Pocos triunfos y mucho por hacer para un Estados Unidos que evita un "vacío" en Medio Oriente

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© Evelyn Hockstein / Reuters

Joe Biden concluyó su primera visita a la estratégica y complicada región, tras un periplo de cuatro días por Israel, los Territorios Palestinos Ocupados y Arabia Saudita. Irán y la seguridad regional, los elevados precios del petróleo, la cooperación árabe-israelí y el conflicto palestino-israelí atravesaron su agenda. Sin embargo, pese a la fidelidad de Israel y ciertos acuerdos, el presidente estadounidense se topó con líderes árabes que todavía dudan de si Washington es un aliado fiable.

De Tel Aviv a Jeddah, pasando por Jerusalén y Belén. En cuatro días, el presidente estadounidense Joe Biden completó una cargada agenda por Medio Oriente, en un intento de relanzar el interés de Washington en una región en conflicto, pero siempre estratégica.

Un primer viaje del demócrata como mandatario a una zona con asociaciones de poder cambiantes y delicadas. En su recorrido extendió y recibió bienvenidas muy distintas, y sacó conclusiones diversas que vale la pena desglosar.

Arabia Saudita: un choque de puños no bastó para "recalibrar" relaciones

La última parada de la gira fue sin duda la más importante y, a la vez, incómoda. Arabia Saudita, ese reino al que el presidente había prometido reducir a “paria” en el escenario internacional, era en realidad su principal objetivo, con miras a –en palabras de la Casa Blanca– "recalibrar" las relaciones con su histórico aliado entre las naciones árabes.

El contexto global, con los precios del petróleo disparados y una inflación galopante, forzaron este acercamiento pragmático, ignorando las críticas por reunirse con el príncipe heredero saudita Mohamed bin Salman, señalado por la inteligencia estadounidense como el responsable de ordenar en 2018 el asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi.

Con la mirada mediática puesta en su cara a cara con Bin Salman, Biden apostó a un choque de puños como saludo, en un intento de distanciarse que difirió con el apretón de manos que sí dio al rey Salman bin Abdulaziz y a otros líderes sauditas. Luego se encargó de señalar que abordó las vulneraciones de derechos humanos y el crimen de Khashoggi porque, no hacerlo, hubiera sido "inconsistente con quienes somos y quien soy".

La respuesta de Bin Salman fue un ejemplo del cambio de rol de Estados Unidos en la región. Según reveló a Reuters el ministro de Estado para Asuntos Exteriores saudita, el príncipe reconoció que el asesinato de Khashoggi "fue un terrible error", pero cuestionó que Estados Unidos quiera imponer "sus valores por la fuerza en otros países", una política que "fracasó" en Afganistán e Irak.

Además de estas guerras, y de acuerdo a fuentes citadas por la cadena Al Arabiya, el príncipe saudita también recordó a Washington que "cometió errores", y enumeró episodios como las torturas y abusos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib o las escasas medidas adoptadas tras el asesinato de la periodista palestino-estadounidense Shireen Abu Akleh en Cisjordania ocupada, durante una operación militar israelí.

Frente a las expectativas, Biden intentó minimizar la importancia de su encuentro con Bin Salman y dirigió los focos al foro con los líderes de nueve países árabes. A estos les dijo que Estados Unidos "no se alejará" de Medio Oriente –sobre todo para no "dejar un vacío que puedan llenar China, Rusia o Irán"– y que sigue siendo un aliado confiable, pese a su aparente distanciamiento tras las guerras en Irak y Afganistán.

En esta tarea de reconstruir lazos, el jefe de Estado estadounidense mantuvo otros encuentros bilaterales con algunos líderes a los que nunca había visto desde su llegada a la Casa Blanca, como el presidente egipcio Abdelfatah al-Sisi o el recién asumido mandatario de Emiratos Árabes Unidos, el jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan, al que invitó a Washington en los próximos meses.

Pero ante un Medio Oriente fragmentado y diferente al que conoció en sus tiempos de vicepresidente de Barack Obama, Biden se llevó pocos compromisos concretos y más esperanzas de haber sembrado semillas que podrían dar frutos en el futuro.

Su principal misión era pedir aumentar la producción de petróleo para reducir los precios, que han disparado la inflación en Estados Unidos y en el mundo. Una consecuencia de la pandemia que se ha agudizado por la invasión de Rusia a Ucrania.

En la reunión del próximo 3 de agosto de la OPEP+ –la alianza ampliada de productores de crudo, que incluye a Rusia– se verá si su mensaje tuvo éxito. Washington espera que Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos planteen un incremento en las cuotas de producción a partir de septiembre, cuando se vence el techo acordado.

"Tenemos que tener en cuenta que el panorama de la demanda se está suavizando. No estoy seguro de que estos países estén convencidos de que el mercado necesita más suministro de crudo", alertó Ben Cahill, analista de energía del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, a la agencia Reuters.

Tampoco avanzó en la idea de implementar un esquema de seguridad conjunta en la región, principalmente visto como un contrapeso a Irán. Aunque llevó su mensaje de "integración" (sin mencionar a Israel, pero a sabiendas de su intención de incluirlo en la alianza regional), el tema ni siquiera fue abordado, según el ministro de Relaciones Exteriores saudita, Faisal bin Farhan Al Saud.

Una propuesta difícil de concretar entre líderes que muestran divisiones en torno a la política regional. Por ejemplo, mientras Arabia Saudita, Bahrein o Emiratos Árabes Unidos abogan por aislar a Irán, Omán y Qatar mantienen sólidos lazos diplomáticos y han mediado en negociaciones entre Washington y Teherán.

Por otro lado, Biden intentó acercar a las naciones árabes a su posicionamiento contra Rusia en la guerra en Ucrania. Según analistas, la divulgación de imágenes satelitales indicando que oficiales rusos visitaron Teherán en junio y julio con la posible intención de comprar drones fue una maniobra para vincular el conflicto en Europa con las preocupaciones de los líderes árabes sobre Irán. Pero, de momento, ninguno de los nueve países que participaron de la cumbre se ha adherido a las sanciones de Occidente.

Entre los aspectos positivos para Biden están el respaldo a la tregua acordada en Yemen entre la coalición liderada por Arabia Saudita y los rebeldes hutíes –aunque este grupo la calificó de "decepción" y advirtió que "no se puede repetir"– y la apertura a la cooperación en áreas como la seguridad energética o el cambio climático.

Además, el presidente estadounidense anunció un paquete de 1.000 millones de dólares a corto y largo plazo para asistencia alimentaria en Medio Oriente y el norte de África, mientras que los estados del Golfo comprometieron 3.000 millones de dólares en dos años a proyectos de infraestructura e inversión global alineados con Estados Unidos.

Israel: el "amigo" al que Biden promete proteger e integrar

Si la parada en Arabia Saudita resultó desafiante para Biden, el inicio de su gira en Israel fue todo lo contrario: alfombra roja, sonrisas y abrazos que rápidamente enterraron la anunciada postura de que el presidente estadounidense recurriría a saludos de puño como medida de precaución sanitaria.

Durante un día y medio, Biden alternó reuniones políticas –con el primer ministro Yair Lapid, el presidente Isaac Herzog y hasta el líder opositor Benjamin Netanyahu– con eventos protocolares y sociales, como la visita al Museo del Holocausto Yad Vashem, la recepción de la medalla de honor presidencial y hasta la presencia en la apertura de los Juegos Macabeos, una suerte de Olímpicos para atletas israelíes y judíos de todo el mundo.

Si algunos analistas israelíes veían de reojo a Biden por lo que consideran cierta lejanía de la Administración Obama, el ahora mandatario estadounidense se encargó de disipar las dudas: habló de "amistad", se definió como un "sionista" y, sobre todo, ratificó su compromiso con la seguridad y la integración de Israel en Medio Oriente.

En el primer aspecto, la amenaza de Irán estuvo en el centro de las conversaciones. Aunque defendió la vía diplomática como su opción prioritaria para evitar que Teherán desarrolle armas nucleares, Biden no descartó la acción militar "como último recurso" para frenar los planes de la República Islámica. Un guiño para Israel, que otra vez ratificó su rechazo al acuerdo de 2015 y pidió plantear una "amenaza militar creíble" para que el gobierno iraní abandone su plan armamentístico.

Biden también respaldó los miles de millones de dólares que Estados Unidos destina a financiar la defensa de Israel, elogió los desarrollos israelíes que le mostraron en el área y firmó con Lapid un acuerdo de cooperación para el desarrollo de tecnologías, con la inteligencia artificial como principal ítem.

En cuanto a la incorporación de Israel en la región, el jefe de la Casa Blanca ha optado por profundizar la cooperación árabe-israelí, línea abierta por su antecesor Donald Trump a través de los llamados 'Acuerdos de Abraham', pactos que permitieron la normalización de relaciones de Israel con Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Sudán y Marruecos.

La meta de su viaje era lograr un acercamiento entre Israel y Arabia Saudita, algo que se tradujo en dos anuncios: por un lado, Riad aceptó abrir su espacio aéreo a "todas las aerolíneas", lo que permitirá acortar distancias para vuelos desde y hacia Israel, que desde 2020 solo había podido cruzar los cielos sauditas en trayectos hacia Emiratos Árabes Unidos; y por el otro, Israel aprobó un acuerdo negociado por Estados Unidos para que las islas Tirán y Sanafir, en el Mar Rojo, pasen de Egipto a Arabia Saudita, con el compromiso de que se mantenga la libre navegación. En el tintero quedó la posibilidad de habilitar vuelos especiales para peregrinos musulmanes entre Tel Aviv y Jeddah.

Aunque Biden calificó de "histórica" la decisión saudita y se adjudicó la victoria diplomática, desde Riad pusieron paños fríos a las expectativas sobre una posible normalización de relaciones con Israel. El canciller saudita Faisal bin Farhan Al Saud negó que la apertura del espacio aéreo estuviera ligado a un establecimiento de lazos con Israel y advirtió que no es la antesala de futuros pasos en esa dirección. No al menos durante el reinado de Salman, quien condicionó una mayor relación con Israel a la creación previa de un Estado palestino.

Para los palestinos, dólares a falta de paz

Esta política de integración de Israel impulsada con Estados Unidos ha roto el consenso árabe en apoyo a la causa palestina y ha acentuado el aislamiento de los palestinos. De ahí que la visita de Biden no despertara demasiado entusiasmo entre ellos.

Si a eso se suma que Estados Unidos no ha avanzado en la prometida reapertura del consulado que atendía asuntos palestinos en Jerusalén o que se ha quedado corto en la investigación sobre el crimen de Shireen Abu Akleh –"probablemente" asesinada por un soldado israelí, según Washington–, era de esperar que Biden no recibiera la bienvenida más cálida.

El presidente estadounidense intentó mostrar que su agenda no ha abandonado el conflicto palestino-israelí y hasta se anotó un hito al visitar un hospital en Jerusalén Este, siendo el primer mandatario de su país en recorrer un barrio de mayoría palestina fuera de la Ciudad Vieja.

Pero hasta ahí llegaron los reclamos. Un grupo de manifestantes se movilizó a las afueras del sanatorio con el lema 'las vidas palestinas importan' y camisetas en recuerdo de Abu Akleh. También se registraron protestas en Cisjordania y Gaza, mientras que en los días previos, la ONG israelí B'Tselem colgó carteles en Ramallah y Belén denunciando de “apartheid” a las políticas desiguales de Israel sobre los palestinos.

Pese a todo, Biden llegó hasta Belén para reunirse con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas y, tras el encuentro, ratificó su apoyo a la repetida "solución de dos Estados", aunque, a la vez, admitió que el terreno "no está listo" para reanudar las conversaciones de paz. En la ambigüedad con la que se manejó, el mandatario evitó mencionar la ocupación israelí y, mientras en Israel reiteró a Jerusalén como su capital, junto a Abbas respaldó los límites de 1967, que incluyen a Jerusalén Este como parte de un eventual Estado palestino y que fueron ignorados durante la Administración Trump.

Sin perspectivas reales de avanzar en un proceso de paz, Biden optó por abordar el "sufrimiento" actual de los palestinos y anunció ayudas adicionales de 200 millones de dólares para la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA) y de 100 millones para la red de hospitales de Jerusalén Este, aunque esta última depende de la aprobación del Congreso estadounidense. Además reavivó una vieja promesa de otras Administraciones, nunca cristalizada por Israel: implementar una red de internet móvil 4G en los Territorios Palestinos Ocupados.

En tanto, se refirió por primera vez a Shireen Abu Akleh, aunque falló en la pronunciación de su apellido. Dijo que la reportera palestino-estadounidense fue también "una pérdida" para Estados Unidos, deseó que "su legado perdure" y se comprometió a seguir apoyando la investigación para esclarecer su muerte, aunque sin especificar cómo.

Así concluyó Biden su primer periplo por Medio Oriente como presidente. Una gira que, con sus medidas y ausencias, sus menciones y omisiones, habla sobre el nuevo papel que Estados Unidos, con Israel como guardián, pretende jugar en la región y el vacío de poder que quiere evitar.

Con Reuters y AP

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