Un nuevo tipo de cónyuge político llega a Washington

Katie Rogers
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Chasten Buttigieg, marido de Pete Buttigieg, secretario de Transporte de Joe Biden, en Washington, el 7 de marzo de 2021. (Gabriella Demczuk/The New York Times)
Chasten Buttigieg, marido de Pete Buttigieg, secretario de Transporte de Joe Biden, en Washington, el 7 de marzo de 2021. (Gabriella Demczuk/The New York Times)
Pete Buttigieg, a la izquierda, secretario de Transporte de Joe Biden, y su marido, Chasten, pasean a sus perros en Washington, el 7 de marzo de 2021. (Gabriella Demczuk/The New York Times)
Pete Buttigieg, a la izquierda, secretario de Transporte de Joe Biden, y su marido, Chasten, pasean a sus perros en Washington, el 7 de marzo de 2021. (Gabriella Demczuk/The New York Times)

WASHINGTON — Pete Buttigieg hizo historia al ser el primer miembro del gabinete abiertamente gay en ser confirmado por el Senado. Su marido, Chasten Buttigieg, hizo los preparativos: buscó una casa en Washington, organizó la mudanza y transportó a sus perros, Truman y Buddy, a través del país en un auto de alquiler.

Mientras Pete Buttigieg se instalaba como secretario de Transporte en el gobierno de Biden, el otro Buttigieg buscaba artículos en Facebook Marketplace para amueblar su departamento de una habitación en el Capitolio. Entre los accesorios figuraba una lámpara, pues la pareja había estado comiendo comida china en el suelo a oscuras. El vendedor de lámparas no dejaba de maravillarse por lo “normal” que parecía el recién llegado, lo que hizo que Buttigieg se preguntara qué era exactamente lo que se consideraba normal en Washington.

“Me siento honrado de que se piense que soy un tipo normal”, dijo Buttigieg, al reflexionar sobre la interacción en una entrevista reciente. “Pero también me asusta que se piense que no lo soy”.

La palabra “normal” se utiliza en exceso en la era de Biden, la mayoría de las veces para ilustrar el alivio que siente mucha gente al volver a la política tradicional después de cuatro años incendiarios con el expresidente Donald Trump. Sin embargo, el ascenso del presidente Joe Biden también despejó el camino para una nueva clase de políticos que rompen los límites, empezando por Kamala Harris, la primera mujer vicepresidenta. A su vez, una nueva clase de cónyuges políticos está desafiando las ideas de quién debe servir como actor secundario.

Junto con Doug Emhoff, el segundo caballero, Chasten Buttigieg forma parte de un club cada vez más numeroso de recién llegados a Washington casados con personas que han roto las barreras en torno al género, la raza y la orientación sexual en la política. Dan Mulhern, que está casado con Jennifer Granholm, la nueva secretaria de Energía de Biden y la primera mujer en ser elegida como gobernadora de Míchigan, es otro miembro.

“En realidad es bastante sencillo”, dijo Mulhern. “Los hombres hacen lo que las mujeres siempre han hecho, al igual que las mujeres hacen lo que los hombres siempre han hecho”.

Tanto Emhoff como Buttigieg, que se hicieron amigos e intercambiaron mensajes de texto de apoyo mientras sus cónyuges hacían campaña para la presidencia, han comenzado el proceso posterior a la campaña para definirse en Washington.

Buttigieg, de 31 años, era profesor de secundaria antes de dejar de lado su carrera para apoyar la campaña presidencial de su marido, que comenzó en serio menos de un año después de que la pareja se casara en 2018. Dijo que sabía que era un privilegio tener tiempo para pensar en lo que haría después, pero que sentía la responsabilidad de ser la mitad de la pareja gay de mayor perfil en el gobierno de Estados Unidos. “No sé si para mí sea una opción desaparecer así sin más”, comentó.

Desde el auto de alquiler hasta otros detalles, pocas cosas en la mudanza de Buttigieg a Washington han sido típicas. La pandemia de coronavirus ha puesto en pausa los tradicionales cócteles de bienvenida a Washington y las peregrinaciones de políticos famosos al Café Milano. Buttigieg dijo que, en cualquier caso, había evitado la avalancha de correos electrónicos de presentación en su bandeja de entrada.

Aunque el secretario de Transporte gana 221.400 dólares, según los datos salariales del gobierno publicados en enero, la vida de los Buttigieg como familia del gabinete contrasta con la de algunos de sus predecesores más notables, que vivían en suites del lujoso Hotel Jefferson, como Robert Rubin, el secretario del Tesoro de la presidencia de Clinton, o en casas multimillonarias en el barrio de Kalorama, en Washington, como varios miembros del gabinete y del círculo íntimo de Trump. Buttigieg tampoco está familiarizado con las costumbres y las reglas tácitas de Washington. No está claro qué tipo de indicaciones y consejos obtendrá de su predecesor directo en el departamento de cónyuges de transporte, el senador Mitch McConnell de Kentucky, líder de la minoría republicana y esposo de Elaine Chao.

Algunos días, mientras su marido está en el trabajo o atendiendo llamadas por Zoom desde la habitación, Buttigieg, que está adaptando su libro de memorias, “I Have Something to Tell You”, para los lectores más jóvenes, saca a los perros. Buddy y Truman tienen perfiles importantes en las redes sociales, y sus fans a menudo creen que Buttigieg es el paseador de los perros.

Equilibrar su vida como cónyuge político con su propia identidad ha sido más complicado de lo que había imaginado.

“Pete se levanta por la mañana, va al trabajo y hace lo que le da mucha felicidad”, comentó Buttigieg. “Eso para mí era levantarme e ir a la escuela todos los días. Ahora tengo que averiguar si eso es algo a lo que puedo volver”.

Podría aprender de varias mujeres que se encuentran en el mismo círculo. Jill Biden, la primera dama, es la primera persona en su cargo que trabaja a tiempo completo, como profesora de Inglés en el Northern Virginia Community College.

Connie Schultz, escritora ganadora del premio Pulitzer y esposa de Sherrod Brown, senador demócrata de Ohio, dijo que le seguían preguntando si continuaría trabajando. Uno de los colegas de su marido en el Senado, que no quiso nombrar, le dijo que su trabajo era “bonito”.

Schultz es sensible a la idea de que la gente crea que una esposa política debe ser la única responsable de mostrar al público que su marido tiene una faceta familiar. Asimismo, observa que, en el caso de Emhoff, “nadie lo acusa de intentar humanizar a su esposa”, la vicepresidenta.

“Estamos teniendo estas conversaciones ahora porque los hombres están siendo reconocidos en su papel de cónyuges”, añadió Schultz. “Lo que también es frustrante cuando eres mujer y llevas bastante tiempo haciendo esto”.

En noviembre, Emhoff fue elogiado por dejar su bufete, donde había sido abogado corporativo, para apoyar la transición de Harris a la vicepresidencia. Hubo poca cobertura cuando aceptó un puesto en la facultad de Derecho de Georgetown un mes después.

Kelly Dittmar, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Rutgers que ha escrito sobre la representación de género en la política, elogió a Emhoff y Buttigieg por hablar de manera abierta de sus funciones de apoyo a un cónyuge en el poder.

“Ambos han estado realmente dispuestos a hablar de ello de modo que nos ayude a avanzar y nos impulse a pensar de manera diferente”, dijo Dittmar.

Buttigieg dijo que lo tuvo en cuenta cuando tuvo interacciones que le resultaron extrañas. Mientras se imagina lo que viene, intenta tratar todas las conversaciones como una llamada “para recordar que estás aquí por una razón determinada”, dijo. “La gente está acostumbrada a que la política se vea de otra manera, y tú estás aquí para asegurarte de que pueda verse de otra manera”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company