Así fue como los troles rusos ayudaron a desmantelar la Marcha de las Mujeres

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Linda Sarsour despertó el 23 de enero de 2017, entró a internet y sintió náuseas.

El fin de semana anterior, había ido a Washington para estar al frente de la Marcha de las Mujeres, una movilización contra el presidente Donald Trump que superó todas las expectativas. Las multitudes se habían congregado antes del amanecer y para cuando ella subió al escenario, se extendían en la lejanía.

Más de 4 millones de personas de todo Estados Unidos habían participado, según cálculos posteriores de los expertos, que decían que esta marcha era una de las protestas de un solo día más multitudinarias en la historia del país.

Pero luego algo cambió, al parecer de la noche a la mañana. Lo que ella vio en Twitter ese lunes fue un torrente de quejas centradas en ella. En sus 15 años de activista, en su mayoría defendiendo los derechos de los musulmanes, había enfrentado respuestas negativas, pero esto era de otra magnitud.

Esa mañana, sucedían cosas que Sarsour no podía ni imaginarse.

A más de 6437 kilómetros de distancia, organizaciones vinculadas con el gobierno ruso habían asignado equipos para actuar en contra de la Marcha de las Mujeres. En los escritorios de las anodinas oficinas de San Petersburgo, los redactores estaban probando mensajes en las redes sociales que criticaban el movimiento de la Marcha de las Mujeres, haciéndose pasar por estadounidenses comunes y corrientes.

Uno de los mensajes funcionó mejor con el público que cualquier otro.

55 Savushkina Street, en San Petersburgo, Rusia, el último domicilio conocido de la Agencia de Investigación de Internet, el 24 de mayo de 2015. (James Hill/The New York Times)
55 Savushkina Street, en San Petersburgo, Rusia, el último domicilio conocido de la Agencia de Investigación de Internet, el 24 de mayo de 2015. (James Hill/The New York Times)

En él se destacaba un elemento de la Marcha de las Mujeres que, en principio, podría parecer un simple detalle: entre las cuatro copresidentas del evento estaba Sarsour, una activista palestinoestadounidense cuyo hiyab la señalaba como musulmana practicante.

A lo largo de los 18 meses siguientes, las fábricas rusas de troles y su servicio de inteligencia militar se esforzaron por desacreditar el movimiento mediante la difusión de narrativas condenatorias, a menudo inventadas, en torno a Sarsour.

Ciento cincuenta y dos cuentas rusas distintas produjeron material sobre ella. Los archivos públicos de las cuentas de Twitter que se ha comprobado que son rusas contienen 2642 tuits sobre Sarsour, muchos de los cuales llegaron a grandes audiencias, según un análisis de Advance Democracy Inc, una organización sin fines de lucro y apartidista que realiza investigaciones y estudios de interés público.

Muchas personas conocen la historia sobre cómo se fracturó el movimiento de las Marcha de las Mujeres, que dejó cicatrices perdurables en la izquierda estadounidense.

Una coalición frágil al principio, entró en crisis por la asociación de sus copresidentas con Louis Farrakhan, el líder de la Nación del Islam, ampliamente condenado por sus declaraciones antisemitas. Cuando esto salió a la luz, los grupos progresistas se distanciaron de Sarsour y de las copresidentas de la marcha, Carmen Pérez, Tamika Mallory y Bob Bland.

Pero también hay una historia que no se ha contado, que solo apareció años después en la investigación académica, de cómo Rusia se insertó en este momento.

El efecto que estas intrusiones tuvieron en la democracia estadounidense es una cuestión que nos acompañará durante años. Las redes sociales ya estaban amplificando los impulsos políticos de los estadounidenses, dejando tras de sí un rastro de comunidades dañadas. La confianza en las instituciones estaba disminuyendo y la rabia aumentaba en la vida pública. Estas cosas habrían sido ciertas aun sin la interferencia rusa.

Pero rastrear las intrusiones rusas durante los meses que siguieron a esa primera Marcha de las Mujeres es ser testigo de un persistente esfuerzo por empeorarlas todas.

‘Refrigeradores y uñas’

A principios de 2017, la operación de troleo se encontraba en su fase imperial y rebosaba confianza.

Las cuentas de la Agencia de Investigación de Internet, una organización cuya sede se encuentra en San Petersburgo y es controlada por un aliado del presidente ruso, Vladimir Putin, se había ufanado de impulsar a Trump a la victoria. Ese año, el presupuesto del grupo casi se había duplicado, según comunicaciones internas hechas públicas por los fiscales estadounidenses.

En estas condiciones propicias, sus objetivos pasaron de la política electoral a algo más general: la meta de agudizar las fisuras en la sociedad estadounidense, dijo Alex Iftimie, un exfiscal federal que trabajó en un caso de 2018 contra un administrador del Proyecto Lakhta, que supervisaba la Agencia de Investigación de Internet y otras operaciones de troleo ruso.

Artyom Baranov, que trabajó en una de las filiales del Proyecto Lakhta de 2018 a 2020, concluyó que sus compañeros de trabajo eran, en su mayoría, personas que necesitaban el dinero.

El trabajo no consistía en exponer argumentos, sino en provocar una reacción visceral y emocional, idealmente de “indignación”, explicó Baranov, psicoanalista de formación, a quien se le asignó escribir publicaciones en línea sobre política rusa. “La tarea es hacer una especie de explosión, causar controversia”, agregó.

En enero de 2017, mientras se acercaba la Marcha de las Mujeres, probaron distintos enfoques con distintas audiencias, como lo habían hecho previo a las elecciones presidenciales de 2016. Publicaban como mujeres trans resentidas, mujeres pobres y mujeres contra el aborto. Desacreditaban a quienes marchaban por ser peones del multimillonario judío George Soros.

Mientras tanto, otra línea de mensajes más efectiva se desarrollaba.

‘Fue como una avalancha’

Sarsour, hija de un tendero palestinoestadounidense de la ciudad de Nueva York, se había convertido en la voz de los derechos de los musulmanes después de los atentados del 11 de septiembre. En 2015, cuando tenía 35 años, un perfil del New York Times la ungió como algo raro, una potencial candidata araboestadounidense a un cargo de elección pública.

En 2016, el senador independiente de Vermont Bernie Sanders la invitó a un evento de campaña. Eso molestó a los políticas pro-Israel en Nueva York, que señalaron su apoyo al movimiento de boicot, desinversión y sanciones, que busca asegurar los derechos de los palestinos aislando a Israel. Los críticos del movimiento sostienen que amenaza la existencia de Israel.

Rory Lancman, entonces concejal de la ciudad del barrio de Queens, recuerda su creciente alarma cuando ella comenzó a aparecer con regularidad en los eventos en los que se apoyaban causas de izquierda no relacionadas con Israel.

Para Lancman, demócrata, la noticia de que Sarsour era una de las líderes de la Marcha de las Mujeres le pareció “desgarrador —esa es la palabra—, que el antisemitismo se tolere y racionalice en espacios progresistas”.

Pero 48 horas después de la marcha, hubo un cambio de tono en línea, con el surgimiento de publicaciones que describían a Sarsour como una yihadista radical que se había infiltrado en el feminismo estadounidense.

No todas las respuestas negativas fueron orgánicas. Esa semana, las cuentas rusas de amplificación comenzaron a circular publicaciones centradas en Sarsour, muchas de las cuales eran incendiarias y se basaban en falsedades, ya que afirmaban que era una islamista radical: “una musulmana que odiaba a los judíos y estaba a favor del Estado Islámico y en contra de Estados Unidos”, a la que “se había visto mostrando el cartel del Estado Islámico”.

Algunos de estas publicaciones fueron vistas por muchas personas. A las 7 p. m. del 21 de enero, una cuenta de la Agencia de Investigación de Internet identificada como @ten_gop, un supuesto estadounidense de derecha originario del sur del país, tuiteó que Sarsour estaba a favor de imponer sharía o ley islámica en Estados Unidos, haciendo eco de una popular teoría de la conspiración antimusulmana.

Este mensaje cobró impulso y acumuló 1686 respuestas, se retuiteó 8046 veces y obtuvo 6256 “me gusta”. Al día siguiente, casi de manera simultánea, un pequeño ejército de 1157 cuentas de derecha retomó la narrativa y publicó 1659 mensajes sobre el tema, según un análisis realizado por la empresa de análisis online Graphika en nombre del Times.

En la Asociación Árabe Estadounidense de Nueva York, la organización sin fines de lucro de defensa a los migrantes que Sarsour dirigía en Brooklyn, comenzó a llegar una gran cantidad de correo de odio.

Sarsour, a quien preocupaba haberse convertido en “un lastre”, renunció a su puesto en febrero de ese año.

Para la primavera, la respuesta contra Sarsour se había convertido en un espectáculo de política divisoria. “Era como una avalancha”, comentó.

Cuando fue invitada a dar el discurso de graduación de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY, por su sigla en inglés), el furor comenzó con semanas de antelación. Llamó la atención del polemista de extrema derecha Milo Yiannopoulos, que viajó a Nueva York para protestar.

Pronunció su discurso de graduación sin incidentes. Después, parece ser que los troles esperaron que dijera o hiciera algo divisorio. Y eso sucedió a principios de julio cuando, envalentonada tras su aparición en la CUNY, exhortó a la audiencia musulmana fuera de Chicago a rebelarse contra las políticas injustas del gobierno, que describió como “la mejor forma de yihad”.

En el islam, la palabra “yihad” puede denotar cualquier lucha virtuosa, pero en el contexto político estadounidense es inextricable del concepto de guerra santa. Un político más pragmático podría haber evitado utilizarla, pero Sarsour se sentía como la de antes.

La semana siguiente, las cuentas rusas aumentaron de manera considerable su volumen de mensajes sobre Sarsour y produjeron 184 publicaciones en un solo día, según Advance Democracy Inc.

“Digo, imagínense que todos los días al levantarse son un monstruo”, comentó Sarsour”.

A la caza de fantasmas

Las divisiones al interior de la Macha de las Mujeres ya existían.

Las discusiones intestinas sobre la identidad y el antisemitismo habían tensado al grupo desde sus primeros días, cuando una de sus organizadoras, Vanessa Wruble, que es judía, fue expulsada después de lo que describió como tensas conversaciones con Pérez y Mallory sobre el papel de los judíos en el racismo estructural. Pérez y Mallory han rebatido esa versión.

En 2018, se desató una nueva crisis interna por la asistencia de Mallory al Día del Salvador, una reunión anual de la Nación del Islam encabezada por Farrakhan.

La presionaron para que rechazara a Farrakhan, a lo que se negó, aunque dijo que no compartía sus posturas antisemitas. Después del asesinato del padre de su hijo, explicó: “fueron las mujeres de la Nación del Islam quienes me apoyaron”.

Después de eso, el tejido de la coalición se rompió, de manera lenta y dolorosa. Sarsour y Perez se mantuvieron al lado de Mallory, y en poco tiempo, los grupos progresistas comenzaron a distanciarse de las tres. Bajo una intensa presión para que dejaran de ser las líderes, Sarsour, Perez y una tercera copresidenta, Bland, lo hicieron en 2019, un movimiento que, según dicen, estaba planeado desde hace tiempo.

Las cuentas rusas aumentaron su producción en torno a Farrakhan y las lideresas de la Marcha de las Mujeres esa primavera, con 10 a 20 publicaciones al día, pero no hay pruebas de que fueran un motor principal de la conversación.

Más o menos en ese momento, perdemos de vista la mayoría de los mensajes rusos. En el verano de 2018, Twitter suspendió 3841 cuentas vinculadas a la Agencia de Investigación de Internet y conservó 10 millones de sus tuits para que pudieran ser estudiados por los investigadores. Unos meses después, la plataforma suspendió y guardó el trabajo de 414 cuentas producidas por el GRU, la agencia de inteligencia militar.

La explotación rusa de Sarsour como figura divisoria debe entenderse como parte de la historia de la Marcha de las Mujeres, dijo Shireen Mitchell, una analista de tecnología que ha estudiado la interferencia rusa en el discurso afroamericano en línea.

Ella comentó que las campañas rusas eran expertas en sembrar ideas que fluían hacia el discurso principal, después de lo cual, agregó, podían “solo sentarse y esperar”.

Otros consideraron que el papel de Rusia era marginal y entraba en los límites de un debate estadounidense necesario.

“Es una pena que Linda Sarsour haya dañado ese movimiento intentando inyectar en él ideas nocivas que no tenían razón de ser en la Marcha de las Mujeres”, dijo Lancman, el exconcejal. “Por desgracia”, añadió, los rusos “parecen muy adeptos a explotar esas fisuras”.

Una réplica

Sarsour, de 42 años, había regresado a su oficina en Bay Ridge la primavera pasada, cinco años después de la primera Marcha de las Mujeres, cuando se enteró, por un reportero, de que había sido víctima del gobierno ruso.

En la actualidad, rara vez la invitan a las plataformas nacionales y, cuando lo hacen, suele haber protestas. El rumor que había en torno a ella como futura candidata política se ha calmado.

“Nunca voy a conseguir un trabajo de verdad” en una organización sin fines de lucro o corporación importante, comentó. “Ese es el tipo de impacto que estas cosas tienen en nuestras vidas”.

Los datos sobre los mensajes rusos relacionados con la Marcha de las Mujeres aparecieron por primera vez a finales del año pasado en una revista académica, donde Samantha R. Bradshaw, experta en desinformación de la American University, revisó la injerencia del Estado en los movimientos feministas.

Ella y su coautora, Amélie Henle, descubrieron un patrón de mensajes por parte de influyentes cuentas de amplificadores que buscaban desmovilizar el activismo de la sociedad civil, impulsando las críticas interseccionales al feminismo y atacando a los organizadoras.

Sarsour trató de entenderlo: todo ese tiempo, el gobierno ruso la tenía en la mira. Hacía tiempo que creía saber de dónde venían sus críticos: la derecha estadounidense y los partidarios de Israel. Nunca se le ocurrió que pudieran provenir de un gobierno extranjero.

“Pensar que Rusia va a usarme es mucho más peligroso y siniestro”, comentó. “Me pregunto cómo se beneficia Rusia de aprovechar mi identidad para debilitar movimientos contra Trump en Estados Unidos —me parece—”, hizo un pausa. “Que es algo que nos deja boquiabiertos”.

Manifestantes durante la Marcha de las Mujeres en Washington, el 21 de enero de 2017. (Ruth Fremson/The New York Times)

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