Tropas, represión y bloqueos: por qué Putin ha vuelto a su versión más extrema

Luisa Corradini
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Vladimir Putin durante la conferencia virtual sobre el clima, donde participó desde su residencia de Moscú
ALEXEY DRUZHININ

Despliegue masivo de tropas en la frontera con Ucrania y en Crimea, bloqueo de vías navegables en el mar Negro, violenta represión de la protesta a favor del disidente Alexei Navalny, apoyo irrestricto a su vecino, el dictador de Belarús, Alexander Lukashenko, apocalípticos discursos contra “aquellos que se atrevan a atravesar las líneas rojas” establecidas por Rusia…

A pesar de algunas pistas, hasta el momento, no está claro qué es lo que el presidente ruso, Vladimir Putin, persigue con su colosal demostración de fuerza de las últimas semanas.

Acaso está tratando de intimidar a los dirigentes de Ucrania para que hagan concesiones, como una autonomía formal para la región del Donbas, en el este del país, donde Moscú financia y arma a miles de disidentes prorrusos desde 2015, cuando también anexó la península de Crimea. O tal vez esté efectivamente preparándose para una futura agresión. Es cierto, el jueves, después de un peligroso aumento de tensión con Estados Unidos y la Unión Europea (UE), el ministro de Defensa ruso anunció el fin del despliegue de unos 150.000 soldados reunidos en la frontera ruso-ucraniana, que Moscú siempre calificó de “maniobras militares”. Queda por ver si ese retiro será total.

“En el pasado, en similares circunstancias, Moscú siempre dejó un número significante de tropas detrás”, afirma el experto Marc Galleoti, profesor honorario en el University College London’s School.

Su discurso sobre el estado de la nación, el 21 de abril, también ofreció algunas claves. Putin prometió beneficios para las masas y rayos y centellas para sus enemigos. Insistió nuevamente en su teoría de complot occidental para asesinar a Lukashenko. Y mientras advertía que organizadores de provocaciones contra Rusia “lo lamentarían como no lamentaron nada en mucho tiempo”, sus fuerzas policiales reprimían con violencia las manifestaciones populares en apoyo a Navalny, encarcelado después de haber sido envenenado por sus servicios de seguridad y condenado a casi tres años de prisión en una parodia de juicio.

Vladimir Putin durante una reunión esta semana con el presidente de Belarús, Alexander Lukashenko
Vladimir Putin durante una reunión esta semana con el presidente de Belarús, Alexander Lukashenko (MIKHAIL KLIMENTYEV/)

Para algunos observadores, el comportamiento ruso en la frontera de Ucrania se trató simplemente de una “gesticulación militar”. Para que la nueva administración de Joe Biden tome nota de la capacidad militar rusa, en momentos en que se esbozan las futuras relaciones entre Washington y Moscú, mientras los lobbies ucranianos pro-occidentales buscan cada vez más apoyo en la UE y en Estados Unidos.

“Esto es lo que se llama diplomacia coercitiva de la más pesada. Pero lo peor que podemos esperar es más violencia a lo largo de la línea de contacto”, analiza Galleoti.

La situación en Ucrania, y sobre todo la pretensión de Kiev de incorporarse a la OTAN, representa para Putin un auténtico casus belli: una intromisión inadmisible en el espacio que tradicionalmente perteneció a la Unión Soviética, y que, a su juicio, provocaría el encierro de Rusia en el mar Negro por parte de la Alianza Atlántica. Rumania, Bulgaria y Turquía pertenecen a la OTAN. Georgia y Ucrania sueñan con ingresar.

El 6 de abril, después que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, solicitó a la OTAN apurar los planes de ingreso de su país, el Kremlin advirtió que esa incorporación solo “empeoraría la situación”.

En ese marco, la situación geopolítica que enfrenta Putin no es de las mejores. Desde hace unos días, un viento glacial sopla incluso sobre la relación particular que mantuvo hasta ahora con su par turco, Recep Tayyip Erdogan, a quien lo unía una forma de cooperación a veces hostil, otras cordial. Si bien Erdogan y Putin habían conseguido llegar a un acuerdo sobre lejanos teatros de operaciones, como en Siria, ahora tienen serias dificultades para conciliar intereses en el mar Negro, donde la posición turca parece más afín con la de sus socios occidentales.

Moscú se inquieta, por ejemplo, por el aumento de cooperación militar entre Ucrania y Turquía. Kiev acaba de adquirir drones turcos destinados a sus fuerzas armadas, que seguramente serán empleados contra los rebeldes pro-rusos del Dombas. Pero el peor gesto de todos fue la reafirmación por parte de Erdogan de su apoyo a la candidatura de Ucrania a la OTAN. En respuesta, Moscú decidió suspender por un mes y medio sus enlaces aéreos con Turquía, oficialmente “por razones sanitarias”.

Putin, durante un encuentro virtual esta semana. El mundo se pregunta las razones de sus osadas movidas en política exterior
ALEXEI DRUZHININ

Putin, durante un encuentro virtual esta semana. El mundo se pregunta las razones de sus osadas movidas en política exterior (ALEXEI DRUZHININ/)

Otro argumento a favor de una simple “gesticulación” militar es la resistencia de la opinión pública rusa a un conflicto de gran envergadura. Esa es la posición de Timothy Fyre, autor de Débil hombre fuerte: los límites del poder de Putin en Rusia. “La opinión pública rusa está en contra de cualquier tipo de intervención militar en el este de Ucrania. Si hubiera pérdida de vidas, podría provocar una reacción adversa”, afirma. “Un escenario más plausible sería instalar fuerzas de paz rusas, con el pretexto de proteger a los ciudadanos ucranianos que recibieron pasaportes del gobierno ruso y que viven en áreas controladas por las fuerzas rebeldes pro-rusas”, explica.

Para Fyre, esa es una táctica que podría ser bien vendida a la opinión rusa, en momentos en que Putin es, en el plano interno, mucho más débil de lo que parece. “Sus aventuras previas en Ucrania se produjeron cuando la economía rusa atravesaba serias dificultades y los sondeos de opinión necesitaban estímulo”, señala. Hoy pasa algo parecido. Las opiniones favorables se reducen: apenas el 25% de los rusos apoyan a su partido, mientras las manifestaciones pro-Navalny, en enero, fueron las más importantes de la última década.

En momentos en que deben definirse las nuevas relaciones bilaterales, la debilidad del presidente ruso debería ser motivo de gran preocupación y no de entusiasmo para Occidente. “Moscú es el productor más prolífico de inestabilidad en las fronteras de Europa y el más enérgico generador de problemas en las ricas democracias, financiando partidos extremistas, distribuyendo falsa información y discordia”, precisa Fyre.

Mucho menos importante que China –tanto en el terreno económico como en el del cambio climático–, Rusia sigue siendo un actor fundamental para el mundo. Las decisiones que adopte Occidente no solo sentarán un precedente: también serán una advertencia para las demás autocracias.