Vacunación masiva en el campo español ante la "bomba de relojería" del covid

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Se acerca el verano y miles de personas llegan de todo el mundo al noreste rural de España para la cosecha de la fruta. Una "bomba de relojería" en tiempos de covid que quieren desactivar con una vacunación masiva del sector agrícola.

El cóctel explosivo es bien conocido en la llanura agrícola entre las regiones de Cataluña y Aragón, escenario de un fuerte rebrote del covid entre junio y julio que provocó severas restricciones y puso en jaque la campaña de la recogida de la fruta.

"Hace un año lo pasamos muy mal. Nos cerraron los municipios, se cerraron centrales frutícolas por los casos de covid... Esto nos da relajación y tranquilidad", afirma Jordi Janés, alcalde de Alcarrás, un municipio de 10.000 habitantes cerca de Lérida, la principal ciudad de la zona.

Frente a él, decenas de personas esperan turno frente a una antigua escuela azul y blanca, de estilo colonial, donde un pelotón de enfermeros vacuna en serie a hasta 400 trabajadores de empresas agrícolas de los alrededores.

En la entrada les piden la documentación y la empresa para la que trabajan, antes de pasar a otra sala donde les inyectan el fármaco de Janssen, de una sola dosis, algo práctico para un colectivo tan itinerante como los temporeros.

"Nos han dado una alegría a todos", confiesa Kelly Johanna Hurtado Marín, una colombiana de 22 años, que recuerda con angustia el rebrote del año anterior.

"Fue muy duro (...) Muchos compañeros cogieron el covid, yo por suerte no y esos meses tuve que trabajar mucho", dice esta joven que, por edad, debería haber esperado todavía unas semanas para vacunarse.

Cada año, esta zona recibe a unos 20.000 trabajadores temporeros de lugares como Colombia o Senegal, que suelen moverse entre regiones encadenando una cosecha tras otra.

El año anterior el contingente aumentó, especialmente nutrido de migrantes irregulares a quienes la pandemia privó de sus medios de supervivencia y se encontraron viviendo en condiciones precarias o en la calle.

En pocas semanas, los contagios se dispararon y volvieron las restricciones duras como la clausura de restaurantes o el cierre perimetral de municipios.

- 'Una bomba de relojería' -

En sus cercanos campos de nectarinas, Josep Maria Companys ya no se preocupa tanto por el covid sino por cómo afectará el frío de las últimas semanas a su cosecha.

"Las cosas este año tienen otro aspecto", explica este agricultor de 61 años, contemplando a sus trabajadores aclarando las ramas de sus árboles frutales.

De ellos, seis son temporeros subsaharianos que trabajan ocho meses en el campo español y luego vuelven con sus familias. En pocos días, recibirán la vacuna.

"Esta gente marchará de aquí y se irá a hacer la campaña de la uva, de la manzana, de la oliva, a lo mejor terminan haciendo las fresas en Huelva (suroeste de España)", explica Companys.

"Si los vacunamos aquí, ya los llevaremos vacunados al resto del país (...) Es un problema que nos sacamos ya", afirma.

Este agricultor reclama la inmunización de quienes llegan sin trabajo o incluso sin papeles. Las autoridades sanitarias de Cataluña tienen previsto hacerlo, aunque por ahora priorizan a las plantillas de las empresas agrícolas.

"Esta gente está aquí, durmiendo en la calle, sin poderse asear y es muy fácil que se contagien. Y eso es una bomba de relojería para todos nuestros pueblos", advierte.

- Durmiendo en la calle -

El temporizador empieza a correr. En una plaza del centro de Lérida, el principal núcleo urbano de la zona, decenas de migrantes charlan alrededor de un mercadillo improvisado con todo tipo de mercancías.

"Es el primer año que vengo, nunca lo había necesitado", dice Ousman, senegalés de 33 años llegado del norte de España, donde sobrevivía sin papeles con la venta ambulante.

"Con el virus no hay faena y vine aquí a buscar. Pero tampoco hay nada, no tengo casa y es muy duro", explica Ousman, que prefiere no desvelar su apellido.

Historia similar cuenta Amady, aunque él está regularizado. "Tenía un buen trabajo de soldador pero lo perdí con la pandemia. Llevo casi un año sin trabajo y me dije por qué no busco en Lérida", explica este senegalés de 51 años.

Durmió tres noches al raso antes de encontrar cobijo en el albergue de la Fundación Arrels Sant Ignasi, que se inauguró hace un año. Sus once plazas están ya ocupadas y la lista de espera es larga.

"El año pasado la ciudad estaba confinada y se visibilizó la cantidad de gente que dormía en la calle. Pero es una historia de muchos años y este año se ha vuelto a repetir", asegura su presidente Roger Torres.

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