Trabajaba en la maquila para pagarse su carrera de ingeniería: él era Eulalio, víctima de la masacre en Reynosa

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A Silvia, la balacera del sábado pasado en Reynosa la sorprendió a eso de las 12.30 del mediodía. Estaba en casa, sola con su bebé, llenando unos tanques de agua.

“Parecía que estaban dentro de la casa de lo fuerte que se oía. Eran como cuernos de chivo, o armas de grueso calibre. Se escuchaba que disparaban, disparaban y disparaban. No tenía fin”.

Al escuchar el tableteo metálico, Silvia dice que actuó en automático: agarró al bebé y buscó refugio.

“Por lo general, si los balazos me agarran en la calle, trato de refugiarme con algún vecino, o en alguna tiendita. Y si me tocan en la casa, vengo rápido para el baño porque tiene paredes de losa muy gruesas”, explica la mujer desapasionada, como quien explica un hecho cotidiano en una ciudad demasiado acostumbrada a la violencia.

Una vez pasado el horror, salió a la calle, a la tiendita de enfrente.

-¿Qué ha pasado? -preguntó asustada a sus vecinos tras ver la fachada de la casa de uno de ellos -un trailero- agujereada y destrozada por las balas.

Ahí vio el rostro completamente “blanco, blanco” de un repartidor que se había refugiado en la tiendita, y empezó a entender la magnitud del suceso.

Muy cerca del comercio y de la puerta de su casa había cuatro cuerpos tirados: eran los de un hombre, su esposa, su hijo, y un hermano. Una familia completa.

Poco después se supo que no fueron los únicos. Ese sábado 19 de junio, integrantes del crimen organizado a bordo de tres camionetas dispararon a todo lo que saliera a su encuentro, asesinando a 15 civiles en cinco colonias aledañas al puente internacional Pharr que cruza a Estados Unidos.

Al ver los cadáveres, Silvia tomó su celular y buscó el grupo de chat que tiene con sus hermanos.

“Oigan, tengan mucho cuidado”, los previno. “Está bien feo por mi casa”.

Uno a uno, los hermanos respondieron al mensaje. Todos, salvo el segundo de los cinco; Eulalio Céspedes, de 37 años; un estudiante de ingeniería industrial que alternaba los libros con su empleo en la maquila los viernes, sábados y domingos, y que acababa de abrir una tiendita con su esposa en su casa de Infonavit. La acaban de terminar de pagar tras una década de esfuerzo y trabajo.

A eso de las nueve de la mañana, Eulalio había escrito otro mensaje en ese mismo chat.

“Buenos días, espero estén bien hoy, mañana, y siempre”, deseó a sus hermanos, con quienes planeaba reunirse al día siguiente, el domingo, para festejar el Día del Padre en una cena familiar.

Más tarde, el hombre subió a su camioneta para dirigirse al supermercado a comprar la despensa de la semana. A diferencia de lo que solía hacer los sábados, esa mañana no se llevó a ninguno de sus tres hijos, ni a su esposa.

Pero Eulalio no llegó a la tienda. Su camioneta fue encontrada cerca de una purificadora de agua. Estaba estacionada sobre la banqueta, y orientada como si hubiera decidido regresar a su casa al percatarse de la balacera.

Cuando Silvia recibió la llamada de otro de sus hermanos se negaba a creerlo. En ese entonces aun no sabía que tras pasar por su calle los agresores siguieron desatando el terror por muchas otras partes de la ciudad, como las colonias Almaguer, la Fidel Velázquez, la Lampacitos, y la Unidad Obrera.

Tuvo que trasladarse hasta el lugar donde se había quedado la camioneta de su hermano.

“Se me salió el corazón al verlo”, dice Silvia con la voz quebrada.

Eulalio, que había dejado olvidado su celular en casa y no alcanzó a ver los mensajes de su hermana advirtiendo de las balaceras, había sido asesinado.

“Los narcos anduvieron a sus anchas”

Tan solo cinco meses antes, Eulalio salió victorioso de una batalla durísima contra la Covid 19.

“Ya lo dábamos casi por perdido”, dice taciturna Silvia. “Íbamos a verlo a su casa con mucho cuidado para no contagiarnos. Le pedíamos que reaccionara, que saliera adelante por sus hijos y su esposa. Pero mi hermano estaba muy cansado, apenas podía respirar”.

Lentamente, y con muchos cuidados, Eulalio superó el virus. Y aunque le quedó un cansancio crónico como secuela, el veracruzano de nacimiento fue volviendo a su vida cotidiana. A su familia, sus estudios y su trabajo.

“Mi hermano era un luchador y una buena persona. No se metía con nadie y era alguien muy estudioso y muy trabajador. Muy centrado en lo que hacía”, cuenta al otro lado de la llamada Silvia, que pide no revelar su verdadera identidad por temor a la inseguridad que desde hace años azota a Reynosa.

Sobre esto precisamente, sobre la inseguridad, Silvia explica que la ciudad fronteriza tamaulipeca se ha caracterizado desde hace años por ser violenta, por los cárteles y el narcotráfico. Pero asegura que desde la pasada jornada electoral del 6 de junio la violencia se disparó después de un periodo de cierta calma.

“El día de las votaciones hubo muchos asaltos y vi en los portales de noticias de aquí que aparecieron varios muertos”, asegura. “Por eso luego veías en las calles a muchos policías vigilando la zona”.

Sin embargo, Silvia acusa que ese sábado de la masacre “no hubo patrullas por ningún lado”.

“Ahí por el puente internacional (Pharr) siempre hay marinos. Y cerca de la Unidad Obrera hay un cuartel de policía. Pero nadie vino a apoyarnos cuando los necesitamos ese día. Llegaron cuando ya todo había pasado, y mientras tanto, los narcos anduvieron a sus anchas por la ciudad”, denuncia.

El testimonio de la mujer coincide con el de Juan, hijo del señor Matías De la Cruz Galindo, un albañil de 63 años que también fue asesinado ese sábado 19, y cuyo perfil publicó Animal Político en esta nota.

Y también coincide con más testimonios recabados por el Comité de los Derechos Humanos de Nuevo Laredo, que refieren que las autoridades estatales y federales de policía tardaron hasta una hora en responder a los llamados de auxilio que la población hizo al 911 y por medio de redes sociales. Una versión que la Fiscalía estatal negó, para asegurar que la primera respuesta de los uniformados se dio a los 13 minutos. Aunque también precisó que abrió una carpeta para investigar cómo fue la actuación policiaca ese día.

No obstante, más allá del tiempo que tardó la autoridad en responder, Silvia lamenta que ya poco importa. Su hermano ya no está. Como tampoco está el albañil Matías De la Cruz; ni Fernando Ruiz Flores, un técnico en enfermería de 19 años; ni Alfredo, taxista asesinado; ni las 15 personas que en total fueron masacradas el pasado sábado.

Y aunque el jueves 24 de junio, la Fiscalía estatal anunció la detención de dos sujetos que podrían encontrarse vinculados a la masacre de Reynosa, la violencia continúa en la ciudad fronteriza, que en la semana posterior a los hechos sufrió nuevas balaceras y enfrentamientos en las calles.

Por ello, aunque habitantes de Reynosa marcharon ayer sábado para exigir seguridad, pedir paz, y también justicia por las víctimas, Silvia dice que ella y su familia prefieren resguardarse en casa.

“Hay mucho miedo y mucha inseguridad -hace hincapié la mujer, que insiste-. Por mucho que las autoridades de aquí digan que todo está tranquilo, lo cierto es que ahora mismo vivir en Reynosa es muy inseguro”.

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