El trabajo en el proyecto de la justicia social

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Buenos Aires, 28 de abril (Télam, por Alfredo Carazo).- El sociólogo francés, François Dubet, señalaba hace pocos días que más importante que las desigualdades es la percepción que las sociedades tienen de la justicia social. Y explicaba que en la sociedad norteamericana hay dos veces más desigualdades que en Francia y tres veces más que en Suiza, pero mientras que para los norteamericanos son tolerables, para los franceses y los suizos son intolerables. Y esto da la medida de esa percepción de justicia social.

Sin esa percepción popular de los derechos, es imposible considerarlos conculcados. Al menos resulta difícil sentirse explotado y excluido de la sociedad. Eso es lo que cambió sustantivamente en el modelo de la Justicia Social. De manera definitiva se exteriorizó la centralidad del trabajo y del hombre que trabaja, poniendo el acento en los valores y principios que nutren a los trabajadores.

Paralelamente el movimiento obrero se encaminó a reforzar y perfeccionar su capacidad de acción, de organización, de análisis crítico y sobre todo de solidaridad.

Nada hubo menos pragmático que el movimiento de los trabajadores de los 40 en adelante. Los trabajadores eligieron un pensamiento político que consideraron representaba sus principios y sus valores y a su vez lo nutrieron legitimándolo. Cualquier semejanza con la realidad de ahora no es pura coincidencia.

El trabajo es mucho más que salario. Es sobre todo creación humana y dignidad. Es constructor. Y es digno en la medida que se reconoce al trabajador como un ciudadano pleno. Es decir, como un sujeto con derecho a tener derechos. Esos derechos fueron alcanzados con el modelo de Justicia Social.

Cuando la acción del Estado reconoció la ciudadanía de los trabajadores, en un proceso de humanización del trabajo, que los rescató del orden de la economía liberal, donde el trabajo es una mercancía más. A la acción del Estado, se le sumó la organización social de los trabajadores y la articulación progresiva de un esquema equitativo de distribución de la riqueza, casi por partes iguales entre el capital, y el trabajo.

No es por casualidad que Perón antes de presidente, pide encabezar la Secretaría de Trabajo y Previsión. Tampoco lo es que las primeras clases de conducción política las dictara en la CGT para los cuadros sindicales. Y mucho menos que al regresar al país, en 1972, su primera visita institucional fuera a la casa de los trabajadores. Se trataba de reafirmar los principios sociales que dieran nacimiento al peronismo y tuvieron sus primera expresiones, en el seguro social y la jubilación, los tribunales de trabajo, el reconocimiento legal a las organizaciones sindicales, el Estatuto del Peón, el aguinaldo y el inicio de las discusiones de las condiciones de trabajo y salariales para los trabajadores. Todas conquistas que fueron plasmadas luego en la Constitución de la Justicia Social de 1949, luego derogada por el gobierno de facto.

Entre las "20 verdades del Justicialismo", resalta la que señala que "en la Nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume"

Es a partir del 17 de octubre, y más allá de los dirigentes de entonces, que los trabajadores asumieron un nuevo protagonismo, colocándose en la escena política y asumiendo desde sus propios principios y valores, un pensamiento nacional. Se trató de darle un contenido nacional a la solidaridad de clase. El mundo del trabajo le aportó al pensamiento nacional la base y el protagonismo popular que hasta ahí solo estaba plasmada en lo teórico.

Por eso, el primer rasgo distintivo de un pensamiento nacional en el mundo del trabajo, hay que ubicarlo en la concepción política que asume a los trabajadores como columna vertebral del movimiento nacional. Perón lo graficaba señalando que "no puede haber más que una sola clase: los que trabajan".

No fue siempre así. Porque el movimiento obrero argentino en sus raíces, en su conformación orgánica, se fue conformando de la mano del internacionalismo proletario. Tiene su base fundante en ideologías, la mayoría de la izquierda europea, traídas al país por la primera emigración del siglo XIX.

El cambio comenzó a producirse en 1945, en que como explica Eva Perón, en "Mi mensaje", "fue el encuentro del pueblo con Perón. Aquella noche inolvidable se selló el destino de los dos, y así empezó el inmenso drama. Frente a un mundo de pueblos sometidos Perón levantó la bandera de nuestra liberación. Frente a un mundo de pueblos explotados Perón levantó la bandera de la justicia".

Hasta allí, ninguna percepción ideológica tuvo una decisiva y masiva influencia en los trabajadores. Los trabajadores entonces pasaron a protagonizar la construcción de un nuevo modelo de país y fueron internalizando que el trabajo es la gran tarea de los hombres, pero es la gran virtud. Y ahí aparece la conciencia del derecho.

Hoy estamos protagonizando una nueva etapa del Proyecto Nacional y Popular, iniciada en 2003, con Néstor Kirchner y continuada ahora por la presidenta, Cristina Fernández.

Enfrente, casi los mismos intereses que minaron y quebraron el modelo hasta querer borrar las ideas que lo sustentaron. Pero las ideas forman parte del patrimonio histórico del movimiento de los trabajadores, porque al confrontarse con la realidad se transforman en acción. Y para lograr cambios profundos en las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales, es necesario tener un contenido ideológico y sobre todo no neutro.

(*)Alfredo Carazo es periodista.(Télam)

dcj 28/04/2011 13:55

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