Los últimos días del 'rebelde' Rivera: aislado y sin hacer caso ni a asesores, ni gurús ni al IBEX

 

Albert Rivera durante un acto político en Madrid, España. (AP Foto/Manu Fernández)

Albert Rivera dimitió ayer de sus cargos en Ciudadanos, aunque quiso hacerlo el mismo domingo por la noche, pero decidió esperar unas horas para organizar mejor su adiós. En realidad, si por él hubiera sido, habría dimitido ya hace unas semanas, porque el ya exlíder del partido naranja sabía desde hace tiempo que el descalabro electoral iba a ser histórico. Por eso en los últimos días improvisó apariciones tan enloquecidas como la del perro Lucas, o el adoquín que exhibió en el debate a cinco de la pasada semana. Actuaba a la desesperada y ni siquiera descartaba las propuestas más disparatadas que le venían a la cabeza.

Rivera sabía que se había terminado su vida política y ya no atendía a nadie más que a su núcleo cercano en el que solamente figuran media docena de personas entre las que destacan los también dirigentes José Manuel Villegas y Fernando de Páramo, así como Daniel Bardavío (exjefe de prensa) y David Martínez (asesor de comunicación).

Su enroque era tal que ni siquiera atendía las llamadas de los gerifaltes del Ibex 35 que han tutelado y auspiciado su carrera en estos años y que pedían un acuerdo Cs-PP. Ni a los gurús que tanto le acompañaron en sus inicios y que habían sido defenestrados por pedirle lo mismo, que desbloqueara en verano la formación de Gobierno.

Rivera supo muy pronto que se había confundido de estrategia blanqueando a Vox en Andalucía y, en especial, en la plaza de Colón con la foto que ahora todos sus participantes, menos el partido de extrema derecha, tratan de borrar de sus discos duros.

Pero el catalán estaba lanzado. Su giro a la derecha y su rechazo total a cualquier acuerdo con el PSOE de Pedro Sánchez sonaba bien en la cabeza del exlíder de Ciudadanos porque no se imaginaba que hubiera elecciones. Lo que él pensaba era que PSOE y Unidos Podemos acabarían llegando a un acuerdo y que la postura del partido naranja -a pocos escaños del PP por aquel entonces- podría obligar a Pablo Casado a escorarse hacia Vox dejándole todo el espacio de centro-derecha.

Pero para cuando Sánchez convocó elecciones, ya era demasiado tarde. No podía dar un último volantazo después de haber decapitado a los pocos díscolos que le plantaron cara dentro del partido. Sus votantes, además, ya estaban bastante mareados con tanta ‘estrategia veleta’ y ya le acusaban de la repetición electoral en mayor medida que al PSOE y a Unidos Podemos.

Hubo un último intento del Ibex. Sugerir que Ciudadanos se subiera al carro de España Suma. La coalición que el PP empezó a gestar en septiembre para intentar diluir el efecto d’Hont y arañarle algún escaño más al PSOE. Pero Casado no quería plegarse a las exigencias de quien consideraba que era su principal rival. Lo que ocurrió después ya es historia.

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