172.000 residentes y trabajadores, lo que supuso aproximadamente una tercera parte de todos los fallecimientos por COVID-19 en Estados Unidos.

A falta de una campaña coordinada a nivel federal dirigida a las personas confinadas en casa, han surgido iniciativas locales en todo Estados Unidos. Los paramédicos del Departamento de Bomberos les están administrando vacunas a las personas de edad avanzada confinadas en su casa en Miami Beach, Florida y Chicago. Un servicio de enfermería a domicilio vacuna a los adultos mayores que localizan a través del programa Meals on Wheels (alimentos sobre ruedas) en East St. Louis, Illinois.

Varios sistemas sanitarios, como el Geisinger Health en Pensilvania y el Centro Médico de Boston, han identificado a cientos de estadounidenses confinados en casa y les han enviado vacunas. En Minnesota, las organizaciones sin fines de lucro han puesto en marcha clínicas de vacunación en edificios de apartamentos para mayores y centros de atención diurna para adultos.

El lunes, la ciudad de Nueva York anunció que estaba ampliando los esfuerzos para vacunar de puerta en puerta a los adultos mayores confinados en casa y planean llegar a al menos a 23.000 habitantes. El programa de médicos a domicilio del Monte Sinaí en Nueva York, que atiende a 1200 habitantes confinados en casa, ha vacunado a 185 pacientes y ha recibido autorización para vacunar también a sus cuidadores, según Linda DeCherrie, directora clínica del programa Monte Sinaí en casa.

El programa de visitas a domicilio de Northwell, que atiende a pacientes de Queens, Manhattan y Long Island, tiene previsto vacunar a 100 pacientes a la semana durante las próximas diez semanas, un calendario que podría acelerarse si se les permite a las enfermeras llevar medicamentos de emergencia en caso de que los pacientes desarrollen reacciones secundarias como un choque anafiláctico.

Mientras Abrashkin administraba las vacunas en Long Island la semana pasada, Konstantinos Deligiannidis, un colega, vacunó a cinco mujeres de edad avanzada en la zona de Brentwood, Nueva York, en el transcurso de cuatro horas.

“Estaban más tranquilas”, dijo. “Todas habían estado preocupadas: ¿cómo iban a vacunarse si no podían salir de casa?”.

Abrashkin y Richardson visitaron, y vacunaron, a otras dos mujeres mayores el miércoles antes de hacer su última parada en la soleada cocina llena de plantas de Juanita Midgette, de 73 años, profesora jubilada de Informática y Comercio que vive con artritis y que tuvo a Eddie Murphy entre sus antiguos alumnos.

Después de recibir la inyección, le preguntó a Abrashkin: “¿Ya se acabó todo?”.

“Es difícil estar aislada”, comentó Midgette. “Deseo poder volver a convivir, de alguna manera, de alguna forma”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company