Trump, Cuba y Venezuela: el oportunismo que los simpatizantes del presidente prefieren ignorar

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POR JOAQUIM UTSET-. Las recientes revelaciones de que el presidente Donald Trump tenía interés en hacer negocios con Cuba ha puesto de nuevo en duda la sinceridad de sus políticas de mano dura. Que eso importe a sus partidarios ya es otra cosa.

Cubanos simpatizantes de Trump durante una manifestación en Nueva York. (Photo by John Lamparski/NurPhoto via Getty Images)
Cubanos simpatizantes de Trump durante una manifestación en Nueva York. (Photo by John Lamparski/NurPhoto via Getty Images)

Si alguna vez se forma una conga con políticos que camino de tomarse un cafecito en la ventanita del Versailles de Miami en plena campaña electoral han endurecido súbitamente su postura en relación a Cuba, la línea podría llegar al Capitolio de Washington.

Uno de los casos más memorables fue el del entonces gobernador de Arkansas Mike Huckabee, ahora una de las personalidades de Fox News, quien con una candidez forzada admitió durante una visita como candidato a las primarias presidenciales republicanas de 2007 que su posición en la política hacia la isla había cambiado 180 grados.

Cinco años antes había firmado una carta junto a otros gobernadores pidiendo el fin del embargo porque no ayudaba al pueblo cubano y perjudicaba a empresas estadounidenses, como las de productos porcinos de su estado, que querían venderle a La Habana. Pero tras oler una colada de café en la calle Ocho, ahora pensaba la contrario por “la simple realidad” de que era un candidato a presidente de EEUU.

(GASTON DE CARDENAS/AFP via Getty Images)
(GASTON DE CARDENAS/AFP via Getty Images)

Huckabee ya había demostrado contar con la flexibilidad de un contorsionista en otro espinoso asunto, cuando pasó de ser un generoso defensor de los trabajadores indocumentados en su estado, donde eran necesarios como mano de obra de las industrias agroalimentarias que le vendían a Cuba, a un furibundo enemigo de la inmigración ilegal.

Lo que hace todavía más divertida la anécdota es que en ese viaje a Miami, un joven legislador estatal llamado Marco Rubio hizo público su respaldo a Huckabee citando las profundas convicciones del gobernador como razón.

Al año siguiente de la conversión del político de Arkansas, cuando Fidel Castro le cedió oficialmente el poder a su hermano Raúl para darle continuidad familiar a su dictadura y Cuba empezaba una supuesta nueva ola de liberalización económica, un poderoso empresario neoyorquino que pone su nombre hasta en las botellas de agua empezó a olfatear el mercado cubano.

Como reveló The Miami Herald, Donald Trump solicitó al gobierno cubano en 2008 el reconocimiento de su marca en la isla para explotarla comercialmente, lo que se le concedió dos años después. Eso a pesar de que nueve años antes, en un discurso ante la Fundación Nacional Cubanoamericana, había prometido no hacer negocios en Cuba hasta que no fuera libre.

La información del Herald se suma a la aportada hace cuatro años por la revista Bloomberg Businessweek de que ejecutivos de la organización Trump se trasladaron al país caribeño en 2013 para explorar una inversión en un campo de golf. Sin olvidarnos del misterioso viaje que Paul Manafort, exdirector de la campaña presidencial de Trump, hizo a La Habana en diciembre de 2016 para reunirse con “uno de los hijos de Castro”.

Visita de Donald Trump en 2016 al Museo de Bahía de Cochinos donde conversó con veteranos cubanos de la invasión frustrada a la isla. (Al Diaz/Miami Herald/Tribune News Service via Getty Images)
Visita de Donald Trump en 2016 al Museo de Bahía de Cochinos donde conversó con veteranos cubanos de la invasión frustrada a la isla. (Al Diaz/Miami Herald/Tribune News Service via Getty Images)

Tanto interés empresarial por Cuba del presidente y sus allegados contrasta con su vertical postura pública de rechazo al régimen, expresada en declaraciones como las hechas en ese discurso en la Fundación en 1999 y repetidas estando ya en la Casa Blanca en una visita en Miami, en la que aseguró que nunca “permanecería ciego” a la “opresión comunista”. Su decisión de revocar la política de apertura de Obama se debía a que “el dinero del turismo fluye directamente a los militares”, explicó.

Si sus empresas hubieran hecho negocios con Cuba, ¿ese dinero no habría ido a las mismas manos?

Lo sorprendente, diría alguno, no es que los políticos busquen aprovecharse electoralmente de las ansias del exilio cubano de ver libre a su tierra, lo verdaderamente sorprendente es que aún haya quien a esta altura de la película compre el relato. A lo mejor, resulta ser una relación como la describe en su canción “No me importa nada” la española Luz Casal: “Tú juegas a engañarme y yo juego a que te creas que te creo”.

¿De los marines al abrazo?

Un relato similar parece reproducirse en el caso venezolano, en el que la administración Trump ha subido el tono de la retórica, ha aumentado la persecución judicial a los herederos del chavismo y se han impuesto nuevas sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro. Eso llevó incluso a algunos a anticipar una intervención armada estadounidense, con febriles anuncios en Twitter de supuestos expertos de que la acción era inminente.

Pero Maduro permanece en Miraflores y, en realidad, lo único inminente por ahora ha sido la reiterada negativa de la Casa Blanca y sus aliados en el Congreso de proporcionar un Estatus de Protección Temporal (TPS) que regularizaría la situación migratoria de decenas de miles de venezolanos en EEUU, que de otra manera corren el riesgo de ser deportados. Ni el apoyo del ahora senador Marco Rubio ha logrado avanzar la medida, que fue nuevamente rechazada por la mayoría republicana en el Senado la semana pasada.

El régimen venezolano es “brutal” y responsable de que el pueblo sufra de “crímenes”, “corrupción” y “hambre” generada por sus políticas, como ha dicho el mismo Trump, pero por lo del TPS se deduce que no lo suficiente como para darle refugio a sus víctimas. Si hemos de hacerle caso al exasesor de Seguridad Nacional John Bolton, la política hacia Venezuela de esta administración ha oscilado desde una apuesta por enviar a los marines hasta una repetición de la táctica del cortejo amoroso seguida con Corea de Norte.

Nada que objetar, deben decir los partidarios del presidente, cuando al final lo que cuenta son las decisiones que se tomen en defensa del país. Como la guerra comercial con Beijing en defensa de los productos manufacturados en EEUU. Que al darle la vuelta a la etiqueta de productos que se venden bajo la marca del mandatario o de su hija Ivanka –hasta que la cerró– aparezca un Made in China es un mero detalle.

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