Vacuna contra el Covid: Miedos y deseos de los adultos mayores que ya recibieron las dos dosis

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Josefa Llamas de 87 años, vacunada con la segunda dosis de la Sputnik V
Fabián Marelli

Son los pioneros del calendario de vacunación y se los recuerda allá en febrero de este año recibiendo su primera dosis de la Sputnik V y la AstraZeneca. Cuatro meses después, los mayores de 80 años están logrando el máximo grado disponible de inmunidad frente al Covid-19. Del total de 138.570 vacunados con primera dosis de más de 80 años en la ciudad de Buenos Aires, a la fecha más de la mitad ya tienen aplicada su segunda dosis de cualquiera de las dos fórmulas.

Una mañana, el teléfono de algunos de los voluntarios del Gobierno porteño vibra especialmente inquieto; la cantidad inusual de llamadas entrantes, cuando ocurre, no es misterio para nadie: significa que sus postas fueron elegidas para recibir a los de más de 80. Se activa un extraordinario despliegue físico y mental, y se termina la jornada al borde del desvanecimiento. Gustavo Carbone, por ejemplo, sube y baja decenas de veces a los ancianos de los asientos de atrás de los remises que los acercan. A la salida, el movimiento es de la silla de ruedas al asiento trasero del remis. Eso sucede con los adultos mayores de nula o poca movilidad que llegaron, tristemente, sin compañía.

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“Hemos tenido en el Club Comunicaciones —revela Gustavo— a una ciudadana que cumplía 101, y entre todos le cantamos. Todo el salón le cantó y aplaudió a esta señora. La gente nos pregunta: ‘¿Dónde te capacitaste?’ No están acostumbrados a que los traten bien. La parte humana no se capacita, pero el voluntario que no la tiene se queda aislado, a un costado”.

Vacunación con la segunda dosis para mayores de 80 años en el Centro Cultural Centeya
Fabián Marelli


Vacunación con la segunda dosis para mayores de 80 años en el Centro Cultural Centeya (Fabián Marelli/)

De padres e hijos

Es viernes, cerca de la sede de San Lorenzo de Avenida La Plata, Boedo dormita su aletargamiento de siesta de pueblo en una semana de restricciones fuertes, solo alterado por el continuo desfile de padres o madres e hijos o hijas del brazo hacia las islas en las que se vacuna. Paula Barrientos, de 89 años, llega con su hija Miriam. La hija anuncia: “Después, mamá se va a su casa a resguardarse porque en esta ciudad nadie se cuida”.

Paula acata: “Llego a casa y me hago la comida, una sopa paraguaya, bien de correntina”. El largo confinamiento cambió ―les morigeró― las nociones de festejo, triunfo e hito; moderó expectativas y mandatos. “Es muy triste —sigue Paula— no poder hablar con nadie. Fui operaria de la metalúrgica y hacía los motores de Eslabón de Lujo. Miriam dice: “Mami estuvo siempre al pie del cañón, cuando tuve a mi primer hijo, siendo madre soltera”.

Vacunación con la segunda dosis para mayores de 80 años en el Centro Cultural Centeya
Fabián Marelli


Vacunación con la segunda dosis para mayores de 80 años en el Centro Cultural Centeya (Fabián Marelli/)

En el Centro Cultural Julián Centeya, cae la tarde. Jorge, hijo de Inés, de 85, y de Domingo, de 90, asume: “Toda esta situación los tiene muy estresados: la primera dosis en el Luna Park —esa caótica mañana de febrero de 2021— fue complicada, pero después todo cambió sustancialmente. ¡Hoy me están dando la posibilidad de que mi vieja, con la fatiga enorme que tiene, sea vacunada en el auto! [Inés, atenta, espera en el asiento del acompañante]. Hoy tengo que hacer de todo: remedios, impuestos, jubilación, compras. Eso me absorbe el 50% de mi vida. En esta pandemia, me convertí en el padre de mis viejos”.

Esther, de 83 años, fue parte de la camada pionera de los mayores de 80 que recibiendo la Covishield en febrero pasado. En la posta de San Lorenzo, cuenta: “Estoy mucho en la terraza; no salgo para nada. He salido por primera vez para darme la primera dosis, y ahora para la segunda. Mi generación está asustada. Por lo menos una sabe manejar un poquito la mente, porque fui instructora de yoga. Agradezco la salud que tengo; nunca un resfrío”.

Así es la vejez

En puerta del Club San Lorenzo, María, de 80, dice: “Después voy a festejar tomando el té”. Y Zulema, de 82, apunta: “A descansar, y después a celebrar con amigos”. Su sobrina, dice: “Ella siempre festeja al atardecer”. Zulema tuvo la opción de elegir dónde vacunarse: “Soy de San Lorenzo desde que nací”.

Otro día de vacunación. En un fresco amanecer, la pantalla de una tele anuncia la apertura de turnos a la población general de +55. Una señora mayor lee el videograph en voz alta. Hay un aplauso cerrado posterior y el grito de alguien, que por cualquier motivo estaba a punto de explotar en el ambiente: “¡Vamos, carajo!”.

Vacunación con la segunda dosis para mayores de 80 años en el Centro Cultural Centeya
Fabián Marelli


Vacunación con la segunda dosis para mayores de 80 años en el Centro Cultural Centeya (Fabián Marelli/)

No muy lejos, en la sede de Huracán, están Lilia, de 82, y su hijo. “A Lilia no le faltó nada”, dice el hijo. Lilia agrega: “Soy de San Luis, pero hace 40 años que vivo acá. Hemos compartido unos días con mi hijo, pero él ya se está por volver a San Luis. Me quedo sola, escuchando música clásica, leyendo, haciendo un poco de ejercicio”.

Ahí mismo, están Luis, de 84, y Amalia, de 82. “Nos llevamos más o menos; le molesta mi andar. Doy pasitos cortitos por el Parkinson”, dice Luis. Su esposa: “Lo apuro, lo empujo. En casa está: ti ti ti. Como si se fuera a tropezar, y no es así. Él no se exige”. Luis, un poco hastiado: “En cambio, yo jamás te dije: tal o cual comida no me gusta”.

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Asumpta, de 88, espera en la puerta de Huracán: “Ahora me voy a tomar un rico cafecito. ¡Le agradezco a la vida! A partir de hoy, estaré un poco mejor”.

Teresa, de 92, se encuentra en Luna y Amancio Alcorta, una cuadra que parece fuera de la ciudad, y que a esta hora va quedando desierta: “¿Qué? ¿Que le hable a la Teresa de 15? ‘Sabé vivir, querida. Andá tranquila por la vida. Ya van a vacunar a todos tus parientes; no sufras tanto’”.

Hebe, de 82 años, dice: “¿Qué? ¿Que si voy a festejar la inmunidad? A lo sumo una vueltita a la farmacia. Vivo en San Telmo, que es un barrio lindo, pero hay que tener cuidado”.

Martha Castellanos, de 86 años, le dice a su jijo, que está a su lado: “Gracias por todo lo que hacés por mí y por los demás”. Él responde: “El único momento en el que no la vi fue cuando yo tuve Covid-19”. ¿Qué le diría a la Martha joven? “Un día, Gustavo [el hijo] te llamará por teléfono y te dirá que está aislado por contacto estrecho. Tiene una neumonía bilateral; no te lo dice porque no te quiere hacer sufrir. No te enojes. Simplemente, no te asustes cuando un día no vaya a verte”.

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