Una broma inspiró uno de los mayores fraudes de la historia de la ciencia

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Hace un siglo, el 18 de diciembre de 1912, un investigador de prestigio y un anticuario aficionado anunciaron al mundo una de las noticias más esperadas por los científicos de la época: el hallazgo del “eslabón perdido” entre los simios y los seres humanos. El anticuario, Charles Dawson, y el paleontólogo, Arthur Smith Woodward, proclamaron que se habían topado en una gravera del pueblo inglés de Piltdown con los restos fósiles de un primitivo ancestro humano. Eran una mandíbula similar a la de un simio y fragmentos de algo parecido a un cráneo humano. También habían desenterrado toscas herramientas de piedra y restos de elefantes e hipopótamos.

El llamado Hombre de Piltdown dio la vuelta al mundo y no se cayó por completo de su pedestal hasta 1953, cuando otro grupo de científicos descubrió que aquel supuesto eslabón perdido no era más que el montaje de un cráneo de una persona de la Edad Media, una mandíbula de orangután y el diente de un chimpancé. Todas las piezas habían sido tratadas con productos químicos para parecer más antiguas. Y, un siglo después del arranque de uno de los mayores fraudes de la historia de la ciencia, todavía no se conocen los auténticos culpables.

El historiador de la ciencia Oliver Hochadel cree haber dado con una clave para resolver el caso. Hace tres años, cuando consultaba los archivos de la Sociedad Berlinesa de Antropología, Etnología y Prehistoria, se topó “por casualidad” con una carta anónima, fechada el 5 de junio de 1911, que pedía la expulsión de la organización de Hermann Klaatsch, uno de los antropólogos alemanes de mayor prestigio por entonces. Klaatsch, entre otras cosas, había ayudado a definir la especie de los neandertales, pero aquella carta anónima le llamaba “charlatán” y le ridiculizaba por no haber sido capaz de distinguir un cráneo humano de uno de un chimpancé. Hochadel, un historiador alemán de la Institución Milá y Fontanals (CSIC) en Barcelona, siguió leyendo e investigando y, tras tres años de estudio, acaba de publicar la rocambolesca historia del Hombre de Steinau, muy posiblemente el espejo en el que se miraron los creadores del Hombre de Piltdown.

La Cueva del Diablo

La historia se remonta a 1911, un año antes de que apareciera el “eslabón perdido” de Piltdown. A unos 700 kilómetros de allí, al otro lado del canal de la Mancha, vivía Wilhelm Rappe, el boticario de Steinau, un pequeño pueblo alemán que acababa de perder el miedo a una caverna en sus inmediaciones. Un pastor la había descubierto en 1584 y la bautizaron Teufelshöhle, “la Cueva del Diablo”, porque pensaban que allí vivía el demonio. Poco más de tres siglos después, toda la aldea se volcaba en su excavación.

Europa vivía por entonces una “fiebre de la prehistoria”, como recuerda el investigador del CSIC. Los descubrimientos de fósiles antediluvianos y de espectaculares pinturas rupestres se sucedían en Francia y en España. En 1907, a sólo 100 kilómetros de Steinau había aparecido la mandíbula de un humano primitivo, bautizado Homo heidelbergensis. Excavar la Cueva del Diablo iba a colocar a Steinau en el mapa. Era un imán para los turistas. Era dinero. El director de la excavación, Albert Lüders, que además era el responsable municipal de la construcción de carreteras, estaba entusiasmado.

Hasta aquí todo normal, pero resultó que el boticario del pueblo, Rappe, era un cachondo y le gustaba tomarle el pelo a Lüders. Su hermano había viajado un par de años antes a Camerún, por entonces una colonia alemana, y allí había estado tiroteando chimpancés. “Rappe cogió uno de los cráneos de chimpancé de la colección de su hermano y empezó a fosilizarlo”, recuerda Hochadel. El boticario cubrió el cráneo de azúcar y lo puso al fuego para oscurecerlo. Después lo sumergió en permanganato potásico para “envejecerlo miles de años”. Y, para rematar, el farmacéutico burlón plantó el cráneo de chimpancé en el barro de la Cueva del Diablo, cuando los trabajadores de la excavación estaban distraídos. Sólo quería gastar una broma, pero acababa de poner una bomba que llegaría al káiser alemán.

En un primer momento los trabajadores no repararon en la presencia del cráneo y acabó en un montón de escombros fuera de la cueva. La mandíbula se había perdido y parte de los huesos de la nariz habían sido destrozados. Ya no era tan obvio que se trataba del cráneo de un chimpancé. Cuando los excavadores por fin repararon en los restos, se los llevaron inmediatamente a Lüders, el mandamás de la excavación.

Todos temblaron. Podían tener en sus manos otro “eslabón perdido” de esos que estaban tan de moda y supuestamente encadenaban al ser humano con los monos. Hicieron dos fotografías y se las enviaron a los principales expertos de Alemania, que acudieron rápidamente para poner las manos sobre ese cráneo insólito, que en realidad no era más que la broma de un farmacéutico guasón. El historiador Hochadel ha conseguido ahora reconstruir aquella peregrinación en la revista especializada Endeavour, gracias al estudio de los periódicos de la época, al diario del boticario y a cartas encontradas en diferentes archivos.

¿Un zoológico ambulante?

El primer científico en llegar a la Cueva del Diablo fue Fritz Drevermann, del Instituto Senckenberg de Fráncfort. Posteriormente presumiría de que su primera impresión fue que aquel cráneo “no era un fósil, estaba demasiado bien conservado”. Sin embargo, los hechos sugieren otra cosa. El Instituto tomó las riendas de las excavaciones y asumió los costes.

A la caverna también llegaron en seguida dos científicos de la Universidad de Gotinga. Uno de ellos, Friedrich Heiderich, mostró ipso facto sus dudas sobre la autenticidad y días después afirmó que aquello era “un cráneo de simio muy común”. Pero, ¿de dónde había salido? Heiderich pensaba que un simio podría haber escapado de un zoológico ambulante, de esos que pululaban entonces por Europa, y habría tropezado en un agujero en el techo de la cueva.

El antropólogo Hermann Klaatsch afirmó que el cráneo conectaba “la raza de los neandertales con los simios actuales”

Sin embargo, todas estas dudas desaparecieron de la vista cuando apareció en escena Hermann Klaatsch, de la Universidad de Breslavia. Era uno de los antropólogos más prestigiosos de Alemania. Había trabajado en Australia y en las cuevas de Francia preñadas de restos neandertales. Y se había tragado entera la broma del boticario. Tras ver las fotos del cráneo, Klaatsch escribió al director de las excavaciones asegurando que la criatura pertenecía “al grupo de los fósiles que conecta la raza de los neandertales con los simios actuales”. La eminencia incluso se lanzó a sugerir que fueran los restos de “un niño neandertal”.

El trajín de científicos en Steinau causó revuelo. La criatura de la Cueva del Diablo saltó a los periódicos alemanes. Alguno de ellos llevó el hallazgo en portada. Según las notas que dejó escritas el boticario, alguien llegó a ofrecer 15.000 marcos alemanes por el cráneo, “una suma enorme para la época”, como subraya el historiador del CSIC. La expectación era tal que un miembro del parlamento prusiano, el aristócrata Bogdan Graf Hutten-Czapski, llegó a la provincia para recabar información. A su regreso a Berlín, informó a “las majestades”, los miembros de la familia del káiser, sobre el “aparentemente espectacular hallazgo” de la Cueva del Diablo. Mientras, el boticario se reía en secreto del éxito de su Pithecanthropus steinoviensis, como bautizó con sorna al cráneo del chimpancé tiroteado por su hermano.

Investigadores borrachos

A esas alturas, el prestigioso Klaatsch ya había cambiado de opinión y había descartado la hipótesis de que aquello fuera un ancestro de los neandertales, aunque seguía pensando que era un fósil, quizá de un simio del Plioceno, hace más de dos millones de años. En su diario, el boticario escribió que Klaatsch “raramente iba sobrio aquellos días” y que no escuchaba sus advertencias jocosas, como “errare humanum est”.

El director de las excavaciones, Lüders, emprendió una campaña de marketing para defender la autenticidad del cráneo, sin saber que había sido engañado. En un largo artículo publicado el 24 de junio de 1911, hilvanó los argumentos de los partidarios de que aquello era un fósil e ignoró o ridiculizó los de sus enemigos, sobre todo los de Heiderich, que había sido el primero en darse cuenta de que el cráneo era claramente de un chimpancé actual.

Y entonces llegó el veredicto del científico alemán más famoso de su época, Ernst Haeckel, propagador de las ideas de Darwin en su país. “En ningún caso el cráneo pertenece a un antropoide fósil ni es de gran valor”, sentenció. El boticario, harto de reír en la sombra y molesto porque se vilipendiara a Heiderich, decidió descubrir la farsa. Como premio al buen ojo de Heiderich, le escribió una carta en julio de 1911 felicitándole. Rappe le explicó que sólo quería gastar una broma y que el asunto se le había ido de las manos. Y, temiendo acabar en los tribunales con una denuncia, le pidió que no revelara su identidad. El 21 de julio, Heiderich tiró de la manta sin revelar su nombre. “A comienzos de agosto, cualquier lector alemán de periódicos sabía que el cráneo misterioso pertenecía a un chimpancé plantado por un bufón”, señala el historiador que ha reconstruido las peripecias del falso Hombre de Steinau.

En busca de pistas

El investigador del CSIC cree que detrás de la rocambolesca historia de la Cueva del Diablo se esconde una pista para resolver uno de los mayores fraudes científicos conocidos, el del Hombre de Piltdown. “Es imposible saber si el falsificador de Piltdown se inspiró en la siembra del cráneo de chimpancé en la Cueva del Diablo”, admite Hochadel. “No tengo una pistola humeante, pero los paralelismos entre los dos engaños son obvios”, señala.

«No tengo una pistola humeante, pero los paralelismos entre los dos engaños son obvios»


Oliver Hochadel
Historiador del CSIC

El historiador recuerda que, en el caso de Piltdown, el anticuario Dawson contactó con el paleoantropólogo Woodward en febrero de 1912, para contarle que había encontrado restos humanos en la gravera de Piltdown. “Apenas medio año después de que saliera a la luz el engaño de Steinau”, subraya el investigador del CSIC.

Dawson, claro, es el primer sospechoso de haberse inventado el Hombre de Piltdown, ya que fue él quien halló los huesos falsificados. Y Hochadel apuntala esta hipótesis. El caso de la Cueva del Diablo había protagonizado portadas el año anterior en la prensa alemana y posiblemente el escándalo también saltó a la prensa inglesa. El anatomista británico Arthur Keith, además, hablaba alemán y conocía bien la obra de Klaatsch, el experto que confundió el cráneo del chimpancé de Camerún con un niño neandertal.

“En los años cruciales de 1911 y 1912, Keith había revisado varios de sus trabajos en la revista Nature, incluyendo un artículo en el que Klaatsch mencionaba el reciente descubrimiento de un simio fósil en Steinau”, rememora el historiador. Poco después, Keith aparecía metido hasta las cejas en la investigación del Hombre de Piltdown, defendiendo su autenticidad. “Algunos expertos sospechan que Keith pudo haber sido el cómplice científico de Dawson”, añade Hochadel.

Los culpables del fraude de Piltdown

El antropólogo británico Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, dirige, 100 años después del hallazgo de Piltdown, un equipo de 15 científicos empeñados en conocer a los culpables del fraude. Stringer conoce las nuevas investigaciones de Hochadel sobre el Hombre de Steinau y admite el vínculo, aunque no cree que sea tan potente como sospecha el historiador del CSIC.

El antropólogo Chris Stringer ve “muy posible que Steinau desempeñara un papel importante” en la farsa de Piltdown

“Las primeras piezas de cráneo teñidas artificialmente ya se habían encontrado en Piltdown [en 1911], aunque el hallazgo no se anunció públicamente hasta 1912. La mandíbula de simio modificada y teñida no fue encontrada hasta 1912, por lo que es muy posible que Steinau desempeñara un papel importante en la incorporación de la mandíbula de simio al engaño”, opina Stringer.

Hochadel, sin embargo, duda que en 1911 ya se hubieran encontrado los restos del hombre de Piltdown, quedando en secreto. Stringer también admite las dudas: “Dawson afirmó haber encontrado las primeras piezas del cráneo antes de 1910. Otras personas confirmaron que él se las había mostrado, aparentemente, antes de 1910. Pero no se lo contó a Woodward hasta comienzos de 1912, así que no podemos estar absolutamente seguros de que sean las mismas piezas, aunque parece probable”.

Tras tres años de investigación, Hochadel no se conforma con estos resultados. Está convencido de que la broma de Steinau pudo inspirar por completo la farsa de Piltdown y seguirá investigando. “Si encuentro algo me haré famoso y si no, habrá sido divertido”.

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