La tradición sigue vigente en Playa Grande

MAR DEL PLATA.- María Esther de Ray se sube al pequeño vehículo eléctrico y con chofer al comando, le da descanso a su bastón, emprende el viaje por la arena y, como una princesa desde su carroza, saluda al paso a esas caras conocidas que, verano tras verano, coinciden en este coqueto y ahora renovado rincón de Playa Grande donde funciona el balneario Ocean Club.

Esos clientes y socios viven días de celebración. La institución fundada el 13 de enero de 1913 acaba de celebrar su centenario y, con él, la inauguración de nuevas obras en este espacio que disfrutan en el complejo de playa más tradicional de la ciudad.

La fiesta de los 100 años fue un encuentro de varias generaciones de socios y clientes. Más de 700 personas compartieron entre música y delicias gastronómicas, a la luz de la luna y en una noche de encanto, una velada cargada de anécdotas, recuerdos y presencias destacadas, como la de Mirtha Legrand.

El Ocean Club nació en pleno desarrollo de la Belle Époque , que en esos albores del siglo pasado tenía a Mar del Plata como el destino de veraneo exclusivo de las familias de mejor perfil económico de la ciudad de Buenos Aires. Familias completas, con servicio doméstico incluido, se instalaban aquí durante más de tres meses y repartían su tiempo entre sus amplias casonas y algo de mar. La sede original de la institución fue un local en la vieja Rambla Lasalle, donde medio centenar de socios participó del acto fundacional y poco a poco hicieron del lugar su punto de encuentro para el té, las tertulias políticas y fiestas sociales con orquesta incluida, que se ubicaba en una suerte de balcón interno. "Fomentar el deporte, la vida social y el progreso del pueblo fueron los objetivos que se fijaron desde entonces", recuerda el actual presidente de la institución, el escribano Isaac Molina, en referencia a los lineamientos que se mantienen desde la primera conducción, que estuvo a cargo de Carlos Madero.

El Ocean Club se instaló en Playa Grande en la década de 40 y en 1956 complementó su oferta de playa con otras opciones alejadas del mar que se concentraron en la denominada Villa Leloir o Villa Llavallol, una casona -hoy declarada patrimonio histórico municipal- rodeada de verdes y construida en 1912 para la familia del investigador y premio Nobel argentino Luis Federico Leloir.

Esa sede resume buena parte de aquellos objetivos que se fijaron un siglo atrás: tiene cinco canchas de paddle y una de tenis, halagada esta última por figuras como Guillermo Vilas, Björn Borg y Gabriela Sabatini, que la utilizaron para sus entrenamientos. También salones donde con mayor frecuencia al atardecer predominan las socias, apasionadas con los naipes y en eternos desafíos con partidas de canasta y el más tradicional bridge. En esos espacios, además, se realizan charlas y conferencias, como la de anteanoche, a cargo del economista Federico Sturzenegger. Y la gastronomía tiene allí su momento supremo los viernes por la noche, donde se sirve el clásico y exquisito puchero.

Molina destacó que el Ocean Club nació como una inquietud de y para adultos. A la sede de la rambla se concurría con traje y sombrero; ellas deslumbraban con vestidos largos y capelinas. "Era por sobre todo un club de mayores", recuerda Carlos Canal, a quien todos conocen como "Pili", hijo de un ex presidente de la institución y con 45 años en la entidad, el socio más antiguo en la actualidad.

De aquellos primeros veraneos con su familia recuerda que la playa era una salida diaria, pero con exclusiva presencia durante las mañanas. "A las 12 nos íbamos todos", recuerda.

Y rescata una anécdota que involucra a LA NACION. Recuerda que de toldo a toldo iba, cada jornada, Albertina Cruz. "Era una cronista que iba preguntando qué fiestas hubo el día anterior o las que se realizarían al día siguiente para publicarlas en el diario", contó Canal.

Con el transcurso de los años, el Ocean Club generó más opciones para todos los integrantes de la familia. Y apostó a un espacio destinado a los más pequeños. Así fue que los socios acordaron otra importante inversión para adquirir una propiedad lindera, donde chicos y adolescentes tienen opciones de entretenimiento y recreación.

"Vamos a seguir creciendo y generando más opciones para nuestros socios", afirma Molina, más que conforme porque el club alcanzó el año pasado un objetivo fundamental: mantener la concesión del balneario. Las unidades de Playa Grande se licitaron y el Ocean Club presentó la mejor de tres ofertas para su actual ubicación.

La propuesta incluía fuertes inversiones para el parador y una de ellas, innovadora para el conjunto de Playa Grande, está cristalizada y en uso: la piscina climatizada que tiene un espacio para adultos, otro para niños y un jacuzzi. Para esta apuesta hubo un respaldo pleno de los socios y algunos que colaboraron con importantes donaciones.

En los proyectos a corto plazo se incluye la habilitación de un spa de playa para los socios y obras para garantizar la oferta de servicios gastronómicos en el balneario durante los doce meses. "Cambian las generaciones y hay que pensar en la juventud, pero sin olvidar a los socios mayores", insiste Molina. Por eso, como servicio, un carro eléctrico de los que se usan en campos de golf marcha por los pasillos y lleva carpas, sombillas o -si es necesario- hasta el mar a los clientes que más le cuesta transitar distancias largas.

El Ocean Club tiene en la actualidad unos 1700 socios. Muchos de ellos son porteños y son continuadores de una tradición que aquí iniciaron sus padres, abuelos o bisabuelos. En esta etapa reciente la matrícula ha crecido con el acercamiento de muchos marplatenses. Esta presencia es destacada y bienvenida porque aporta a uno de los grandes objetivos de la institución: que a esa tradicional presencia de verano se le puedan sumar opciones de servicios y beneficios a lo largo de todo el año.

Del editor: qué significa.

Mar del Plata mantiene en algunos sitios emblemáticos el esplendor del balneario que fue. El tradicional Ocean Club, sin dudas, es uno de ellos.

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