Solo hay dos tipos de líderes mundiales. Los que no son corruptos y los que tienen que decir que no lo son

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La noticia de que Adam Boulton abandona Sky News después de 33 años, 25 de ellos como editor político, surgió de la noche a la mañana en forma de entrevista con The Times.

Boulton no es de los que regalan sus opiniones personales muy fácilmente, así que quizás no sería injusto ver la pequeña excursión de Boris Johnson a Cop26 en Glasgow a través del prisma de la evaluación de Boulton sobre la política actual.

“Hasta hace pocos años, mi hipótesis era que, tanto si pensaba que jugaban bien como si lo hacían mal, el primer ministro, el líder de la oposición, en lo primero que pensaban era en hacer el bien por su país”, dijo. “Realmente he perdido eso. Creo que el ‘qué me conviene’ domina a muchos políticos, en lugar de lo que le conviene al país.”

Por supuesto, no podemos saber cuánto tiempo se ha estado gestando esa valoración. Incluso puede ser una coincidencia que se diga en la semana en que un diputado ha dimitido tras descubrirse que ha estado cabildeando en nombre de empresas privadas que le pagaban cien mil dólares.

Puede que no tenga nada que ver con que el actual primer ministro intente utilizar ese escándalo como pretexto para derribar a la propia comisaria de normas, que también ha tenido la temeridad de investigar la oscura red de financiamiento que hay detrás del papel tapiz dorado de 800 libras por rollo de Johnson.

Y dado que la entrevista parece haber ocurrido el jueves pasado, el día en que Johnson se vio obligado por el nivel de hostilidad pública y privada sobre su escandaloso plan de abandonarlos por completo, es probable que no tenga nada que ver con la noticia de que Geoffrey Cox pasó la mayor parte del último confinamiento literalmente llamando por teléfono a Westminster desde las Islas Vírgenes Británicas, donde funcionarios del gobierno en teoría corruptos le estaban pagando cuatrocientos mil dólares para asegurarse de que “en teoría corrupto” nunca llegara a ser “deshonrado”.

Pero, sin duda, el caso es que Boris Johnson en verdad se paseó por un escenario mundial en Glasgow y tuvo que decir las palabras, cuando fue interrogado por los periodistas: “Creo sinceramente que el Reino Unido no es un país corrupto. Tampoco creo que nuestras instituciones sean corruptas”.

También dijo: “Hay casos en los que tristemente los diputados han roto las reglas. Lo que quiero es que se enfrenten a las sanciones adecuadas”.

Dijo estas palabras a pesar de que él, personalmente, azuzó a su propio partido para que anulara una sanción impuesta a uno de sus propios diputados, lo que además, sabía, tendría el efecto secundario deliberado de acabar con la investigación sobre sus propias infracciones. Que los diputados que han infringido las normas se enfrentaban a sanciones, y entonces él intervino para impedirlo.

No hace falta decir que, ya sabes, no hace falta decirlo. No hay políticos, ni líderes, ni dictadores o autócratas en ningún lugar del mundo que hayan dicho alguna vez: “Sí, es cierto, somos corruptos. Yo soy corrupto”. Solo hay dos tipos. Están los que no son corruptos. Y luego están los que tienen que decir que no son corruptos.

Todo esto, por cierto, mientras Johnson estaba allí haciendo todo lo posible para acorralar a las naciones más poderosas del mundo para que tomen medidas más drásticas sobre la crisis climática. El Reino Unido es un líder mundial en materia de cambio climático, principalmente porque, durante la mayor parte de la última década, políticos mejores que él tomaban medidas al respecto, mientras él seguía escribiendo columnas en los periódicos negando que fuera real.

El Reino Unido tiene cierta autoridad mundial en materia de cambio climático. Pero lo que no tiene, ya no, es la autoridad moral para respaldarlo. ¿Quién se atrevería a escuchar a alguien que, de pie, hace el papel de un hombre que intenta salvar el mundo, pero que de forma tan evidente y absoluta solo se preocupa por lo que le interesa?

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