Un castigo más allá de la tumba: cuando un torero muere, matan al toro y a toda su estirpe

Mucha gente cree que los toros es una pelea igualada. Que torero y toro luchan el uno contra el otro en igualdad de condiciones. Al menos en una: que solo uno de ellos puede salir vivo de la plaza. Pero esta idea es completamente falsa. Los toreros siempre ganan. Aunque un animal les empitone y les hiera de forma mortal, siempre van a haber represalias.

Una de ellas es inmediata. Aunque el toro haya ‘ganado’ al coger a su contrincante y matarlo, después de la corrida va a ser sacrificado. Y no solo eso, también su estirpe: si tiene hijos o si sus progenitores viven, también serán llevados al matarife.

(El diestro Gonzalo Caballero sufre una cogida en un momento de la corrida toros que se ha celebrado en la plaza de Cuatro Caminos de Santander, EFE)

A raíz de la muerte del torero Víctor Barrios, que falleció a principios de julio corneado en una plaza de toros de Teruel, la periodista Rosa Jiménez Cano, de El País, revelaba esta práctica, muchas veces desconocida para el gran público. 

“La estirpe de Lorenzo, el toro asesino, termina con él. Como manda la tradición, el ganadero de Los Maños, de casta Santa Coloma, mandará al matadero a su madre, la vaca Lorenza”.

Jiménez Cano hace referencia a Lorenzo, el toro que mató a Barrios. Pero poco después de publicarse el artículo se conoció que no hizo falta matar a nadie más que al propio Lorenzo: su madre había sido sacrificada días antes, por lo avanzado de su edad.

Esta circunstancia sí que se aplicó con Islero, el toro que mató a Manolete, allá por 1947. En aquella época sí que se ejecutó la orden de matar a toda su estirpe. Lo mismo ocurrió con Avispado, el astado que se llevó por delante a Francisco Rivera ‘Paquirri’. Pocos minutos después de matar de la cornada fatal, otro torero llamado José Cubero Sánchez

El Yiyo’ le asestó una estocada que le tumbó para siempre. El torero siempre gana, aunque se da la circunstancia de que El Yiyo falleció un año después, también en una plaza de toros. Justicia poética, aunque los toros, como hemos visto, siempre pierden.