La UE le pide a Biden pasar de las intenciones a los hechos en las nuevas relaciones transatlánticas

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El presidente Joe Biden y su mujer Jill, llegan en el Air Force One a RAF Mildenhall en Suffolk, antes de la cumbre del G7 en Cornwall
PA Media

PARÍS.– Cinco meses después de llegar al poder, Joe Biden comenzó hoy una intensa gira europea que lo llevará de Gran Bretaña, donde se desarrollará la cumbre del G-7, a la cumbre de la OTAN en Bruselas, ciudad en la que también se reunirá con los dirigentes de la Unión Europea (UE), antes de un tête-à-tête con su homólogo ruso Vladimir Putin, en Ginebra el 16 de junio. Expectantes, los europeos están divididos entre dos sentimientos: el placer del reencuentro y el temor de unas ilusiones frustradas.

Para Biden, esta larga secuencia internacional debería ser la ocasión de ratificar los signos de un regreso de su país junto a sus aliados tradicionales. Pero ese retorno se produce en un clima muy particular.

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“Tras cuatro años de brutales humillaciones asestadas por Donald Trump —que consiguieron sobre todo impulsar un sentimiento de autonomía— los europeos han decidido esperar y ver”, señala Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Robert Schuman.

Esa cautela es producto de una idea delineada por el entorno de Joe Biden durante su campaña: crear una alianza de democracias.

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“Las democracias y nadie más. Ni China ni otras autocracias escriben las reglas del comercio y la tecnología para el siglo XXI”, dijo el 7 de junio Jake Sullivan, consejero presidencial estadounidense para la Seguridad Nacional.

Ese proyecto responde a la percepción de que el Consejo de Seguridad de la ONU está paralizado, mientras que el G-7 y el G-20 tienen sus propios límites cuando se trata de abordar cuestiones de soberanía o derechos individuales. En esas condiciones -piensa el equipo Biden- habría que crear una fórmula más elástica, que permita responder a los desafíos contemporáneos.

“Se trata de superar la tradicional alianza occidental y formar un grupo de países con la misma orientación, para permitir a las democracias adoptar posiciones más firmes sobre derechos humanos. Al mismo tiempo, aparecer menos débiles a los ojos de dictadores como Putin o el presidente chino Xi Jinping”, analiza Laurence Nardon, especialista de Estados Unidos en el Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI).

El presidente Joe Biden camina hacia su limusina blindada a su llegada a la Royal Air Force Mildenhall, Suffolk, Inglaterra, el miércoles, antes de la Cumbre del G7 de tres días. Fotografía: Brendan Smialowski / AFP / Getty Images
Agencia AFP


El presidente Joe Biden camina hacia su limusina blindada a su llegada a la Royal Air Force Mildenhall, Suffolk, Inglaterra, el miércoles, antes de la Cumbre del G7 de tres días. Fotografía: Brendan Smialowski / AFP / Getty Images (Agencia AFP/)

Esa fórmula fue bautizada “D10” por el Reino Unido, que quisiera agregar a Corea del Sur, India y Australia a los países del G-7. Se trata de una vieja idea que combina valores e intereses compartidos, reactivada por una pandemia que dejó a la luz la dependencia de Occidente de las cadenas de producción chinas.

Pero ese pacto de democracias, que pretende superar la alianza transatlántica creada tras la Segunda Guerra Mundial extendiéndola a la zona indo-pacífica, es con frecuencia percibida en Europa como una exigencia de adhesión de Washington a su enfrentamiento absoluto con China, su único verdadero rival.

Las reservas europeas están acompañadas, no obstante, por un sentimiento de alivio ante la idea de una reactivación del lazo transatlántico, exangüe tras cuatro años de presidencia de Donald Trump. Temas esenciales como la lucha contra el cambio climático, la vacunación a escala mundial o el establecimiento de un impuesto global de al menos 15% a las sociedades podrían por fin avanzar.

Según la visión de Biden, en momentos en que las democracias liberales se ven fragilizadas y sometidas a la fragmentación de las opiniones públicas, es necesario coordinar los esfuerzos para protegerse mejor de la acción de las potencias autoritarias que aprovechan esas fragilidades. Pero, para los europeos, acostumbrados a no mirar la realidad únicamente en blanco y negro, el límite es evidente.

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“La democracia no es una ecuación matemática, sino toda una gama de colores. ¿Dónde ubicar a Hungría y Polonia? ¿Y a Turquía, miembro de la OTAN? ¿Cómo considerar a India y las políticas ultranacionalistas de su primer ministro, Narendra Modi, que participará mañana y el sábado en el G-7 como invitado?”, analiza Giuliani.

En todo caso, detrás de las declaraciones de principios, existe en efecto cierta ambigüedad de la administración Biden en cuanto a los europeos. Estos últimos sueñan con convertirse en una auténtica potencia, con autonomía estratégica sobre todo militar. Washington sigue practicando con ellos una suerte de condescendencia protectora.

“Los estadounidenses no consiguen repensar su propio poderío. No aprendieron las lecciones de Irak en 2003 o Siria en 2013 y siguen viendo la relación transatlántica como una alianza de subordinación”, explica el historiador Thomas Snégaroff, especialista de Estados Unidos. A su juicio, “lo que más les interesa es un orden internacional reglamentado. Y para ello no tienen mejor aliado que la UE”.

Acaparada por la lucha contra el Covid-19 y por el ambicioso programa de reactivación económica, la Casa Blanca sigue focalizada en China y tarda en revitalizar la relación transatlántica. Por ejemplo, aún no ha nombrado sus embajadores ante la UE y ante la OTAN e incluso anunció el retiro de sus tropas de Afganistán sin avisar previamente a Alemania e Italia, sus socios europeos.

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En el plano comercial el reencuentro también tarda en avanzar. A pesar del armisticio logrado en el contencioso entre Airbus y Boeing, Estados Unidos aún no levantó las tasas aplicadas por Trump hace tres años al acero y el aluminio europeos.

Mientras tanto, como gesto de buena voluntad, los europeos suspendieron la ratificación del acuerdo global de inversiones entre la UE y China (CAI), concluido en diciembre.

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