Trump mató la Pax Americana

Paul Krugman
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El presidente Donald Trump durante un mitin de campaña en el Aeropuerto del condado de Waukesha, en Waukesha, Wisconsin, el sábado 24 de octubre de 2020. (Anna Moneymaker/The New York Times)
El presidente Donald Trump durante un mitin de campaña en el Aeropuerto del condado de Waukesha, en Waukesha, Wisconsin, el sábado 24 de octubre de 2020. (Anna Moneymaker/The New York Times)

Me imagino que existen personas que siguen pensando que cuando Donald Trump deje el cargo, si lo hace, veremos un renacimiento de la civilidad y la cooperación en la política estadounidense. Desde luego, estas personas son completamente ingenuas. En la década de 2020, Estados Unidos seguirá siendo un país profundamente polarizado, plagado de absurdas teorías conspirativas y, muy posiblemente, asolado por un terrorismo de derecha.

Pero eso no será por el legado de Trump. La verdad es que ya estábamos muy avanzados en ese camino antes de que él llegara. Y, por otro lado, si los demócratas ganan todo, yo esperaría ver que se reviertan muchas de las políticas cruciales de Trump y luego algunas más. Es probable que la protección al medio ambiente y la red de seguridad social terminen siendo considerablemente más sólidas y que los impuestos a los ricos sean sustancialmente más elevados de lo que fueron en el mandato de Barack Obama.

Creo que el legado perdurable de Trump será con relación a los asuntos internacionales. Durante casi 70 años, Estados Unidos tuvo una participación especial en el mundo, un papel que ningún otro país había tenido antes. Ahora, hemos perdido ese papel y no veo la manera de cómo podremos recuperarlo.

El predominio estadounidense representaba una nueva forma de la hegemonía de una superpotencia.

El comportamiento de nuestro gobierno de ninguna manera era piadoso; hicimos cosas horribles, apoyamos dictadores y desvirtuamos democracias que van desde Irán hasta Chile. Además, algunas veces parecía como si uno de nuestros principales objetivos fuera que el mundo estuviera a salvo para las empresas multinacionales.

Pero no fuimos un explotador ordinario que saqueara a otros países para su propio beneficio. Supuestamente, la Pax Americana se remontaba a la promulgación del Plan Marshall en 1948; es decir, a partir del momento en que un país conquistador decidió ayudar a sus adversarios derrotados a reconstruir, en vez de exigirles que les rindieran tributo.

Y fuimos un país que cumplía su palabra.

Tomemos como ejemplo el área que conozco mejor: Estados Unidos tomó el liderazgo en la creación de un sistema para el comercio internacional basado en reglas. Las reglas fueron diseñadas para que concordaran con las ideas de Estados Unidos acerca de cómo debía funcionar el mundo y pusieran límites a la facultad de los gobiernos de intervenir en los mercados. Pero una vez que las reglas estuvieron en marcha, nosotros mismos las seguimos. Cuando la Organización Mundial del Comercio fallaba en contra de Estados Unidos, como por ejemplo en el caso de los aranceles al acero de George W. Bush, el gobierno de Estados Unidos aceptaba esa decisión.

También estuvimos junto a nuestros aliados. Tal vez tuvimos controversias comerciales o de otro tipo con Alemania o Corea del Sur, pero nadie consideraba la posibilidad de que Estados Unidos no hiciera nada si cualquiera de esos dos países fuera invadido.

Trump cambió todo eso.

Por ejemplo, ¿cuál es el objetivo de un sistema de comercio basado en reglas cuando el creador del sistema y antiguo guardián impone aranceles con base en argumentos de evidente mala fe, como la afirmación de que las importaciones del aluminio de Canadá (¡) amenazan la seguridad nacional?

¿Qué tan útil es Estados Unidos como aliado cuando el presidente insinúa que quizás no defienda a los países europeos debido a que, según su criterio, no aportan lo suficiente a la OTAN?

¿Estados Unidos sigue siendo el líder del mundo libre cuando los funcionarios parecen ser más cordiales con países como Hungría, donde la democracia, en la práctica, se ha derrumbado —o incluso con las autocracias asesinas como la de Arabia Saudita— que con sus antiguos aliados demócratas?

Ahora, si Trump es derrotado, es probable que un gobierno de Biden haga lo posible para restaurar el papel que tradicionalmente desempeñaba Estados Unidos en el mundo. Empezaremos a seguir las reglas del comercio; volveremos a unirnos al Acuerdo de París sobre el cambio climático y suspenderemos los planes de retirarnos de la Organización Mundial de la Salud. Aseguraremos a nuestros aliados que los apoyamos y reconstruiremos alianzas con otras democracias.

Sin embargo, incluso con la mejor voluntad del mundo, lo hecho, hecho está. Independientemente de que Estados Unidos se convierta en un buen ciudadano del mundo en los próximos años, todos recordarán que somos un país que eligió a alguien como Donald Trump y podría hacerlo de nuevo. Pasarán décadas, si no es que generaciones, para recobrar la confianza perdida.

Tal vez, al principio los efectos sean sutiles. Es probable que otros países no se precipiten a confrontar a un gobierno de Biden. Quizás haya incluso una especie de luna de miel internacional, mientras el mundo toma un respiro.

No obstante, poco a poco, la pérdida de confianza en Estados Unidos tendrá un efecto corrosivo. Alguna vez, un experto en comercio me dijo que si Estados Unidos se vuelve proteccionista, el gran peligro no serían las represalias, sino la imitación: si desobedecemos las reglas, otros países seguirán nuestro ejemplo. Lo mismo sucederá en otros aspectos. Habrá más abuso económico y militar a países pequeños por parte de sus vecinos más grandes. Habrá fraudes electorales más flagrantes en países teóricamente demócratas.

En otras palabras, incluso si Trump se va, el mundo se volverá un lugar más peligroso y menos justo de lo que era porque a todos les preocupará que Estados Unidos se convierta en el tipo de país donde esas cosas puedan volver a ocurrir.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company