Treinta y dos años después de la guerra civil, momentos mundanos detonan terribles recuerdos

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Maria Abi-Habib, (bebé a la derecha) y un primo pequeño en su bautismo en el Líbano durante la guerra. (Maria Abi-Habib vía The New York Times)
Maria Abi-Habib, (bebé a la derecha) y un primo pequeño en su bautismo en el Líbano durante la guerra. (Maria Abi-Habib vía The New York Times)

Cuando eres niño, ¿cómo se supera una guerra?

Mucho Monopoly, Scrabble, juegos de cartas, velas y baños sin ventanas convertidos en refugios antibombas para la familia, casi como una gran fiesta de piyamas, si puedes ignorar las duras baldosas y los ruidosos bombardeos de algún grupo que intenta matarte por razones que no acabas de entender.

Sí, la guerra es igual a edificios pulverizados, el chirrido de las ambulancias, sangre, funerales. Pero la guerra puede ser aburrida durante largos periodos, y uno pasa el tiempo recurriendo a lo trillado y familiar.

Sin embargo, algunas de esas mismas ayudas utilizadas para superar una infancia marcada por el conflicto —como los interminables juegos de mesa— son ahora una fuente de trauma para mí y mis amigos. Crecimos durante la guerra civil del Líbano y ahora somos adultos que intentan llevar una vida normal, criando a nuestras propias familias mientras el país colapsa una vez más.

Para mi generación, los campos minados de emociones pueden rodear las actividades más mundanas, incluso 32 años después del fin de la guerra.

“No me gustan los ambientes románticos”, dice mi amiga Nadine Rasheed, una desarrolladora de productos de 40 años que ahora vive en Nueva York. “Las velas me producen ansiedad. Pasamos mucho tiempo estudiando a la luz de las velas después de la escuela”.

Cuando tenía 30 años y acababa de casarse con un estadounidense que vivía en el Líbano, se fueron de campamento a Jordania. Después de una larga caminata, él había organizado una cena a la luz de las velas en la naturaleza. Ella entró en pánico.

Maria Abi-Habib, a la derecha, con sus hermanos mayores en una visita familiar a las ruinas de Baalbek en la década de 1990, una vez finalizada la guerra. (Maria Abi-Habib vía The New York Times)
Maria Abi-Habib, a la derecha, con sus hermanos mayores en una visita familiar a las ruinas de Baalbek en la década de 1990, una vez finalizada la guerra. (Maria Abi-Habib vía The New York Times)

Luego, tras calmarse, vino la larga explicación de cómo fue crecer durante una guerra civil, obligada a depender de viejos inventos, como la vela, mientras su país se deterioraba y la electricidad era cada vez más escasa.

“Es un trauma colectivo en el Líbano, y un trauma complejo, porque no estamos hablando de una sola cosa, sino de muchos acontecimientos que la gente vivió”, señaló Ghida Husseini, mi exterapeuta en el Líbano, especializada en traumas. “Es la guerra y el estrés de perder el sustento y no sentirse seguro”.

Nadine y yo llevamos toda la vida esperando que Beirut vuelva a tener el glamur de la generación de nuestros padres. En muchos sentidos, Beirut sigue siendo seductora, sigue estando muy cerca de convertirse en “el próximo Berlín”, como les gusta decir a los hípsters. Por eso es muy difícil dejarla ir.

La guerra duró quince años, hasta 1990. Cansada de esperar, la nación aceptó una amnistía general a cambio de una paz inestable. Vimos cómo los líderes de las milicias cambiaban sus trajes ensangrentados por trajes de diseñador y empezaban a dirigir el país.

Ahora nos encontramos esperando, de nuevo, mientras esos criminales de guerra convertidos en políticos han dirigido mal el país —una crisis bancaria en curso ha hecho que la moneda pierda más del 90 por ciento de su valor— y han eludido la responsabilidad de una explosión ocurrida en el puerto marítimo de Beirut en el verano de 2020.

La crisis del Líbano ha hecho que los hogares vuelvan a hacer acopio de velas y juegos de mesa. Los recuerdos de una guerra pasada son ahora elementos básicos de la decadencia actual.

La primera vez que me di cuenta de que los objetos cotidianos podían hacer que las manos sudaran y los cerebros se sobrecargaran de recuerdos fue cuando un amigo nos propuso a Nadine y a mí jugar un juego de mesa una noche.

“No, no quiero”, dijo Nadine, adoptando una postura decidida ante algo que a la mayoría le parecería tan trivial.

Pero yo sabía exactamente por qué había dicho: “¡No!” con tanta fuerza hace diez años, aunque no volví a hablar con ella del tema hasta hace unas semanas, cuando la llamé para este artículo en mi calidad de corresponsal internacional para The New York Times, ahora con sede en Ciudad de México.

“Cartas. Velas. Linternas. Me producen una sensación de tristeza, porque no había nada más que hacer que jugar a las cartas en el estacionamiento subterráneo que utilizaba mi familia” para evitar los bombardeos, relató. “Recuerdo estar sentada en un colchón cuando era niña, rodeada de velas. Hay una sensación de estar atrapado. No hay televisión. No hay música. No hay electricidad. No puedes salir, es demasiado peligroso. Todo lo que hay son cartas”.

La guerra no perdonó a ninguna secta (Nadine es drusa), no dejó ninguna infancia indemne, pero los detonantes de los malos recuerdos pueden ser diferentes para cada sobreviviente.

Muchos se preguntan cómo sería su vida adulta si su infancia hubiera sido diferente.

Abed Bibi, un hombre de 58 años que está casado con una amiga mía, no puede soportar la oscuridad.

Bibi, que es palestino musulmán suní, creció en el barrio de Sanayeh de Beirut, cerca de la Línea Verde que separa el este cristiano del oeste musulmán.

Décadas después, los atardeceres siguen siendo una de las fuentes de trauma para él.

“¿Sabes que la gente se para a mirar la puesta de sol? Yo la odio”, me dijo Abed. “No puedo mirarla”.

Porque significaba que se acercaba la noche. Y la noche significaba bombardeos.

La familia de Abed vivía en el último piso de su edificio de departamentos. Al atardecer, durante los peores días de la guerra, su familia bajaba al departamento de su vecino, que estaba mejor protegido, en la planta baja.

“Los atardeceres me recuerdan cada vez que teníamos que bajar al primer piso con la familia armenia para refugiarnos allí, porque era cuando empezaban los bombardeos”, narró, guardando silencio antes de silbar para imitar el sonido de las bombas al caer.

Ahora que ve crecer a su propia hija pequeña en Dubái, Abed jura que nunca volverá al Líbano, por el bien de su hija. Y por el suyo.

Como muchos, alberga mucha rabia por la infancia que le robaron.

“Podría haber sido una mejor persona, más fuerte, quizá más sabia, con menos miedo”, aseguró. “Sobre todo el miedo. Porque el miedo es un trauma. Soy un hombre adulto y tengo miedo de caminar en la oscuridad. Porque para mí, la oscuridad es la guerra”.

© 2022 The New York Times Company

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