Trump prueba desempeñar un papel que siempre ha elogiado: el de un dictador que impone el orden

Max Fisher
El presidente Donald Trump sostiene una Biblia frente a la Iglesia Episcopal de San Juan en Washington, el 1.° de junio de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

El presidente estadounidense, Donald Trump, se ha acercado esta semana, quizás más que en cualquier otro momento de su presidencia, al punto de reproducir, en apariencia si no en forma, algunas de las características principales de los dictadores por quienes desde hace mucho tiempo ha expresado su admiración.

El hombre que elogió “el muy fuerte control” del presidente Vladimir Putin sobre Rusia y que una vez dijo que las medidas violentas de China en la plaza de Tiananmén demostraron “el poder del uso de la fuerza”, amenazó con desplegar al ejército en los estados donde los gobernadores no restauraron la tranquilidad.

Trump también les dijo a los gobernadores que “tienen que castigar” a los manifestantes, a quienes calificó de “terroristas”, y, más tarde, describió como “cien por ciento correcto” un tuit del senador republicano de Arkansas, Tom Cotton, en el que hacía un llamado a la “tolerancia cero” ante la “anarquía, los disturbios y el saqueo” y al despliegue de una división del Ejército contra “estos terroristas de Antifa”.

Estos momentos —en otro, Trump les advirtió a los manifestantes que “cuando empieza el saqueo, empieza el tiroteo”— evocan su admiración por Rodrigo Duterte, el presidente autócrata de Filipinas. Trump elogió a Duterte por hacer un “trabajo increíble con el problema de las drogas”, en referencia a una campaña de violencia parapoliciaca que parece haber cobrado miles de vidas.

También, después de admirar por mucho tiempo la pompa y las insignias de los dirigentes militares y de los desfiles militares, esta semana, Trump marchó por la Plaza Lafayette de Washington flanqueado por altos funcionarios del Departamento de Defensa. Uno de ellos, el secretario de Defensa Mark T. Esper, en una declaración aparte, se refirió a las ciudades como “campos de batalla”. Otro, el general Mark A. Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto, se paseó entre los soldados que protegían las esquinas de las calles del centro de Washington durante las neurosis del combate.

Los descarados llamados al uso de la fuerza por parte de Trump, sus intentos de poner al Ejército como respaldo de su línea política y sus amenazas internas de nosotros contra ellos, todo lo cual debe abandonarse enseguida, son parte, lo sepa él o no, de un manual que utilizan los dictadores a los que ha elogiado.

Este episodio hace surgir una pregunta que ha inquietado a los politólogos desde que Trump tomó posesión del cargo: si ese manual, desarrollado en las democracias más inestables con instituciones más débiles, aportaría a Trump ganancias políticas similares y si haría un daño similar a las normas e instituciones que sirven como vallas de contención de la democracia.

“Decir que vas a hacer a un lado las sutilezas de las normas democráticas a fin de imponer mano dura contra el crimen o contra el caos es un recurso muy común”, señaló Steven Levitsky, politólogo de la Universidad de Harvard que estudia el deterioro de la democracia. “Duterte es el principal ejemplo de esto”.

No obstante, Levitsky añadió: “La cuestión de si eso le funcionará o no a Trump… bueno, el contexto de Estados Unidos es muy diferente”.

El atractivo de las medidas extremas en los momentos de caos

Oficiales de la policía durante una represión contra consumidores de drogas emprendida por el presidente Rodrigo Duterte en Manila, el 14 de octubre de 2016. (Daniel Berehulak/The New York Times)

En las investigaciones de psicología se descubre que, bajo ciertas condiciones, cuando una amenaza se siente caótica y sin control, algunas personas no solo tolerarán, sino que desearán la aplicación de medidas extremas por parte del gobierno para que, por medio de la fuerza, se vuelva a imponer el orden y el control sobre quien se perciba como el origen del peligro.

Algunos dirigentes —Duterte, Viktor Orbán de Hungría, Putin al inicio de su trayectoria y otros— ascendieron cuando prometieron cumplir esos deseos, una estrategia que Tom Pepinsky, catedrático de la Universidad Cornell, ha llamado un recurso “del orden sobre la ley, en vez de la ley y el orden”.

“Si el pueblo cree que el funcionamiento normal del Estado de derecho no lo protegerá, tal vez encuentre a alguien que pueda romper algunos huesos o electrocutar a algunos universitarios en su automóvil o dispararle a un manifestante en el ojo”, afirmó Pepinsky.

Si para esto se requiere que un dirigente rebase los límites de su autoridad o reclute a la policía o al ejército para que funjan como un grupo de choque personal, será aún mejor para demostrar que este dirigente puede tomar por sí solo las medidas supuestamente necesarias.

Cuando esto llega al extremo, añadió Pepinsky, es cuando la gente no solo tolera el uso de la fuerza como una necesidad desafortunada, sino que también “siente un verdadero placer al ver cómo reprimen y controlan a los ‘otros’, con mayúsula”.

Esa es una estrategia mucho más aceptada en países como Filipinas, donde los delitos con violencia se han generalizado de una forma que sencillamente no sucede en Estados Unidos.

Sin embargo, la profunda polarización social, junto con las imágenes en ocasiones alarmistas de los manifestantes que han realizado algunos saqueos, pero violencia diseminada, podría preparar a algunos estadounidenses a ser receptivos al discurso de “nosotros contra ellos” y de una amenaza cada vez mayor que se sale de control.

Duterte está planeando firmar leyes que permitirían que su gobierno catalogue a algunos opositores políticos como terroristas, unos cuantos días después de que Trump sostuvo que señalaría como terroristas al grupo de manifestantes de izquierda Antifa.

El peligro y la promesa de ‘Yo puedo arreglarlo solo’

Según este manual, el hecho de transgredir las normas de la democracia —por ejemplo, al desplegar al ejército en el país— en sí mismo es parte del atractivo.

Como otro reflejo de los dirigentes que ha elogiado, Trump, lejos de presentar su despliegue de soldados y su amenaza de invalidar a los gobernadores como necesidades desafortunadas, los ha ostentado como una demostración de poder.

“Las figuras populistas casi de manera invariable usan la transgresión de normas como una señal para sus partidarios”, señaló Levitsky, y la consideró una forma de indicar que el dirigente “destruirá a la élite política” que estableció esas normas.

Además, demuestra la disposición del dirigente a tomar medidas drásticas que otros no tomarán.

Para los oportunistas, como Duterte y Orbán, esto crea una oportunidad para consolidar su poder. Los objetivos de Trump parecen diseñados más estrictamente para hacerlo ver fuerte y en control en un momento de desastre económico y una pandemia desenfrenada.

No obstante, el efecto es parecido al menos en una forma: Trump convoca al Ejército a su favor y lo presenta como si este respaldara de manera tácita tanto su repudio polarizador a los manifestantes como sus aseveraciones de tener un enorme poder sobre los gobernadores y el orden público.

“Dar la sensación de que el Ejército es un actor político partidista”, comentó Kori Schake, exfuncionaria del Pentágono que ahora trabaja en el American Enterprise Institute, un centro de investigación conservador, “en verdad violenta el carácter del convenio entre la sociedad civil y el Ejército de Estados Unidos”.

También lo hace, añadió, “la insinuación de que las autoridades civiles dentro de Estados Unidos se subordinan al Ejército, y no lo contrario”.

Eso evoca el juramento que hizo Trump al aceptar la nominación republicana a la presidencia: “Yo puedo arreglarlo solo”, un mensaje común entre los dirigentes populistas que no creen en las normas que los limitan ni en las instituciones que gobiernan, en cierto modo, de manera independiente.

Con frecuencia ha intentado tomar el control directo de las instituciones, como el Departamento de Justicia o el Departamento de Estado, al expulsar a los inspectores generales o a los servidores civiles de carrera e instalar a sus partidarios, otra característica que comparte con los líderes totalitarios que ha elogiado.

Pero el Ejército es una entidad muy diferente. Tal vez sea más difícil de politizar.

Estados Unidos es un país atípico en cuanto a que su Ejército tiene un dominio importante simultáneo sobre la política exterior y la de defensa, es venerado a nivel cultural y, sin embargo, es considerado apolítico, una combinación que no se ve en el Ejército de ningún otro país, comentó Schake.

”El Ejército es una institución grande y muy profesionalizada”, señaló Levitsky. “Tiene mucho prestigio, lo que le da cierta capacidad para oponer resistencia, lo cual ya estamos viendo. Debido a que hay tanto en juego, es probable que veamos mucha más resistencia”.

Un poco de esa resistencia se vio el miércoles en la noche por parte del propio secretario de Defensa de Trump cuando Esper dijo que, al menos por ahora, no se debe desplegar a los soldados en servicio activo para responder a las manifestaciones.

Levitsky añadió que en su estudio sobre el deterioro de la democracia, descubrió que se había comprobado que los tribunales y los fiscales civiles eran objetivos de politización mucho más atractivos y peligrosos.

Sin embargo, añadió que, debido a la posición del Ejército en la vida estadounidense y a su gran capacidad de fuego, “si Trump tuviera éxito en politizar al Ejército, esto tendría consecuencias devastadoras para la democracia”.

Esto se suma al enigma que Trump ha planteado para los politólogos, en especial para quienes se han vuelto más sensibles a las bravatas de Trump gracias a sus estudios sobre populistas totalitarios. ¿Qué tan en serio se debe tomar su disposición a aplicar medidas extremas, como enviar al ejército a los estados donde los gobernadores no han querido darle acceso, una postura que podría cambiar por completo en unos cuantos días?

Pepinsky, el catedrático de la Universidad Cornell, especuló que era poco probable que Trump fuera más lejos, pero subrayó que ya antes se había equivocado.

“Estamos más seguros, probablemente, hasta que ya no lo estemos”, señaló, e hizo un comentario sobre un manual que ha provocado caos en los países asiáticos y de Europa oriental que él estudia. “No sabemos cuál será el resultado aquí en Estados Unidos, pero ya lo veremos”.

This article originally appeared in The New York Times.


© 2020 The New York Times Company


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