Una muñeca robot para ser violada.

Imaginen que una empresa comercializara muñecos-robot a tamaño natural de personas de raza negra “que bajan la cabeza y soportan estoicamente golpes, agresiones e insultos”.  También inmigrantes árabes “a los que podrás humillar sin que se resistan”. Imaginen que pasa eso. Que la empresa lo publicita así en su página web, y que hay personas en todo el mundo que compran esos muñecos-robot porque les gusta dar palizas a personas de otras razas a las que consideran inferiores.

Si yo les digo que existe algo así, quizá no se lo creerían. Pero sí, existe. ¿Cómo es que no se ha montado un escándalo internacional?

¡Ah, queridos! Porque los robots no son personas de otras razas, sino mujeres, muñecas sexuales hiperrealistas que permiten la experiencia de la violación. Tal cual. La muñeca-robot en cuestión se llama Roxxxy y el usuario puede ponerla en modo violación con tan sólo tocar un botón.

Y quizá, en este punto, tengamos que recordar una cosa: la violación no es un acto sexual, es un crimen, un delito, un abuso violento del, normalmente, hombre hacia la mujer. El violador no persigue placer, ni un orgasmo, persigue dominación, poder, sumisión. Derrotar a la víctima. Humillarla.

Así que ahora imaginen muñecos robot destinados a otro tipo de delitos. Sería un escándalo. Pero claro, aquí, total, ella es una mujer. Bueno, un robot mujer. Dejemos que haya hombres que compren y violen a estos robots. Total, lo hacen en la intimidad.

Pero entonces tengo una duda: un hombre que disfruta poniendo a un robot-mujer en formato violación, ¿qué hará con las mujeres reales? ¿Cómo se relacionará con ellas?