Migrantes luchan contra el coronavirus y el desempleo en EEUU

Patricia Mazzei
Angelina Velásquez afuera de su apartamento en Immokalee, Florida, el 12 de junio de 2020. (Saul Martinez/The New York Times)

IMMOKALEE, Florida — Dentro de su diminuta vivienda, un modesto apartamento con terraza enclavado en un barrio de trabajadores temporales del campo, Angelina Velásquez empacaba sus cosas. En el sillón había una maleta a medio llenar, rodeada de ropa. La cosecha anual había llegado a su fin en Immokalee, la capital nacional del tomate de invierno, y era hora de dirigirse al norte.

Velásquez, una madre soltera de 52 años de dos hijas, no quería partir. No quería meterse en una camioneta sobrecargada para viajar por ocho estados hasta Nueva Jersey. No le gustaba la idea de regresar a los alojamientos abarrotados que compartiría con sus dos hijas, de 11 y 15 años, y con otros trabajadores como ella que pasarán el verano recolectando arándanos. No quería hacer un viaje donde cada parada representara un riesgo de contraer el coronavirus.

“Tenemos miedo”, comentó Velásquez, quien hasta ahora goza de buena salud. “Pero, ¿adónde puedo ir? Aquí no hay trabajo”.

Velásquez y otros miles de trabajadores se trasladan cada año del sur de Florida por la costa Este hasta llegar al Medio Oeste, donde van madurando las frutas y las verduras. Sandías en Georgia, camotes en Carolina del Norte y manzanas en Michigan.

Este año, muchos llevarán el coronavirus con ellos.

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Las comunidades agrícolas de Florida se han convertido en un foco de contagio y han contribuido a que exista un nuevo y alarmante pico en la cifra diaria de nuevos casos en el estado, la cual ha llegado a niveles históricos en los últimos días. Las repercusiones se sentirán en lugares muy alejados de Florida: el número de casos en sitios como Immokalee están aumentando justo cuando muchos trabajadores del campo están migrando a la costa Este para la cosecha del verano.

Al igual que sucede con las comunidades agrícolas de todo el país, las regiones agrícolas de Florida presentan un alto nivel de riesgo. Los trabajadores que cosechan las frutas y las verduras laboran a poca distancia unos de otros en los campos, abordan los autobuses codo a codo y duermen en apartamentos abarrotados o remolques con otros trabajadores o con varias generaciones de su familia.

Immokalee tiene una pequeña clínica financiada con fondos federales, pero no cuenta con un hospital propio.

El gobernador republicano Ron DeSantis ha dicho que el contagio en las comunidades agrícolas de Florida es el “brote número uno”. También ha repetido la afirmación engañosa del gobierno de Trump de que el creciente número de casos en el estado debe atribuirse principalmente a que se están realizando más pruebas y no a la reactivación económica. Algunos bares y restaurantes que abrieron en fechas recientes han tenido que volver a cerrar porque los empleados y los clientes se han enfermado.

“No vamos a retroceder”, dijo DeSantis el martes.

En un centro para la realización de pruebas en Immokalee, Florida, se le realiza una prueba de coronavirus a un hombre, el 12 de junio de 2020. (Saul Martinez/The New York Times)

Durante meses ha sido evidente que los trabajadores del campo, que son esenciales para la economía, eran propensos al contagio. En el estado de Washington, los sindicatos de trabajadores intentaron que se prohibieran las literas en los alojamientos de los agricultores. El mes pasado, los reguladores dejaron que se quedaran las literas pero implementaron otras reglas para tratar de garantizar el distanciamiento físico.

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Pese a los riesgos conocidos, tardaron muchas semanas en organizar una respuesta de salud pública coordinada en Immokalee. En abril, a petición de la Coalición de Trabajadores de Immokalee, llegó a prestar ayuda Médicos sin Fronteras, la organización sin fines de lucro que por lo general se despliega en las zonas pobres del mundo que están en conflicto. Han montado puestos itinerantes para hacer pruebas dos veces en el mercado de pulgas de la calle principal, junto a los puestos de tacos y los anaqueles de ropa.

El Departamento de Salud de Florida no realizó pruebas masivas locales sino hasta principios de mayo y descubrió una cantidad alarmante de casos en Immokalee y otros pueblos agrícolas empobrecidos, en su mayoría habitados por inmigrantes. DeSantis señaló que en una finca de sandía en el condado de Alachua, donde se realizaron pruebas a cien trabajadores después de que llegó del condado de Miami-Dade un trabajador enfermo, resultaron 90 casos positivos, aunque solo uno presentaba síntomas.

Lake Worth, una comunidad suburbana del condado de Palm Beach con aproximadamente 39.000 habitantes que cuenta con una amplia población de inmigrantes guatemaltecos y mexicanos, tiene 1418 casos confirmados, casi los mismos que San Petersburgo, una ciudad seis veces más grande. Belle Glade, una ciudad dedicada al cultivo de la caña de azúcar de cerca de 20.000 habitantes, tiene 514 casos. Indiantown, con una población de 7000 personas, tiene 534 casos.

Immokalee, una comunidad de 25.000 habitantes ubicada en la zona occidental del Parque Nacional de los Everglades, tiene 1207 casos, más que Miami Beach, una ciudad tres veces más grande. El porcentaje de pruebas positivas en el condado de Collier, donde se encuentra Immokalee, es del diez por ciento, casi el doble del porcentaje de todo el estado.

La oficina de Nikki Fried, la comisionada estatal de agricultura —quien también es demócrata y que a menudo tiene conflictos con el gobernador—, negó que los pueblos agrícolas estuvieran propagando el virus tanto como decía DeSantis, puesto que ya han finalizado la mayoría de las cosechas.

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No obstante, las cifras crecientes y la posibilidad de que se propague el virus fuera de las comunidades agrícolas sigue preocupando a los funcionarios estatales.

“No queremos que esas personas se mezclen con la población en general si existe un brote”, dijo DeSantis la semana pasada, lo cual enfureció a los activistas de la comunidad quienes dicen que la solución no es aislar a una población ya de por sí desatendida, sino ayudarle a mejorar sus condiciones laborales y de alojamiento.

“Hay muchos factores que no contribuyen para cuidarse y cuidar a los compañeros de trabajo”, comentó Laura Safer Espinoza, directora ejecutiva del Fair Food Standards Council, una organización con sede en Sarasota que trabaja con productores de tomates y trabajadores migrantes. Señaló que los empleadores agrícolas de Florida estaban en su mayoría exentos de tener que indemnizar a los trabajadores enfermos que permanecen en casa, y que los trabajadores a menudo dejan de lado sus síntomas y se presentan a trabajar. “Tienen mucho miedo de no recibir su salario”, comentó.

Por lo general, los trabajadores del campo son más jóvenes y más saludables que el resto de la población y tal vez no les afecte tanto el virus. Con cierto humor negro, algunos de ellos dicen que si el fertilizante para tomates no los ha matado, quizás tampoco lo haga el virus.

Aunque muchos son trabajadores provisionales con visados temporales, otros son indocumentados y tienen poco acceso a la atención médica general y un enquistado temor a las autoridades.

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En Immokalee, los dirigentes locales han prometido mantener al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas alejado de las clínicas donde se lleven a cabo pruebas, de los hospitales y de las salas de asilamiento, pero algunos trabajadores del campo han proporcionado direcciones o nombres falsos cuando les realizan las pruebas, lo que hace más difícil el rastreo de contactos, señaló Kristine M. Hollingsworth, vocera del Departamento de Salud. Tras darse cuenta de que las personas enfermas se rehusaban a aislarse en cuartos de hotel a 45 minutos de Naples, los comisionados del condado de Collier decidieron la semana pasada rentar dormitorios en Immokalee.

Algunos productores, en especial quienes están en el Fair Food Program que permite la supervisión de las condiciones del lugar de trabajo, han colocado puestos para lavarse las manos, solicitado que las personas se cubran el rostro y rentado más autobuses para que los trabajadores tengan más espacio. Kent Shoemaker, director ejecutivo de Lipman Family Farms, dijo que las cuadrillas de trabajadores temporales vivían dispersas en los alojamientos del lugar. La empresa recaba las listas de comestibles de los trabajadores para hacerles las compras y que ellos no tengan que salir a la tienda.

No todos los productores han tomado las mismas precauciones. Alfie Oakes, presidente de Oakes Farms, ha afirmado, falsamente, que el virus es un “engaño” y ha negado la existencia de algún trabajador enfermo en sus instalaciones, aunque la filial de Fox en el suroeste de Florida reportó que había muerto un trabajador en un hospital de Orlando. Steve Veneziano, vicepresidente de la empresa, se rehusó a hacer comentarios para The New York Times.

This article originally appeared in The New York Times.


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