Por el coronavirus, la vida en un poblado de la Toscana retrocede en el tiempo

Gaia Pianigiani
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Claire Cappelletti, al centro, y su hija en su talabartería, que depende en gran medida de la temporada alta, en Castellina, Italia, el 17 de diciembre de 2020. (Nadia Shira Cohen/The New York Times)
Claire Cappelletti, al centro, y su hija en su talabartería, que depende en gran medida de la temporada alta, en Castellina, Italia, el 17 de diciembre de 2020. (Nadia Shira Cohen/The New York Times)

CASTELLINA IN CHIANTI, Italia — Durante décadas, las ondulantes colinas de Chianti en la región de la Toscana han sido el destino vacacional de turistas de todo el mundo. Casi todo el año los visitantes recorren los caminos serpenteantes en autos de alquiler, admirando el paisaje laboriosamente esculpido por los agricultores, donde los viñedos se mezclan con los olivares y los bosques de roble dan paso a caminos bordeados de cipreses.

En mi caso, este es mi hogar.

Recuerdo haber paseado por las calles de joven en los veranos, rodeada de visitantes del norte de Europa. Mi primer trabajo fue en una oficina de turismo local, donde ayudaba a los viajeros con acentos variados a buscar mapas de papel de la zona. Los hoteles se llenaban rápidamente en esos días.

Más de 114.000 turistas pasaron por mi ciudad en 2019 y la cifra fue aún mayor en años anteriores.

No obstante, la pandemia, que ha desestabilizado el mundo y ha cobrado la vida de más de 75.000 personas tan solo en Italia, ha paralizado el turismo en todo el país y en mi localidad, Castellina in Chianti, un pueblo de 2800 habitantes. Este año, los extranjeros, que por lo general beben café en la terraza del bar local o compran comida en el mercado, no se ven por ninguna parte y, sin ellos, el pueblo parece haber retrocedido en el tiempo.

Hace unas décadas, los habitantes que necesitaban asesoría médica, trámites para los servicios de salud e incluso algunos procedimientos rutinarios como análisis de sangre a menudo acudían a la farmacia local, que se encuentra en las ruinas de la puerta medieval del pueblo, justo al otro lado de la iglesia en la calle principal empedrada; sin embargo, con el tiempo, las políticas nacionales exigieron que la oficina de salud ampliara sus servicios, por lo que la gente dejó de ir a la farmacia y comenzó a ir a ese lugar.

En marzo, las autoridades locales cerraron la oficina de salud debido al coronavirus y los habitantes volvieron a depender de la farmacia para la atención médica básica y los análisis de rutina.

“La gente acudió a nosotros como lo hacía hace décadas”, señaló Alessio Berti, de 68 años, quien ha dirigido la farmacia durante los últimos 46 años.

Durante la primera ola de la pandemia en la primavera pasada, los pobladores hacían fila frente a la farmacia todos los días en busca de suplementos vitamínicos y cubrebocas, dijo. Los cuatro farmacéuticos (todos miembros de la misma familia) trabajaban en turnos extensos y pasaban horas frente a la computadora tratando de ayudar a los habitantes con los trámites. El lugar se convirtió en una clínica comunitaria, el punto de acceso a los servicios de salud en línea y una sala de emergencias improvisada.

“Están bien organizados”, señaló Sonia Baldesi, una mujer jubilada de 67 años que bromeó acerca de tener la edad suficiente para recordar cuando Berti comenzó a trabajar como farmacéutico del pueblo. “Ofrecen servicios menores que nos permiten ahorrarnos un viaje a Siena, y en estos días no es poca cosa”.

Alessio Berti, un farmacéutico local, le toma la presión arterial a un paciente en Castellina, Italia, el 17 de diciembre de 2020. (Nadia Shira Cohen/The New York Times)
Alessio Berti, un farmacéutico local, le toma la presión arterial a un paciente en Castellina, Italia, el 17 de diciembre de 2020. (Nadia Shira Cohen/The New York Times)

Es un toque personal característico del pueblo. La gente con cubrebocas se saluda en la calle de Castellina, aunque no esté segura de con quién está hablando.

“Todos los habitantes se conocen y se ayudan si está en sus posibilidades”, dijo Roberto Barbieri, de 52 años, quien dirige el supermercado Coop del pueblo.

El coronavirus no afectó Castellina de manera grave en la primavera, pero en otoño surgieron grupos de contagio en el pueblo. El virus era el tema de conversación en las calles o en el supermercado, ya que los familiares de las personas que dieron positivo esperaban que sus seres queridos se salvaran.

Hasta ahora, solo un habitante de Castellina ha fallecido a causa del coronavirus, en noviembre.

“Esta vez, está cerca de casa”, aseguró Claire Cappelletti, de 62 años y copropietaria de una talabartería en la localidad que ha pertenecido a la familia de su esposo durante más de un siglo.

Como otros empresarios que dependen de la temporada turística, la familia Cappelletti ha tenido un año desastroso. Cuando se impuso el cierre nacional en marzo, se preparaban para el inicio de la temporada turística, pero no pudieron vender ni un solo artículo (desde un bolso de cuero hecho a mano hasta mocasines de colores) hasta que aminoraron las restricciones en junio.

Los locales instalaron puestos de desinfección para manos y mantuvieron las puertas de madera abiertas para una mejor ventilación, pero los primeros europeos que se aventuraron a visitar Castellina llegaron hasta finales de julio. La habitual multitud de canadienses, estadounidenses y australianos nunca llegó.

No obstante, muchos turistas y algunos habitantes del lugar se sorprendieron de manera grata al encontrar el pueblo libre de multitudes. El verano recordaba la época de finales de la década de 1990, antes de que los autobuses cargados de turistas empezaran a llegar a Chianti.

“Fue como antes, como retroceder en el tiempo”, dijo Cappelletti.

Pero la nostalgia no es buena para las ventas. Cappelletti afirmó que los ingresos de su tienda se redujeron un 80 por ciento desde que empezó la pandemia, una cifra que se reflejó en todo el pueblo; sin embargo, la familia ha mantenido el negocio a flote trabajando las 24 horas del día y reduciendo los gastos.

También abrieron una tienda en línea. Sus clientes habituales, algunos visitantes de Chianti desde hace mucho tiempo, comenzaron a ordenar productos desde el otro lado del océano, algunos lo hicieron solo para ayudar a la familia Cappelletti a superar este año.

“Ahora atendemos a los bisnietos de nuestros primeros clientes”, comentó la hija de Claire, Nicole Cappelletti, de 32 años, mientras pulía suavemente un bolso de mujer de color rojo brillante. “Nuestra base de clientes nos ha salvado”.

Para otros en el pueblo, el año no fue tan terrible.

“Cerramos durante buena parte del año, pero cuando el restaurante abrió, los italianos y algunos extranjeros que tienen propiedades aquí vinieron y no escatimaron en alimentos ni en vino”, dijo Giuseppe Stiaccini, copropietario del restaurante más antiguo del pueblo, La Torre. Se inauguró en 1922 y funcionó como cafetería para las tropas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial.

El supermercado local también ha experimentado un auge en un año de quiebras.

Tommaso Marrocchesi Marzi, copropietario de la finca vinícola de Bibbiano y presidente de la asociación local de productores orgánicos, señaló que, aunque esperaba ver una disminución del 20 por ciento en las ventas de 2020, tiene esperanzas en el futuro, a medida que los mercados asiáticos y estadounidenses empiecen a recuperarse.

Marrocchesi Marzi recordó que, hasta la década de 1990, habitantes de Roma, Milán y otras ciudades europeas competían para comprar propiedades en Chianti por sus servicios, belleza natural y espacio ilimitado para la contemplación.

“Nuestro campo, como nuestros vinos, no es una mercancía”, dijo. “Es un símbolo de estatus, una forma de vida. Para crear el futuro, necesitamos pensadores”.

No obstante, reconoció que “para atraer a los pensadores ahora necesitaríamos una conexión rápida a internet”.

Algunos lugareños (exasperados por el lento servicio de internet de la ciudad cuando intentaban trabajar a distancia) esperan que la pandemia tenga una consecuencia positiva: un wifi más rápido.

Recientemente, los trabajadores estaban cavando un agujero en la carretera provincial que cruza el pueblo, donde más tarde enterrarán los cables de fibra óptica para conexiones más rápidas. Una multitud de residentes se reunió para ver el suceso… con esperanza.

“Tal vez pronto demos un salto al siglo XX”, bromeó un habitante de 87 años.

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This article originally appeared in The New York Times.

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