Trump pone en peligro la economía de EEUU con su amenaza de aranceles contra México

El empecinamiento de Donald Trump en contra de la migración indocumentada, y sobre todo ante las oleadas de centroamericanos que huyen de sus países y viajan al norte para pedir asilo en Estados Unidos, ha llegado a un punto en el que el presidente pone en riesgo la estabilidad y el bienestar de millones de estadounidenses.

La amenaza de imponer ingentes aranceles a México a menos que ese país frene el flujo de migrantes hacia el norte es un ominoso ejemplo de la desfiguración de las políticas de la Casa Blanca en materia no solo de inmigración sino en el manejo de la economía y la diplomacia estadounidenses.

En la frontera ciertamente hay una crisis, pero no de crimen o seguridad nacional, sino una de tipo humanitario, pero Trump y su entorno se empeñan en presentarla y enfrentarla de la primera manera y desdeñan el drama implícito en la segunda. Eso causa grave sufrimiento adicional a los migrantes, personas muy vulnerables y en riesgo, y en realidad no ayuda a atender los problemas de seguridad fronteriza que sí existen (como el tráfico de armas, drogas o personas) y en cambio provoca efectos adicionales ominosos que afectan a una escala mayor, incluidos en ello a los propios estadounidenses.

El presidente Donald Trump amenazó con imponer fuertes aranceles al comercio proveniente de México si ese país no frena el flujo de migrantes que lo cruzan en camino a la frontera de EEUU. (Getty Images)

La amenaza de imponer 5% de aranceles el próximo 10 de junio a todos los productos provenientes de México a menos que ese país frene la llegada de migrantes a Estados Unidos –y de incrementar ese monto progresivamente hasta el 25% en septiembre si la migración vía México no cesa– ciertamente castigaría a la economía mexicana, pues sus productos se volverían más caros en los mercados estadounidenses y perderían con ello ventas y mercado.

Pero será tanto o quizá más dañino para las empresas y consumidores estadounidenses, pues las economías de Estados Unidos y México están, para bien y para mal, profundamente interconectadas y mucho de los que se produce y comercia entre uno y otro implica relaciones mucho más hondas que una mera compra-venta.

Millones de empleos en Estados Unidos, por ejemplo, dependen de las importaciones mexicanas, y muchas empresas estadounidenses producen productos finales o partes en México y las reintroducen en Estados Unidos para continuar sus cadenas productivas. Por eso, imponer aranceles como los que supone Trump elevaría a tal grado los costos de muchas empresas estadounidenses que forzaría alzas de precios o los obligaría a cortar gastos, en especial empleos, dentro de Estados Unidos.

Las ciudades estadounidenses en la frontera, donde viven millones de personas, dependen para su subsistencia y prosperidad del comercio con México, por lo que un alza de aranceles como la planteada por Trump le produciría a esas urbes fronterizas en California, Arizona, Nuevo México y Texas una severa sangría, una desestabilización inquietante de su forma de vida.

Por añadidura, un eventual deterioro económico de México por la reducción de su comercio con Estados Unidos podría catalizar las presiones que suscitan la migración, por lo que Trump podría estar al final estimulando los propios flujos migratorios que se supone quiere frenar.

Trump, además, se pone el pie a sí mismo pues su plan de tarifas punitivas contra México se da justo cuando el nuevo tratado de libre comercio norteamericano, el sucesor del NAFTA que el propio presidente estadounidense ha repudiado, está en vías de ser ratificado, un proceso que podría alterarse e incluso descarrilarse a causa de las presiones arancelarias unilaterales, ajenas a criterios o razones económicas o comerciales, del presidente. Eso añade incertidumbre adicional sobre si la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes ratificará ese tratado.

Muchos en el Congreso, de ambos partidos, podrían así preguntarse si a Trump le interesa realmente el comercio libre y justo cuando usa aranceles arbitrarios como ruda moneda para impulsar su agenda político-ideológica al margen de las realidades económicas del país.


Aranceles autoritarios y electoralistas

Así, la amenaza de imponer esos aranceles a México puede resultar fuerte y pertinente a los ojos de la base de derecha radical de Trump, que incluye amplios estamentos xenófobos y antiinmigrantes, y hasta puede servirle para dar un latigazo lateral a los demócratas, pero en realidad sería un golpe sustantivo a la economía estadounidense y luce punzantemente desesperada.

Pareciera que Trump, de cara a la campaña electoral de 2020 en la que se juega, actualmente en desventaja, la reelección, está urgido de medidas escandalosas para apuntalar su imagen de un presidente activo y decisivo, aunque estas solo operen en el ámbito de la propaganda de cara a un sector, y en realidad podrían minar el bienestar general del país.

El alegato arancelario de Trump es, además, endeble desde el punto de vista legal. El propio Trump invocó una ley que le permite regular el comercio en situaciones de emergencia, pero la declaración de emergencia en la frontera emitida por Trump es equívoca y ha sido impugnada en tribunales por considerarse que fue una medida impropia para saltarse la autoridad del Congreso de autorizar presupuestos y así desviar recursos del Departamento de Defensa al proyecto de muro fronterizo que los legisladores no le quisieron autorizar.

Apenas hace unos días un juez federal bloqueó la asignación de recursos disponibles tras esa declaración de emergencia a la construcción de dos tramos de muro fronterizo, un fallo que deja entrever que las impugnaciones generales a la declaración de emergencia presidencial podrían prosperar y dejar en el desamparo legal todas las decisiones de Trump basadas en ella, incluso la de los aranceles unilaterales a México.

Y el hecho de que esos aranceles, fundados en la citada declaración de emergencia, podrían vulnerar a ciudades fronterizas estadounidenses de modo directo y a muchos otras personas en el resto del país, implica que la propia decisión de Trump podría ser un argumento para que una corte rechazara su emergencia en tanto que ésta estaría produciendo desasosiego a la nación en lugar de ser una solución.

Es decir, México podría no hacer nada y esperar a que una corte federal estadounidense falle contra el esquema de Trump.

Muchos republicanos moderados y conservadores, impulsores del libre comercio, y las empresas estadounidenses que lo ejercen entre Estados Unidos y México presumiblemente tampoco avalan el plan arancelario punitivo de Trump. Y los demócratas lo rechazan tanto por tratarse de un arrebato de tomo autoritario como porque reincide en el esquema de emergencia fronteriza con lo que el presidente ha enfrentado el no del Congreso a su esquema de muro.

Una caravana de migrantes centroamericanos en el estado sureño mexicano de Chiapas. Miles de personas como ellos han cruzado México en meses recientes rumbo a EEUU para pedir asilo, huyendo de la miseria y la violencia en sus países. (AFP)

Provocación o diálogo

Por añadidura, la amenaza arancelaria de Trump al parecer no solo no considera (o desdeña) las relaciones económicas entre México y Estados Unidos, sino tampoco la dinámica del nuevo gobierno mexicano. El presidente Andrés Manuel López Obrador se ha abstenido de confrontarse con Trump y ha optado, en cambio, por un discurso a favor del entendimiento bilateral y de atender en conjunto las razones de fondo de la ola migratoria, que son la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades en México y Centroamérica, vía la cooperación para el desarrollo.

México tiene ciertamente sus propios problemas en esos y otros aspectos, pero en el contexto de la transformación impulsada por López Obrador, que incluye severa austeridad y realineamiento de las relaciones políticas y económicas para apartarlas de los intereses particulares y corporativos y enfocarlas en el beneficio popular, las presiones de Trump no necesariamente resultan efectivas. Una merma del comercio hacia Estados Unidos ciertamente tendría efectos nocivos para México en el corto y mediano plazos, pero si continuara a mayor escala propiciaría una reorientación económica mexicana hacia el mercado interno, una posibilidad nada desdeñable para la izquierda mexicana hoy en el poder que ha criticado por décadas la depredación que la desregulación comercial y la apertura indiscriminada de mercados ha producido en México.

Y suponer que el actual gobierno mexicano, que ha optado por una opción de apertura y control sin represión de las caravanas centroamericanas, va a convertirse en un motor de persecución y bloqueo de migrantes, revela que la Casa Blanca no ha comprendido o querido comprender la nueva realidad política mexicana.

Eso no significa que esos aranceles no serán lacerantes para México. Podrían serlo y por eso resultan indeseables, además de que son, como se ha mencionado, jurídicamente endebles y económicamente contraproducentes para los propios estadounidenses y para México. Pero no luce verosímil que el gobierno y el movimiento de López Obrador, quien por años trabajó y luchó por lograr el cambio progresista que desean para su país, vayan a caer en el juego de Trump y opten por vulnerar sus principios en materia de trato humanitario a la migración y respeto a los derechos humanos, solo para complacer un arrebato de Trump.

México podría establecer aranceles en represalia, pero eso podría desatar una guerra comercial indeseable para ambos países. Tampoco es una vía auspiciosa.

Y el calendario mismo propuesto por Trump revela que todo sería mayormente un capricho o impulso autoritario: dado que no es en realidad posible frenar el flujo de migrantes antes del 10 de junio o del mes de septiembre, eso sugiere que Trump está dispuesto en sí a imponer esos aranceles, al margen de lo que México haga o no. Su movimiento es una provocación.

Por ello, para México lo mejor sería mantener sus principios, ejercer la paciencia y abrir cauces de diálogo.

Al final, la amenaza arancelaria de Trump con todos sus componentes ominosos, luce más como un arrebato retórico electorero para mitigar los golpes que el presidente ha recibido ante el freno a sus planes de seguridad fronteriza y la erosión de su imagen por las revelaciones del reporte de Robert Mueller, pues en términos reales sería tan nociva para los estadounidenses como para los mexicanos, y posiblemente más para los primeros en varios aspectos.

Por ello quizá esos aranceles se apliquen por algún tiempo (la vaguedad de los criterios por los que la Casa Blanca retiraría esos gravámenes le permite ejercer severa presión pero también salirse sin dar explicaciones) pero no es previsible que sea por mucho. México posiblemente buscará el diálogo, para ganar tiempo y plantear su visión de las cosas, en tanto los oleajes presentes comienzan a reencauzarse.

Y es muy probable es que el asunto no vaya mucho más allá de unas semanas o meses, pero no tanto por una reacción mexicana ante capricho de Trump sino por la disuasión de la propia administración y las empresas estadounidenses ante los riesgos implícitos para Estados Unidos, por decisiones judiciales o legislativas adicionales en los tribunales y el Congreso estadounidenses o por la reacción negativa de la sociedad estadounidense, en términos de popularidad presidencial y preferencias electorales, ante los golpes que esos aranceles le supondrían.

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