Tomé ketamina para la depresión y todo se puso muy raro

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ME CONVERTÍ EN ELEFANTE, PULPO Y GLOBO. ME CRECIERON MANOS GIGANTES, PERO NO PUDE DESHACERME DE LA TRISTEZA.

JUIZ DE FORA, Brasil — Mi primer encuentro con la ketamina no salió bien.

Puesto que he sido depresiva toda la vida —adopté la costumbre de estar desesperadamente triste en la adultez temprana y así he seguido—, había recurrido a una forma más experimental de tratamiento: las infusiones de ketamina, en las que un anestesiólogo inyecta con gentileza el medicamento en las venas de una persona triste durante unos 50 minutos y espera que eso la anime.

Tras 45 minutos en mi primera sesión, le pregunté ansiosa a mi pareja, que estaba en la habitación conmigo, si nuestra hija de 3 años estaba bien. A él se le ocurrió que era el momento perfecto para decir una broma. Nuestra hija, respondió, estaba a salvo en casa, pero, de hecho, ya era una chica independiente de 15 años.

Entré en pánico. Mientras se encuentran bajo el efecto fuerte y disociativo de la droga, los pacientes a veces entran en lo que se denomina el “agujero k”, cuando la percepción del tiempo y el espacio se distorsiona o desaparece. En ese estado de inconsciencia, me pareció totalmente posible que mi hija ya no fuera pequeña, sino una adolescente testaruda. Me sentí muy angustiada. Mi ritmo cardiaco se aceleró. El anestesiólogo de prisa terminó la sesión mientras mi pareja decía: “Estoy bromeando. Lo siento. ¡Aún tiene 3 años!”.

Fue un comienzo desfavorable, pero estaba decidida a aprovecharlo al máximo. La ketamina, que durante mucho tiempo se usó como anestésico pero es más conocida como droga ilegal en las fiestas y, desde luego, como tranquilizante para caballos, en años recientes se ha utilizado cada vez más como un antidepresivo. La gente ha escrito anécdotas entusiastas de sus experiencias, y los investigadores y psiquiatras, en una serie de estudios, han señalado sus posibles beneficios, como la velocidad con la que alivia los síntomas. Actualmente, cientos de clínicas en todo el mundo proporcionan infusiones a las personas que han mejorado poco o nada con otros tratamientos.

Ese es mi caso. A lo largo de los años, además de los viejos confiables medicamentos psicotrópicos, también he probado varios tipos de terapias de conversación, meditación, acupuntura, lecciones de canto, salto en bungee y estimulación magnética transcraneal. (Aún tengo dulces recuerdos de los sonidos del pájaro carpintero que se grabaron en mi cerebro). Nada funcionaba. Así que estaba lista para probar el tranquilizante para caballos. Como experta en angustia psicológica, y en aras de la investigación científica, escribo esto para compartir mis hallazgos.

En agosto, me encontré en un momento difícil: la pandemia continuaba su marcha mortífera, Brasil era gobernado por alguien que afirmaba que las vacunas podrían convertir a las personas en cocodrilos, y yo estaba encerrada en casa con mi hija pequeña, a menudo enferma. Así que acepté que me aplicaran una ronda de infusiones. Cada sesión —habría seis en total— me costaría 1700 reales, o cerca de 300 dólares. Era muy costoso, pero me parecía un riesgo que valía la pena tomar. Además, para una obsesiva como yo, sería una lástima no terminar el tratamiento.

La ketamina no es un psicodélico clásico, pero puede tener un efecto disociativo potente: las personas podrían sentirse alejadas de la realidad y de su propio cuerpo. Bajo su influjo, los pacientes suelen tener sensaciones leves y agradables. En efecto, sentí algo de eso. A veces sentía que era un elefante que nadaba bajo el sol, un pulpo extrovertido o un globo que se inflaba poco a poco. En repetidas ocasiones, pedí que un perro estuviera presente. También me crecieron manos gigantes. Todo me pareció bastante agradable.

En otras ocasiones, no fue así. Al comienzo de mi segunda sesión, se me salió una idea tonta: “Una infusión de ketamina es como tomar un viaje de Uber de dos horas con un payaso”. (Para mi suerte, el anestesiólogo no pareció ofenderse). Pero unos momentos más tarde, mi mente pasó a la idea de los payasos malvados… y así fue como nuestro presidente, Jair Bolsonaro, apareció durante uno de mis malos viajes. Sus ojos brillaban, con el cabello peinado de lado, mientras flotaba feliz por encima de los muertos de la pandemia. Fue aterrador.

Durante esos momentos espeluznantes, a menudo pedía que “me regresaran”, pues decía que la experiencia era “demasiado difícil”. Rogaba que me ayudaran. En mis peores momentos, sentía que debía resolver paradojas temporales imposibles para seguir con vida. (¿Y si esta sesión comenzaba antes de que yo naciera? ¿Y si quedaba atrapada en un ciclo permanente de ketamina?). Mi cerebro estaba lleno de ruidos de construcción y sentía que estaba a punto de morir.

Poco a poco, mi cuerpo se acostumbró a la droga, y las sesiones se volvieron más amigables. Era importante traer mi propia música: canciones animadas y relajantes. No debía llevar nada que provocara distorsiones o ansiedad (cualquier cosa de Radiohead estaba prohibida, créanme). El cerebro se adaptaba fácilmente a las canciones lindas, las cuales podían guiar el viaje. Cuando las cosas se tornaban oscuras, aprendí a decir: “Cambien la canción, por favor”. Y así regresaba a un jardín lleno de perros felices.

No obstante, para el final, después de seis infusiones a lo largo de seis semanas, noté que mi depresión no mejoraba. Aún me sentía triste, desanimada y ansiosa; nada había cambiado. Así que dejé de hacerlo. Ya había sido suficiente de manos gigantes y agujeros de ketamina para mí.

Sin embargo, no diría que fue un fracaso ni un gran desperdicio de dinero. Aprendí algo importante de la experiencia con ketamina: por primera vez, me di cuenta de la fuerza con la que la depresión está aferrada a mi cerebro. La sentía físicamente —aquel perro negro—, cómo recorría mis conexiones neuronales de siempre.

Era algo concreto, físico, como baches donde los traumas se forman para traerme malos pensamientos. Por eso es tan fácil estar ahí, atrapada en el dolor, y por eso cuesta tanto trabajo salir de ahí. Entendí que la depresión clínica quizá no responde al lenguaje y a las ideas, que tal vez solo un reacomodo de los senderos neuronales del cerebro podría acabar con ella.

La ketamina no me funcionó, tristemente. Pero estoy lista para probar cualquier otra cosa que los científicos inventen (¿quizá la psilocibina , puede ser?). Por lo menos aprendí algo muy importante: no hay que hacer bromas durante los viajes alucinógenos. Y tampoco hay que incluir payasos.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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