A pocas horas de Nochebuena no sé cuáles son mis planes. Como tantos amigos.

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Tengo miedo. Quizá más miedo que las Navidades pasadas cuando, como tantas familias, habíamos dejado atrás un confinamiento en el que habían perdido la vida algunos de los nuestros pero vislumbrábamos un futuro esperanzador, o, al menos, a salvo. Más miedo que cuando no teníamos vacunas pero sí su promesa a la vuelta de la esquina. Más miedo que cuando, semanas atrás, programamos estas Navidades, que iban a ser las del reencuentro. Por fin toda la familia junta. 

Imagino que ese miedo viene de que a mi alrededor todo el mundo se está contagiando. Y que en los hospitales la gente muere. No tantos, pero la muerte sigue ahí.  

Mi Whatsapp se llena cada día de avisos de amigos enfermos o confinados. Pero el último mensaje no ha llegado por mensajería, sino por la llamada de teléfono de un médico del hospital "tu ... se acaba de contagiar". Su situación es muy delicada, es un enfermo de altísimo riesgo. Ha pasado los últimos dos años prácticamente sin ver a nadie y, cuando creíamos que más seguro estaba, el bicho le ha atrapado. Esperemos que no demasiado fuerte. 

Tengo miedo. Quizá porque el año pasado sabíamos lo que había que hacer. Y este año no queremos saberlo. La expansión de la nueva variante nos ha pillado con la guardia baja y la paciencia harta, para darnos con la mano abierta justo en el momento en el que pensábamos recuperar la normalidad familiar de una vez por todas. 

A pocas horas de Nochebuena no sé cuáles son mis planes. Improvisar, me imagino, como tantos otros españoles, que corren a los mercados para hacerse con algo decente de comer en estas fiestas que iban a pasar en casa de otras personas. 

Horas de cola en las farmacias de Madrid para conseguir test de antígenos que se agotan en minutos.
Horas de cola en las farmacias de Madrid para conseguir test de antígenos que se agotan en minutos.

Tengo miedo. Quizá porque esta vez el sistema sí que ha colapsado, las farmacias y los centros de salud parecen calcos de los comercios de la URSS un día cualquiera del fallido experimento comunista. Horas de cola para conseguir test de antígenos -sobre todo en Madrid- que se agotan a los pocos minutos de llegar el distribuidor a la farmacia. Peregrinación establecimiento tras establecimiento. Carteles para evitar que la gente pregunte. 

Colas también de horas en los centros de salud y en los hospitales. Agendas de médicos cerradas durante toda la Navidad para evitar que los ciudadanos pidamos cita, tengas la patología que tengas. Cientos de miles de vacunas almacenadas mientras no se abren las ventanas para pedir la tercera dosis a más edades. Mascarilla obligatoria en la calle cuando lo que hay que arreglar es todo lo demás.

¡Qué vergüenza, señores políticos, qué vergüenza!

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