Las víctimas de la represión, 20 años después: soledad, memoria y letargo judicial

·8  min de lectura
Un joven herido pide ayuda despues de ser detenido por la policía el 20 de diciembre de 2001, en Avenida 9 de Julio y Avenida de Mayo.
Daniel Jayo

Son muchas las marcas que dejaron las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 en la memoria colectiva de los argentinos. Sin embargo, las imágenes de los muertos en manos de la represión policial titilan con mayor intensidad. El sinuoso camino recorrido por la causa judicial tuvo su episodio más reciente la semana pasada, con el fallo de la Sala I de la Cámara de Casación que confirmó las sentencias a los acusados por aquellos crímenes de los que este lunes se cumplen dos décadas.

El Poder Judicial tardó más de cinco años y medio en expedirse, pese al pedido recurrente de los familiares para que se efectivicen las condenas al exsecretario de Seguridad del gobierno de Fernando De la Rúa Enrique Mathov, al exjefe de la Policía Federal Rubén Santos y al exdirector general de Operaciones de esa fuerza Norberto Gaudiero. “Es bueno. Pero ahora queremos que vayan presos, sin más demoras”, señala en diálogo con LA NACION María Arena, pareja de Gastón Riva, asesinado en las inmediaciones de la Plaza de Mayo.

El 2001 y sus huellas: el “big bang” de la Argentina que todavía condiciona el presente

“De 2016 para acá, todo fue esperar. Cuando finalmente se consiguió condenarlos, empezaron otra vez las peripecias. Antes la habíamos peleado durante muchos años, hasta que logramos que la causa se elevara a juicio”, indica Arena al detallar el recorrido de la causa abierta por el homicidio de su marido y de otras cuatro personas más: Carlos “Petete” Almirón, Alberto Márquez, Diego Lamagna y Gustavo Benedetto.

Mathov, ayer, durante la lactura de las condenas, en Comodoro Py
Mathov, ayer, durante la lactura de las condenas, en Comodoro Py


Mathov, en 2016, durante la lectura de las condenas en Comodoro Py

María denuncia las “desprolijidades irreparables” de un proceso judicial al que califica como “eterno” y que, al momento de la unificación de las distintas causas, dejó afuera a muchos heridos que no lograron ingresar a la demanda penal. Es la situación, por ejemplo, de Jorge Cárdenas, el hombre que fue baleado en las escalinatas del Congreso la noche del 19 y que murió tras seis meses de estar internado. O la de Rubén Aredes, joven asesinado mientras participaba de un corte de calle en Ciudad Oculta, en el barrio porteño de Villa Lugano.

El enojo de la primera diputada cartonera con su debut en el Congreso: “El balance es negativo”

“Son todos casos de la ciudad de Buenos Aires y sin embargo no entraron dentro de este juicio”, señala María, y agrega: “Tenemos los nombres, pero nadie fue juzgado por esos hechos. De hecho, los policías que tiraron están sueltos por ahí, más tranquilos que quienes por lo menos fueron a juicio”.

En ese sentido, Arena tampoco se olvida de remarcar las responsabilidades políticas de Fernando De la Rúa y otros funcionarios que ocupaban altos cargos en aquel momento, como es el caso del exministro de Economía Domingo Cavallo. Considera “lamentable” que “hoy por hoy se lo siga consultando sobre la situación económica del país cuando fue él quien nos llevó a la debacle”.

Policías detienen a un hombre durante los disturbios
Martín Lucesole


Policías detienen a un hombre durante los disturbios (Martín Lucesole/)

La mano que tuvo De la Rúa de parte de la Justicia fue enorme. Una complicidad que le permitió morir impune, como también murió impune Carlos Reutemann en Santa Fe, ya que a ninguno de los dos siquiera se los imputó por su responsabilidad primera y principal en estos hechos”, señala, para después rematar: “Fue De la Rúa quien dio la orden de ‘despejar’ la plaza. Eso significa ‘a como sea’”.

“Cuando lo condenaron a Mathov, el radicalismo sacó una solicitada a favor de él en los diarios, diciendo que era una víctima, que había cumplido órdenes, que lo hacían responsable único. Una barbaridad. Y muchas de las personas que firman ahí, hoy o en algún momento, ocuparon cargos importante en un gobierno o juraron hace poco como diputados”, denuncia.

Domingo Cavallo: del escrache y el ostracismo a la reaparición como hombre “de consulta”

“Lo que sucedió en 2001 no deja de ser un hecho incómodo para todos los gobiernos. Porque un gobierno elegido por el pueblo mandó a matar a manifestantes en plena democracia, manifestantes desarmados”, subraya María, al tiempo que denuncia “la injerencia de la política en los poderes judiciales”, tanto en el fuero federal como en los fueros locales: “Esta situación se repite en el resto de los lugares en donde hubo muertos y muchos heridos”.

Gastón, el motoquero

María estuvo meses sin poder encender el televisor después de encontrarse con una imagen que cambió su vida para siempre: el primer plano de su marido, Gastón Riva, agonizante en medio de la represión policial que tuvo lugar en Plaza de Mayo. “Por el horario en que lo vi, sospecho que fue casi en vivo”, señala. Ese día, ella estaba siguiendo la violencia que se había desatado en el centro porteño desde su casa en el barrio de Flores.

“La última vez que estuve con Gastón fue el 19, cuando llegó de trabajar”, relata a LA NACION. “En ese momento, empezaron a escucharse fuerte los cacerolazos y me dijo para salir a hacer un poco de ruido”, cuenta hoy María, que recuerda que desistieron de la idea porque sus tres hijos ya estaban durmiendo. Esa noche, ella se acostó mucho más tarde que él.

La última foto: Riva y sus hijos Camila, Agustina y Matías el 16 de diciembre de 2001
María Arena


La última foto: Riva y sus hijos Camila, Agustina y Matías el 16 de diciembre de 2001 (María Arena/)

Con las ganas de manifestarse a flor de piel, Riva salió temprano de su casa al día siguiente. Trabajaba arriba de su moto, haciendo reparto de mensajería. “Siempre lo escuchaba cuando se iba, pero esa mañana no pasó”, comenta María, y reconstruye en su mente: “Por lo que pude armar después, él se acercó al centro para dejar un sobre y se quedó cuando vio la manifestación”.

Según relata su esposa, Riva no tenía historia de militancia en ningún partido político, pero durante el 2001 había participado de varias protestas del sindicato de motoqueros: “Él había ido a todas las marchas en defensa de los derechos de los motoqueros como laburantes. Por eso es que quizás ese día yo también lo buscaba entre la gente, acostumbrada a verlo antes en otras manifestaciones”.

Máximo y Cristina, frente al espejo ingrato de su debilidad

Pero María no pudo controlar su ansiedad: llamó al handy de su marido alrededor del mediodía de ese jueves. “Quería hablar con él para decirle que necesitaba que haga un trámite para mi hermano, pero cuando me atiende me doy cuenta, por el ruido que había de fondo, de que estaba en medio del caos. Ni él me escuchaba a mí, ni yo lo escuchaba a él. ‘Acá vuelan piedras’, me llegó a decir. ‘¿Pero en dónde estás?’, le pregunté. Después no sé si se cortó o me cortó él”, rememora.

Riva y su mujer, María Arena, el día de su casamiento, en 1996
María Arena


Riva y su mujer, María Arena, el día de su casamiento, en 1996 (María Arena/)

Uno pocos minutos más tarde, María escuchó al periodista Julio Bazán por televisión gritar que se llevaban a una persona muerta. La imagen que veía la dejó paralizada. “Reconocí a Gastón por la ropa y fundamentalmente por la riñonera, que la llevaba siempre al laburo de la noche, nunca a la mensajería. Por eso la empecé a buscar por toda la casa. Todo el tiempo mantuve la esperanza de que podía no haber sido él”.

La incertidumbre se extendió a lo largo de casi todo el día. Fue recién pasada la tarde, después de mucho buscar y de corroborar de que su marido no figuraba en ninguna de las listas oficiales, que le llegó la noticia más terrible: el cuerpo de Gastón estaba en el Hospital Argerich. Alcanzado por disparos de escopeta, Riva había caído a pocos metros de la esquina de Avenida de Mayo y Tacuarí, antes de las 13 del 20 de diciembre.

“Halo negro”

“Hay un halo negro que cubre la cantidad de muertos que hubo en 2001”, señala Arena a LA NACION. En 2017, ella y otros familiares prestaron testimonio para 39, un documental dirigido por la cineasta Ayelén Velázquez que por primera vez reconstruyó las historias de cada una de las víctimas de la represión policial de aquellas jornadas. Su título hace referencia al número de asesinados en todo el país. Un dato que, sin embargo, siempre estuvo en debate. “Imaginate la incomodidad que representa el tema para que todavía no haya siquiera una lista certera”, señala.

A esa imposibilidad de conocer con exactitud la cantidad de afectados, se le sumó también las dificultades que existieron para constituir un grupo que englobara a todos los familiares: “En un principio, la idea era que fuéramos un colectivo, que pudiéramos hacer cosas en conjunto, pero así como el 20 de diciembre en la calle había tanta diversidad de ideologías, de pensamientos, de todo, en este grupo también lo hubo”, analiza María.

“Éramos personas que veníamos ya con pensamientos propios muy diversos. Pero nos permitió conocernos y que varios de nosotros y nosotras continuáramos en contacto hasta hoy”, agrega.

La placa por Riva, en Tacuarí y Avenida de Mayo, donde fue asesinado
Ignacio Coló


La placa por Riva, en Tacuarí y Avenida de Mayo, donde fue asesinado (Ignacio Coló/)

Fueron los familiares de las cinco víctimas de la ciudad de Buenos Aires quienes sí lograron construir un lazo de mayor cercanía entre sí. “Tenemos un contacto permanente y muy fuerte. Nos une la búsqueda de justicia”, dice María. Y relata que en los últimos tiempos lograron tejer redes a lo largo y ancho del país: “La que más armó todo eso fue Celeste Lepratti [hermana de Claudio ‘Pocho’ Lepratti, asesinado en Rosario]. Fue ella quien organizó algunos encuentros. Ahí se armó un contacto muy interesante con gente que venía de distintas provincias y que había perdido algún familiar. Inclusive también viajaron varios heridos y heridas”.

La primera batalla legislativa encendió señales de alerta en la cúpula de Juntos por el Cambio

Fueron 20 años de caminar mucho, muchas veces en una gran soledad. Si no hubiéramos tenido el apoyo incondicional de un puñado de compañeros y compañeras que nunca jamás nos abandonaron, todo hubiera sido mucho más difícil”, reconoce Arena. Y agrega, sin poder contener del todo la emoción: “Nadie nos va a devolver ni nuestra vida anterior ni a nuestros familiares, ni le va a devolver el papá a mis hijos. Pero sin justicia no podemos dar vuelta la página. Son 20 años de impunidad. Y eso es muy duro”.

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.