Triángulo amoroso: la trágica historia de la pareja de científicos que se entregó a la fuerza arrolladora de los volcanes

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Katia y Maurice Krafft filmaron más de 100 horas de sus expediciones; con base a ese material, surgió el documental "Fire of Love"
Katia y Maurice Krafft filmaron más de 100 horas de sus expediciones; con base a ese material, surgió el documental "Fire of Love"

BARCELONA.- Hay un truco muy antiguo en el cine que funciona a la perfección en el documental Fire of Love, que es poner una cosa muy pequeña al lado de otra muy grande. En este caso, lo diminuto son dos personas, Katia y Maurice Krafft, una pareja formada por dos científicos, una física y un geólogo. Y lo enorme, lo inabarcable, son los volcanes en erupción. Hay muchos planos, todos hipnóticos, del material que rodaron los propios Krafft en los que aparece la tierra abriéndose con fiereza y a uno de ellos (solían filmarse el uno al otro) acercándose cada vez más al peligro. Los volcanes feos, los grises, son más letales que los fotogénicos, los rojos. Eso se aprende muy pronto viendo la película, que se estrena en las salas españolas hoy.

La directora del documental, la estadounidense Sara Dosa, define su filme como una historia de amor con tres vértices (Katia, Maurice y los volcanes), que acabó de una manera tan trágica como previsible. En 1991, los dos vulcanólogos murieron engullidos por el flujo piroclástico del Monte Unzen, en Japón, junto a otras 40 personas, entre ellas otros científicos y varios periodistas que cubrían la erupción. La noticia de su muerte, enmarcada por un imposible halo romántico, y dado que los Krafft eran verdaderas celebridades en su país, Francia, por sus continuas apariciones en televisión, oscureció el resto de los fallecimientos. Era importante para la directora narrar ese final “sin hacer sensacionalismo ni sobrerromantizarlo”. “Murieron haciendo lo que más les gustaba, pero murieron con solo 45 y 44 años. Vivieron una vida muy significativa y queríamos centrarnos en eso. Por suerte, dejaron mucha huella”, explica a EL PAÍS en una entrevista por videoconferencia.

La cineasta llegó a este proyecto por una mezcla de ganas y necesidad. En abril de 2020, Dosa se disponía a partir a Siberia junto a su equipo para preparar su próxima película. “Entonces llegó la pandemia y el mundo se confinó”. Empezó a pensar en un documental que pudiera rodar sin salir de casa, usando imágenes de archivo, y se acordó de que en un lugar de Alsacia, un hermano de Maurice Krafft guardaba 100 horas del material que rodó la pareja en 16 milímetros durante los más de 20 años que pasaron recorriendo el mundo y logrando llegar siempre a las pocas horas de que un nuevo volcán entrase en erupción, ya fuera en Filipinas, en Colombia o en Hawái. Dosa no es la única directora que ha hecho uso de ese material. Werner Herzog, el patriarca del documental naturalista/existencialista, que ya habló de los Krafft en su película de 2016 Into the Inferno, ha rodado recientemente otra película con los archivos de los vulcanólogos titulada The Fire Within: A Requiem for Katia and Maurice Krafftestrenada online en Estados Unidos en julio pasado.

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El documental de Dosa, que recibió el premio al mejor montaje en la última edición del Festival de Sundance y tiene una nota impecable de los críticos en la web Rotten Tomatoes (99 sobre 100), le debe algo a otro film de Herzog, Grizzly Man, que también se plantea qué pasa cuando un humano, o dos en este caso, se fascinan (¿demasiado?) por una naturaleza que no siempre les respeta en la misma medida.

Lo que ha hecho la cineasta, autora de documentales muy diversos sobre elfos islandeses (The Seer and the Unseen) o sobre dos casos conocidos de violación (Audrie y Daisy), es montarlo sin una sola entrevista —se hicieron muchas para elaborar el guion, pero no hay conocidos de los Krafft hablando a cámara, porque buscaban “un sentido del presente”—, utilizar recursos juguetones como del primer Godard, que enlazan muy bien con la época en la que se conoció la pareja, en los sesenta, en la Universidad de Estrasburgo, y pedirle a la también directora y escritora Miranda July que se encargara de poner la voz en off. July, autora de películas como El futuro y Kajillionaire, es una figura polarizante, con tantos admiradores como detractores, pero encaja a la perfección como narradora de Fire of Love. “Queríamos una voz inquisitiva, no declarativa, no demasiado omnisciente —explica Dosa—, que estuviera como juntando las piezas que dejaron atrás los Krafft. Miranda es una gran observadora de las relaciones humanas y su trabajo va sobre la extrañeza de estar vivo”.

“La cámara los ama”, dice la voz de July en un momento del documental. Y era verdad, con sus looks icónicos (los gorros rojos de lana que los hermanan con Jacques Cousteau), la pareja era un regalo para las cámaras, las que llevaban ellos a las expediciones, y las de televisión. Se complementaban bien. Él, grande y expansivo, exudaba la energía de un perro labrador. Ella, pequeña y observadora, tenía el aspecto de un pájaro pequeño y laborioso. “En las historias que nos contaron sus amigos —explica la cineasta— queda claro que ambos se compenetraban. Siempre se estaban retando. Y había algo de subversivo en ambos, pero sobre todo en Katia, que desafió las normas de su tiempo, siendo una mujer que viajaba por todo el mundo y no quiso tener hijos”. De jóvenes, los dos flirtearon con el izquierdismo, pero pronto se desilusionaron con la humanidad y se centraron en los volcanes.

Aunque casi todo su trabajo fue conjunto —Maurice rodaba los documentales, Katia escribía los libros, 11 en total—, tenían distintas maneras de mirar la naturaleza. Katia, geoquímica, se dedicaba a recolectar rocas, a observar detalles. Maurice, geólogo, era alguien capaz de meterse en una barquita hinchable de las que usan los niños en la playa para navegar por un lago de ácido sulfúrico que se había creado en el cráter de un volcán africano. Lo hizo. “Creo que tenían distintas relaciones con el peligro, pero los dos tuvieron que reconciliarse con el miedo”, dice la directora. “Habían asumido que podían morir en cualquier momento, y por eso vivían de una manera tan rica. Lo que de verdad temían era morir el uno sin el otro”. De alguna manera, la película desafía algunas ideas actuales sobre el amor romántico, esas que dicen que es contraproducente, y hasta tóxico, buscar a una media naranja porque tal cosa no existe. “Cierto”, admite Dosa. “Pero ellos sabían que no estarían completos del todo, a pesar de haberse encontrado. Necesitaban esa tercera fuerza, necesitaban el volcán”.

Por Begoña Gómez Urzaiz

©EL PAÍS, SL