"Por fin podemos tocarlos", el gran salto al euro de hace 20 años

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Adiós a los marcos, los francos, las liras o las pesetas. El 1 de enero de 2002, tres años después de su nacimiento oficial, los habitantes de doce países europeos pudieron por fin tener euros en sus manos y bolsillos.

AFP regresa a través de sus archivos a los primeros días de ese salto histórico, marcado por una mezcla de euforia y reticencia.

"Café, cruasán, baguette y flores: los franceses estrenan el euro en los pequeños comercios con mucha curiosidad", explicaba un teletipo matinal de ese 1 de enero.

"Algunos juerguistas en particular hicieron de la retirada de euros una de las atracciones de su cotillón" para palpar lo antes posible la nueva moneda. Unas 450.000 retiradas de efectivo tuvieron lugar durante la noche en los cajeros.

Ante una de esas máquinas, una mujer observaba su billete: "Hacía un año que esperaba esto, por fin podemos tocarlos". "De todas formas, no hay otra opción", decía otro hombre estoico.

- "Moneda de bárbaros" -

Para los primeros gastos en euros "físicos", los pequeños comerciantes abiertos en ese día festivo fueron la primera línea del frente.

Y trataron de seguir la obligación de devolver en la medida de lo posible el cambio en euros, aunque les paguen todavía en francos franceses, aceptados todavía por varias semanas.

En la estación del Este de París, una taquillera se armaba de paciencia ante clientes cargados con antiguas moneditas. "Trato de reunir diez francos (1,5 euros) en chatarra para librarme de ellos porque mi panadera ya no los quiere", explicaba uno.

Los días siguientes se cambió de escala. La actividad se reactivó y los grandes comercios entraron al baile.

"Las monedas se parecen todas", se quejaba en Dublín una dependienta de una cadena de ropa irlandesa. "Y deberían abandonar la más pequeñas, la moneda de un céntimo, que es ridícula".

Todo parece funcionar en Atenas, donde la AFP relataba un cambio al euro "con buen humor".

Pero no todos. En el mercado central, un barrio popular situado a pies de la Acrópolis, el dracma continuaba siendo el 3 de enero el rey del negocio. "Su moneda de bárbaros se la pueden quedar", soltaba un carnicero.

En Italia, donde el gobierno de Silvio Berlusconi se divide por la moneda única, las filas se eternizaban en bancos, correos y taquillas de las estaciones. La policía acudía al rescate cuando la situación se envenenaba.

En Nápoles habilitaron un teléfono gratuito "SOS euro" para señalar errores y abusos en las conversiones de las que se quejaban los consumidores italianos.

- La prueba del Big Mac -

Algunos ajustes de precios aprovechando el cambio no pasaron desapercibidos.

En el Vaticano, la "bendición papal" en un pergamino pasó de 5.000 liras a 3 euros, casi medio euro más. También se encarece la entrada a los museos del Vaticano y a la cúpula de la basílica de San Pedro.

En España, los famosos comercios de "todo a cien pesetas" (0,60 euros) pasaron rápidamente al "todo a un euro".

En la mayoría de los doce países, las historias de "redondeos" exagerados se multiplicaban. Pero "no se ha constatado ningún exceso generalizado en los precios", aseguraba la Comisión Europea.

El entonces presidente del Banco Central Europeo, el holandés Wim Duisenberg, recurría a su propia experiencia para tratar de convencer a los ciudadanos.

"Cuando compré un Big Mac esta semana, acompañado de un batido de fresa, me costó 4,45 euros, es decir, exactamente el precio que pagué por la misma comida en marcos alemanes" antes del cambio.

Pero también había abusos en el otro sentido. En la pequeña ciudad francesa de Auch, un camarero se dio cuenta demasiado tarde que un cliente pagó su consumición con un billete falso de 5 euros del Monopoly.

- Escasez -

Al terminar esa primera semana, el principal problema era la escasez de monedas y pequeños cortes de aprovisionamiento en varios países.

En Países Bajos, alumno modelo del cambio al euro, supermercados y gasolineras cortas de efectivo decidieron durante unos días volver nuevamente el cambio en florines.

Los españoles fueron llamados a no atesorar la nueva moneda para evitar este tipo de penurias.

En Francia, el gobierno se reconoció sorprendido por "la precipitación de los franceses para deshacerse en unos días de todos sus francos", con los grandes billetes "escondidos bajo el colchón" o las "monedas guardadas en las huchas de los niños".

Para no perturbar el sistema, las autoridades bancarias pidieron a los franceses no comprar "su baguette con un billete de 500 francos", equivalente a más de 75 euros.

Pese a estas dificultades, los primeros pasos de las monedas y billetes en euro para más de 300 millones de europeos son ampliamente celebradas como un éxito.

"Ni siquiera el legendario apego de los alemanes a su marco" ha resistido a la fiebre, decía la AFP el 5 de enero.

"Estoy convencido que el 1 de enero de 2002 permanecerá en los libros de historia de todos nuestros países como el inicio de una nueva era en Europa", se entusiasmaba Wim Duisenberg, apodado "el padre del euro".

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