La tormenta perfecta de Alberto Fernández

Luciana Vázquez

En el año 2004, el entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush, propuso una especie de cuarentena sexual estricta y sostenida, en el lenguaje de la opinión pública de hoy, como método para frenar la otra gran pandemia que, como el Covid-19, tampoco cuenta con vacuna ni cura definitiva. Me refiero al SIDA y específicamente, a la abstinencia sexual como política sanitaria para evitar los contagios.

La idea era que esa especie de confinamiento sexual de fase uno aplicado al propio cuerpo, obligado al cero contacto con el otro, podía garantizar un cuerpo libre de penetración del virus del HIV, y así quedar al reparo de cualquier riesgo de vida por esa causa. La prohibición del sexo parecía la respuesta ideal. De alguna manera, lo es: sin sexo no hay enfermedades de transmisión sexual obviamente. Sin embargo, la vida es más compleja de lo que parece.

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En septiembre de 2019, en Texas, Estados Unidos, arreció un debate: en el ojo de la tormenta estaba el programa de educación sexual para escuelas secundarias, centrado exclusivamente en la abstinencia sexual tanto para evitar enfermedades de transmisión sexual o ETS, según su sigla, como embarazos. El 83% de las escuelas texanas promovía esa política educativa. De uso de preservativo o métodos anticonceptivos como la píldora, ni noticias.

La polémica puso un tema sobre la mesa: la falta de eficiencia del mandato de la abstinencia sexual tanto como método anticonceptivo como para frenar el contagio de HIV. En 2017, el 62,7% de los adolescentes en Texas había mantenido relaciones sexuales, más del 5 por ciento que el promedio nacional. En 2017 también, Texas tuvo la séptima tasa de embarazo adolescente más alta de ese país.

Las tasas de HIV y otras enfermedades de transmisión sexual entre adolescentes en Texas también llegaron a ser de las más altas de Estados Unidos. El mandato extremo de mantenerse alejados del sexo no había permeado entre los adolescentes a pesar de toda esa bajada de línea de abstinencia sexual.

De la abstinencia sexual a la abstinencia de vida

La historia de la abstinencia sexual y su fracaso en el combate contra el Sida depara algunas reflexiones interesantes sobre la pandemia de coronavirus en Argentina. Primero, deja claro que cambiar conductas, sobre todo si son vitales, no es sencillo. Y la política tiene que tener en claro que opera sobre personas reales, con miedo a la muerte pero también con deseos, deseos sexuales por ejemplo o de bienestar físico o con necesidades vitales como ganarse la vida, y un impulso propio hacia la libertad de acción.

La coacción y la prohibición no producen cambios de conductas sostenibles. Al contrario, suelen incentivar el quiebre de las reglas y los tabúes. Hecha la ley, hecha la trampa. La vida, con todos sus dilemas, sus desafíos y sus riesgos, siempre se abre camino. Lo vemos en la Argentina: algunos de los gobernantes y políticos más convencidos de la necesidad de cuarentena extrema se tientan y andan sin barbijo y enredados entre la multitud.

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La humanidad no pudo sostener la abstinencia sexual para contener la epidemia del Sida. Prefirió instalar el preservativo en el centro del protocolo para tener sexo y convivir con el riesgo, aún cuando se siguen dando contagios y muertes por Sida en todo el mundo.

Estamos en 2020 y la pandemia que nos preocupa es la del coronavirus. La cuarentena estricta de fase 1, extendida interminablemente, funciona de alguna manera como el mandado de la abstinencia sexual: es un llamado a no cumplirla. La pulsión de vida o saca a las personas de sus hogares para cubrir sus necesidades básicas, las que tienen mayor legitimidad como ganarse el pan, pero también las que parecen más prescindibles como salir a correr o reunirse con seres queridos y amigos.

La abstinencia de vida, que es la cuarentena estricta, no parece ser sostenible en el tiempo, aunque sea la mejor manera de frenar taxativamente el dolor que pueda causar el coronavirus: frenando todo contacto con los otros, los contagios decrecen, las muertes se reducen. Pero sostener un aislamiento prolongado y extremo resulta tan difícil como dejar de tener sexo.

Como con el Sida, que hubo que aprender a hacer del preservativo un hábito prescindiendo del poder de policía del estado en temas sexuales, la ciudadanía hoy enfrenta el desafío de generar nuevos hábitos públicos. Usar barbijo, lavarse las manos y mantener la distancia. Están también los que prefieren seguir en sus casas, bien protegidos, y esa también es una posibilidad. Como la de abstenerse del sexo.

Libertad individual con responsabilidad

Un estado y un sistema de salud preparado, aislamiento de los grupos más vulnerables, testeos y rastreos por un lado y por el otro, protocolos que permitan el ejercicio de la libertad individual responsable, que se presentan como más sostenibles que cualquier prohibición están en la senda de lo posible. La autorregulación de los individuos también es parte de la vida en sociedad.

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Aquellos que quieran asumir el riesgo que implica la vida pública en este particular contexto de coronavirus deberán hacerlo cumpliendo los protocolos necesarios así como se cumplen los protocolos sexuales con eje en el preservativo. Aquellos que prefieran el resguardo total en sus hogares, tienen también ese derecho. Se trata de respetar la libertad de elección y no demonizar ninguna de las opciones responsablemente ejercidas. Y subrayo esto último: el contenido de responsabilidad hacia el otro en el ejercicio de la libertad individual. No se trata de un laissez faire irresponsable y egoísta.

Por otro lado, la política sanitaria que ponía todo el foco en la abstinencia sexual marginó temas centrales y esa es otra lección interesante para el presente. Por ejemplo, la necesidad de incorporar el preservativo como hábito: en 2017, más del 60% de los adolescentes de Texas no había usado preservativo en su último encuentro sexual. Encerrarse en la pandemia actual retarda la incorporación de nuevos hábitos sociales, los del sano distanciamiento.

Desde otro aspecto, el foco exclusivo en la abstinencia demostró que una política que pretende excluir dimensiones vitales de la existencia humana tiene efectos colaterales muy costosos también en términos de salud.

En 2017, un trabajo de investigación publicado en el Journal of Adolescent Health examinó la evidencia científica acumulada durante décadas sobre el impacto de políticas de educación sexual para adolescentes basadas en la abstinencia sexual hasta el matrimonio. La conclusión fue tajante: "ineficientes, estigmatizantes y poco éticas". Estados Unidos había gastado 2 billones de dólares durante dos décadas en una política educativa sanitaria errada. La agenda antiabortista de buena parte de los estados que siguieron esas recomendaciones condicionó su política de salud.

Información imperfecta y decisiones políticas

Y esa es otra de las lecciones dejadas por la fallida política de abstinencia sexual para el Sida. Las decisiones de política sanitaria están basadas en información imperfecta y, muchas veces, condicionadas por las agendas ideológicas y políticas de los responsables de esas políticas.

Por un lado, el sesgo ideológico tergiversando la racionalidad de las decisiones. Por el otro, la calidad de los datos sobre las que se fundan, su carácter provisorio o su complejidad. Esos condicionamientos pesan en la decisión política, que busca siempre comunicar certezas.

Esta semana, después de las imágenes de los Bosques de Palermo invadidos por los runners el lunes, el presidente Alberto Fernández dijo: "El 70% del virus está circulando por Caballito, Palermo y Recoleta. El otro día vi a los que salieron a correr, le escribí a Horacio Rodríguez Larreta y le dije: 'Horacio, esto está mal, eh'". El Presidente recomendó también volver a la fase uno de "cuarentena absoluta".

Los datos sin embargo mostraron esos días que esos tres barrios estaban entre los de menos contagios de los 13 barrios con mayor circulación viral. Y los datos más actuales plantean además que no es al aire libre donde se dan la mayor parte de los contagios sino en espacios cerrados y con contactos prolongados como los que suceden en el hogar o el transporte. Así lo explica el estudio "Análisis de las características epidemiológicas de la infección de contactos estrechos de la nueva neumonía de coronavirus en Ningbo". No en los parques y veredas, siempre manteniendo el distanciamiento social. Dos tercios por distanciamiento social, el otro tercio por testeos y rastreos: esa es la ecuación en la contención de los contagios.

Cualquier llamado a retomar una cuarentena estricta demanda datos muy precisos e inequívocos por parte de las autoridades. Llegado el caso de un momento crítico en la circulación del contagio, la información confiable, libre de sospechas de manipulación política será clave para que las personas acepten, de vuelta, el cumplimiento de una cuarentena más estricta.

La incertidumbre es el signo del conocimiento en torno a la pandemia del coronavirus sobre los que se construyen las decisiones políticas. Se revisa y cuestiona cada conclusión. El acierto de las predicciones matemáticas. La comparabilidad de las curvas de contagio y fallecimientos. El modo cambiante en que se recogen los casos y cómo afecta a las estadísticas.

Ahora se suma la incertidumbre ante una figura del poder, Martín Insaurralde, cuyo contagio se comprobó. Como en el caso de Boris Johsonson contagiado o de una persona cercana, crece la inquietud: las estadísticas adquieren nombre y apellido.

Son tiempos de una "incertidumbre radical". "¿Qué significa racionalidad cuando la información es imperfecta. Sabemos menos de lo que creemos". Lo plantea Michael Blastaland en The hidden half. How the worlds conceals its secrets.

Incertidumbre, sus costos

Cada vez que un funcionario del Gobierno, desde el Presidente a un gobernador pasando por un ministro o un legislador, enuncia una idea que desafía un estado de cosas, se construye incertidumbre. Y tiene costos económicos, con el dólar que se dispara o el riesgo país que se escapa, y costos sociales, cuando la grieta de la ciudadanía se amplía.

A la incertidumbre sanitaria profunda en la que vivimos y que altera el orden de nuestras vidas personales y de la vida política, se le sumó esta semana una incertidumbre institucional: el caso Vicentin.

No es un detalle más en la puja por el dominio de la plaza pública. Es la introducción de un nivel de conflicto en instituciones esenciales de la vida en común -el estado y su rol, el derecho de propiedad privada- muy opinable en sus supuestos y muy cuestionable por la oportunidad en la que se da: en el medio de una crisis de salud y económica sin precedentes, con el diálogo parlamentario afectado también por las disrupciones de la pandemia. En el centro de una tormenta perfecta que superpone capas de incertidumbre: las incontrolables de una epidemia, las económicas, las políticas y las jurídicas.

Refundar la Argentina, sacudir sus cimientos instituciones, justo ahora no parece ser el mejor momento. La incertidumbre representa desafíos serios en la conducción de un país. Es un problema negarla con certezas forzadas. Pero es todavía peor crearla.