Tomás González: "Algún otro 'pinche' virus bien podría acabarnos del todo"

Daniel Pardo - Hay Festival Digital Colombia@BBC Mundo
·11  min de lectura
Tomás González
Tomás González nació en 1950 en Medellín.

Cuando Tomás González escucha los jet skis que pasan frente a su casa, en la majestuosa represa de Guatapé, cerca de Medellín, piensa en el futuro del planeta.

"No alcanzan a ver la belleza de un solo árbol", dice el escritor colombiano, preocupado por una "inconsciencia" sobre el medio ambiente que, para él, acabará con la naturaleza.

González nació hace siete décadas en Medellín, en una familia de ocho hermanos que comentaban clásicos de la literatura mientras cenaban. Dos de ellos murieron de manera trágica y su primer mentor, su tío, el filósofo existencialista Fernando González Ochoa, falleció cuando él tenía 14 años.

Vivió en Nueva York, Pensilvania y Miami, donde trabajó como mecánico de bicicletas, ayudante en una imprenta y traductor, entre otros oficios que le dejaban tiempo para escribir y compartir con la familia de Dora, su pareja, fallecida a principio de siglo tras una dura enfermedad.

Cada detalle de las vidas que han rodeado a González es inspiración para sus cuentos, poemas y novelas, hoy reconocidos entre las obras más importantes de la literatura colombiana. Historias de vida apabullantes que, sin embargo, el antioqueño ha descrito con simpleza poética, serenidad filosófica y austeridad discursiva.

Su novela más reciente, El fin del Océano Pacífico (Seix Barral, 2020), narra en formato de diario el viaje de un médico y su familia a la costa occidental de Colombia, dotada de una biodiversidad extraordinaria.

Son eventos sencillos protagonizados por personas normales que reflejan preocupaciones existenciales sobre el universo y la especie humana: ese es el alcance de la obra de Tomás González y el punto de partida de la siguiente conversación con BBC Mundo.

La muerte está muy presente en su obra. ¿Qué relación cree que tienen con la muerte los colombianos, que han tenido que lidiar tanto con ella?

A todos nos ha tocado muy de cerca.

En mi caso perdí a dos hermanos, no por el conflicto, pero sí por ese modo que tenemos de resolver las cosas: con violencia, sin etapas intermedias.

En Colombia se han vivido épocas de desvalorización de la vida e imperio de la muerte: las guerras civiles, la Violencia liberal-conservadora, las guerrillas, el paramilitarismo, el narcotráfico.

Son descensos al infierno que ocurren en todas o casi todas las sociedades humanas. En la Segunda Guerra Mundial, para dar un ejemplo muy reciente, hubo 60 millones de muertos.

La codicia, el odio, la arrogancia y la ignorancia son causas todas de violencia y de muerte, y todos los llevamos dentro, lo mismo que llevamos la bondad y el conocimiento y la compasión.

Es el tremendo ying y yang de la condición humana.

Tomas Gonzalez
Aunque vivió en muchas ciudades, González ha pasado el mayor tiempo de su vida en el campo colombiano.

Y en el ámbito personal, ¿piensa en la muerte?

Me asombra cómo, después de haber vivido en un mundo lleno de maravillas, uno llega de pronto a la nada, al vacío total. Pasamos de la exuberancia de la vida a la nada completa.

Me ha interesado, pues, mostrar la forma como distintos personajes viven este tránsito a la nada o al más allá, que es uno de los eventos más importantes en la vida de la persona, igual que lo son la aparición de la vida y sobre todo el aflorar de la conciencia.

Solemos cambiar nuestra opinión sobre la muerte a medida que nos aproximamos a ella. ¿Le ha pasado, sobre todo en tiempos de pandemia?

Lo que pasa es que cada quien se muere por aparte.

Ya sea que se produzca por una pandemia, por un accidente o por una guerra, la muerte es siempre un proceso íntimo que cada quien vive a su forma. Cada uno se muere con las características de su personalidad y de su historia. "Morimos como vivimos", reza el dicho.

Yo no quisiera no sentir la muerte. Preferiría vivirla, en lo posible sin sufrir dolor, eso sí, aunque sé que es mucho pedir.

Pero uno no sabe cuándo empieza a darse, y esa es parte de la incógnita que yo exploro en mis escritos: cómo cada individuo va acercándose a semejante hecho.

Dora, mi compañera de muchos años, por ejemplo, siempre pensó que si llegaba una enfermedad terminal, ella optaría por la eutanasia. Lo tenía clarísimo.

Sin embargo, cuando se enfermó se negó de plano a tomar esa decisión. No se quería morir. Sufrió mucho, pero duró lo que más pudo.

El hecho es que no conocemos el valor que le damos a la vida hasta que la sentimos amenazada. Nuestro apego es más fuerte de lo que nos imaginamos.

Una cosa es lo que uno cree que piensa y otra es lo que realmente piensa cuando los hechos se presentan.

Guatapé, Colombia
Esta es la hermosa represa de Guatapé, en Antioquia, donde vive González en una pequeña casa de madera.

Lo emocional también parece desvalorizado en Colombia. Y las emociones son centrales en su obra. ¿Por qué les da tanta importancia, en un país en un país que suele ponerlas en segundo plano?

Porque allí es donde se forma el universo del individuo. Cada persona tiene una estructura emocional que le viene de los genes y del entorno, le es tan propia como las huellas digitales, define su manera de ver el mundo y determina el modo como se desenvuelven los acontecimientos en su vida.

Ese desenvolverse es precisamente la materia prima de los cuentos y de las novelas. Es el tiempo. Cada persona trae un ritmo que la acompaña toda la vida y determina incluso su manera de morir.

En Temporal (2013) aborda el machismo. ¿Por qué le interesó escribir de ese tema?

Pensar que la mitad de los seres humanos son inferiores y deben obedecerle a la otra mitad es absurdo e injusto, y además es dilapidar una inmensa riqueza material, moral, artística y espiritual.

Aquello ha cambiado, claro, sobre todo desde la aparición de la pastilla anticonceptiva, que liberó a las mujeres del embarazo perpetuo, pero es un problema no resuelto que aqueja no sólo a algunas culturas y pueblos, sino toda a la humanidad, y la empobrece.

Choco
Uno de los fenómenos que amenaza la biodiversidad del Chocó es la minería ilegal en busca de oro.

En sus libros se siente la intención de matizar las personalidades, una búsqueda por mostrar las bondades de incluso los más malos.

Es que todos tenemos los mismos rasgos de bondad.

Hay personas que están obviamente enfermas, y su maldad es patológica, pero en general creo que todos tenemos una capacidad de luminosidad que tarde o temprano llega.

Igual pasa con la capacidad para la maldad, que está también en la raíz de la constitución psicológica del ser humano.

¿Reconoce en su propia vida algo de maldad?

¿Quién no? Mira uno su historia personal y hay momentos en que querría con toda su alma no haber hecho lo que hizo y no haberles causado dolor a otras personas o a los animales, que es al fin de cuentas la manera como se manifiesta la maldad.

Todos hemos hecho cosas de las que no estamos para nada orgullosos y de las que no quisiéramos hablar mucho.

¿Qué nos despierta esa capacidad para hacer daño?

Creo que cambia de caso en caso, pero la necesidad de alimentar el ego está detrás de toda manifestación de maldad.

La codicia ha sido tal vez la mayor causa de dolor en el mundo y el motor de la codicia es el ego, precisamente.

Choco
El Chocó es una de las regiones más ricas de Colombia. Y a la vez, es la más pobre.

Usted hace una defensa de los animales, un homenaje a la naturaleza en tiempos de deforestación desatada y cambio climático. ¿Cómo ve la situación actual?

Lo que más me impresiona es que estemos acabando con un universo que ni siquiera conocemos bien. Nos falta consciencia de la belleza del sitio en el que estamos.

Pienso en la gente que veo acá en la represa, que anda en sus jet skis a toda mecha (rápido), que no alcanzan a ver la belleza de un solo árbol.

Hay una falta de valoración del universo en el que estamos. Vivimos en un mundo exuberante y lo que queremos es pasar por él rápido en un jet ski.

¿A qué atribuye esa inconsciencia del entorno?

El ego, de nuevo, tiene algo que ver. La gente anda en otra cosa, en una ceguera de la complejidad y armonía de lo que le rodea.

Tumban la selva sin mirarla, sacan el oro dañando ríos cuya belleza nunca vieron.

Lo que hay es una confusión de valores. El oro no es nada: es, como decía un personaje de García Márquez, muy parecido a la mierda. Sólo que peor, se podría agregar. Es una mierda que está acabando con los ríos y las selvas, que son la verdadera riqueza.

Choco
El Chocó, como se le conoce a la región del Pacífico colombiano, es el más reciente protagonista de González.

El fin del Océano Pacífico, su más reciente novela, tiene como protagonista al Pacífico colombiano. ¿Cómo se explica que una de nuestras regiones más ricas sea al tiempo la más pobre?

Los gobernantes han visto el Chocó (el Pacífico colombiano) como un territorio inútil, un espacio no desarrollable dentro de los parámetros del capitalismo. Y cuando le encuentran alguna utilidad, es en la explotación del oro y la madera. La biodiversidad los tiene sin cuidado.

Y aquí volvemos a la ignorancia. Son valores trastocados. No es sólo una ignorancia intelectual, sino también moral y estética.

No lo noto muy optimista.

No, porque vamos demasiado rápido en acabar con todo. No hemos cambiado, a pesar de que ya el calentamiento global está aniquilando los bosques, que desaparecen en llamas.

Estamos en medio de un cataclismo muy grande, y ni por eso la humanidad cambia de rumbo.

Ni siquiera la pandemia ha hecho que cambie el rumbo.

Ni siquiera. Las especies se siguen extinguiendo y las tierras se siguen empobreciendo. Con toda esa gente apiñada en las ciudades. Millones de personas metidas en un mismo espacio, devorando todo lo que hay alrededor.

¿Qué reflexión le ha generado la pandemia?

Que todo es muy frágil. Que la vida tal como la conocemos y la especie humana en particular son fáciles de desbaratar.

La peste que estamos viviendo ha puesto de relieve la profundidad de nuestra arrogancia e ignorancia frente a lo que nos rodea, de nuestro atrevimiento.

Nos sentimos los administradores de la creación, el animal superior, y mientras tanto la pandemia ha demostrado que la naturaleza es capaz de destruirnos en un parpadeo.

Algún otro "pinche" virus, que es sólo un microorganismo compuesto de material genético relativamente simple protegido por un envoltorio de proteína, bien podría acabarnos del todo.

Choco
El Chocó es una de las regiones más biodiversas del mundo.

En su obra hay una preocupación por la jerarquización de los animales que ha establecido el ser humano. ¿Cree que la pandemia es una suerte de venganza?

En cierto modo, pues estamos pagando el precio de nuestras intervenciones irresponsables. A los animales les convendría, en todo caso, que se acabara la especie humana, pues recuperarían así todo el esplendor que les hemos quitado.

La noción de nuestra superioridad sobre ellos es de lo más absurdo que uno pueda pensar, y no sé de dónde venga, quizá de las religiones, que suponen que somos la única representación de Dios y el centro del universo, donde lo natural es lo más elemental y nosotros lo superior.

Trabajó como cantinero de El Goce Pagano, un emblemático bar de salsa de Bogotá, que además publicó su primera novela. ¿Qué rol jugó ese entorno salsero en su escritura?

Me ayudó a salir de la concha, por así decir. Sin eso me habría quedado más encerrado en mí mismo y habría escrito tal vez otro tipo de cosas.

Pero la experiencia con la salsa y los salseros me puso en un mundo profundo, aunque algo sórdido y oscuro, como es el de la vida nocturna del centro de Bogotá.

¿Le debemos a la salsa la existencia del escritor Tomás González?

Yo iba escribir de todas maneras, me parece que no había escape de eso. Pero sí, la salsa me ayudó a estar más en el mundo y menos ensimismado.

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad colombianadel 22 al 31 de enero de 2021. Tomás González es uno de sus invitados.

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