Ucrania y los girasoles pisoteados | Opinión

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Andreea Alexandru/AP

Mientras las tropas de Vladimir Putin lo destruyen todo a su paso, en Ucrania hay quienes les entregan a los soldados rusos semillas de girasoles para que nazca la flor nacional en los lugares donde fallece la soldadesca que pretende ocupar el país.

Tal vez se trata de una leyenda que se ha propagado con la misma rapidez que la propia resistencia del pueblo ucraniano, pero simboliza el espíritu nacionalista que, en vez de extinguirse, cobra fuerza ante la ofensiva expansionista del Kremlin.

La flor amarilla que representa la paz y el orgullo nacional (en su día trasplantada de Norteamérica a Europa por los conquistadores españoles) pone de manifiesto la barbarie de un ejército extranjero que practica el pillaje, viola a las mujeres y ejecuta a civiles maniatados.

La flor, en este caso el robusto girasol, como escudo que busca desarmar la sinrazón de una guerra desatada por el afán imperialista de un dictador. No es la primera vez, ni será la última, que una imagen de concordia hace añicos la propaganda del fusil y los tanques. Basta recordar aquel Mayo del 68 y la Primavera de Praga, dejando en evidencia una vez más la bota soviética que asfixiaba al bloque del Este.

Fue el sueño de una noche de verano que se prolongó ocho meses en una Checoslovaquia que aspiraba (ingenuamente) a un comunismo con rostro humano. Toda una contradicción en sí misma. Con Alexander Dubcek al frente de tamaña utopía, se inició un proceso de reformas con el fin de mejorar un sistema cruel y fallido. Moscú no tardó en interponerse para poner freno a una ola que años más tarde sería imparable y al fin daría paso al derrumbe del telón de acero.

Pero fue a lo largo de 1968 cuando la juventud en casi toda Europa sacudió los cimientos establecidos y los checos, contagiados de esa fiebre de rebeldía, tomaron las calles pacíficamente con la esperanza de que el empuje popular podría acabar con el yugo soviético. Ya instalados en el alboroto del estío, la resistencia se dio de bruces con la ocupación de más de 2,000 tanques soviéticos que convirtieron el mes de agosto en un invierno crudo y prematuro.

Verano del 68. Los tanques avanzan en una Praga, cuya insoportable levedad del ser Milan Kundera y Milos Forman reflejaron en la literatura y el cine respectivamente, estremecida de una punta a otra por jóvenes que anhelaban la libertad. Y fue la imagen de una flor, una frágil margarita que una muchacha ofrece al invasor, la que recorre el mundo como testimonio de la mano hospitalaria frente al soldado de hojalata.

Habría de pasar mucho tiempo antes de que cayera el Muro por la implosión de un modelo, el comunista, cuya única faz posible es pétrea. Como el rostro de un muerto sin vida. De algún modo, así se presenta hoy Putin (que por no ser ni tan siquiera es comunista, sino un dictador más corrupto y glotón que navega en las procelosas aguas de la economía de mercado). Observen bien su semblante: inexpresivo como una careta de cera. El sabio político estadounidense John McCain (que olfateaba desde la distancia el hedor de los populistas) dijo de él que su mirada denotaba la falta de alma.

Si el gobernante ruso tiene una cara hueca, su archi rival en esta guerra, Volodímir Zelenski, es pura expresividad en sus reclamos para salvar a Ucrania de una carnicería que tiene en la mirilla a las democracias de Occidente. Sus palabras y sus gestos, que hasta hace poco hacían reír con su oficio de comediante, ahora tienen el poder de aflorar lágrimas. Zelenski amanece con más arrugas a medida que hace suyo el dolor del pueblo ucraniano. El presidente del país asediado encarna el rostro humano del que Putin carece, atrapado en el Bótox de su obstinación destructora.

Ya es primavera en Ucrania como la que un día vivieron los checos. Dicen que a los soldados rusos les regalan semillas para que no mueran huérfanos mientras pisotean los girasoles luminosos como el sol.

Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

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