Más allá de Trump, el gran vacío que hay en Estados Unidos que los mismos estadounidenses parecen no ver

Julio Túpac Cabello
·4  min de lectura

Que la discusión política estadounidense lleve cinco años versando sobre un solo hombre, habla de que republicanos y demócratas tienen una crisis de ideas que no sólo les ha impedido interpretar a la población, sino que, de perpetrarse, pondría en riesgo a la democracia y sus instituciones.

Con o sin Trump en el poder, el dilema que enfrenta la democracia estadounidense es la misma: en términos prácticos, la mitad de su población está dispuesta a seguir a un hombre no comprometido con los partidos, sin oficio político y sin mayores principios que no sean los del pragmatismo.

Esto quiere decir que el ideario de nación de los ciudadanos de este país ya no está contenido en los partidos políticos y que, por el contrario, buena parte de la población los mira como un obstáculo. Por lo cual, el fenómeno Trump podría no ser un paréntesis en la historia política estadounidense, sino el inicio de una nueva era. ¿Hacia dónde? Hacia ninguna parte en especial, pues al no existir las ideas que interpreten a la población, las masas han empezado a seguir emocionalmente a hombres carismáticos.

White wooden signpost/ crossroads sign with two arrows - "democrat", "republican".
Los partidos se quedan sin ideas, y al no existir las ideas que interpreten a la población, las masas han empezado a seguir emocionalmente a hombres carismáticos

La gran crisis que atraviesan los dos grandes partidos del establishment tienen el mismo sino: ambos repiten de manera inercial sus posturas conservadores y liberales, que de pronto han dejado de estar en la frecuencia de los ciudadanos. En ambos partidos surgen extremos que no son sino una barajita repetida mil veces en la historia (las ideas socializantes y las ideas entrópicas) y la población, que cambia inevitablemente con el paso del tiempo, ha dejado de encontrar espejo en ninguno de las dos organizaciones.

De pronto han dejado de mandar las ideas para ceder el poder a las emociones.

A favor o en contra

Es la democracia estadounidense la gran vulnerable con la actual decadencia de sus partidos. Y ese vacío no sanará apenas con elecciones. Los partidos siguen siendo grandes maquinarias con representación en el poder y grandes capacidades para conseguir financiamiento, pero han dejado de ser productores de ideas que diagnostiquen a la población y sus reacciones, miedos y fortalezas, que van girando con las modificaciones que asoman los tiempos.

Desde que nació el tea party, los republicanos no producen sino reacciones antiglobalizadoras, llenas de líderes que proponen fanatismos negacionistas, que nada tienen que aportarle al país ni al pensamiento mundial. Pero esa resistencia es un síntoma de malestares muy profundos, que no han sido convertido en ideas sino en emociones por personajes como Trump. El partido demócrata se ha movido del otro para rechazar al trumpismo, pero no lo mueve la presencia de un nuevo ideal. Sus postulados de justicia social tiene décadas incólume, como si el mundo se tratara sólo de conquistas sociales. Y, sí, ellas son necesarias, pero no es la única preocupación y/o vocación de 300 millones de estadounidenses.

Pete Buttigiet y Andrew Chang lanzaron ideas en las primarias con interpretaciones distintas del futuro, sobre las transiciones de la economía hacia una energía sostenible y la metamorfosis del empleo con la invasión de la tecnología a todos los campos de la vida (un proceso que terminó de catalizar con la pandemia), pero en ninguno de ellos hubo una interpretación que resonara en la población.

¿Y qué hace la población ante eso? Busca un outsider como forma de rechazo a la política tradicional, o se va a la política tradicional para rechazar al outsider al que todo le salió mal, pero en ninguno de los dos casos se siente interpretado. Está huyendo de una vía que le hace la vida peor, pero no apuesta por un ideario que lo interprete porque no lo encuentra. Encuentra emociones, y se identifica emocionalmente con un sector en tanto ese sector rechaza al otro.

Es la polarización, recién estrenada con tanta agudeza en Estados Unidos, pero mil veces vista en la historia de la humanidad: una pugna emocional y apasionada con pocas ideas comprobables, más bien un listado de creencias, que en vez de perseguir el bien común comprendiendo a todo el colectivo, busca afianzar su identidad condicionando la negación del otro. Es el dibujo psicológico-social más primitivo que podamos intentar.

¿Y cuál es la gran amenazada? La democracia. Los partidos políticos son el corazón de las democracias. Si desde allí no se interpreta el propósito y la visión de la vida de la gente, las instituciones dejan de tener significado -o al menos un significado común, que sirva a toda la nación-, el sistema de libertades deja de aportarle al ciudadano, y cualquier opción, cualquiera, en cualquier momento, puede resultar magnética a grandes grupos.

La decadencia de los partidos suele ser el paso previo de la decadencia de las democracias.

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