No Time To Die: el último hurra de Daniel Craig es decepcionante y extrañamente anticlimático

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Dir: Cary Joji Fukunaga. Protagonizada por: Daniel Craig, Rami Malek, Léa Seydoux, Lashana Lynch, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Ben Whishaw, Jeffrey Wright, Ana de Armas. 12A, 163 minutos.

Cary Joji Fukunaga ha hecho una pieza de cine de acción increíble con No Time to Die, pero es una pena que tenga que ser una película de Bond. A pesar de los retrasos, de los rumores sobre la marcha de Danny Boyle y de los meses dedicados a preparar el último adiós de Daniel Craig en el papel, lo más decepcionante de la película es lo extrañamente anticlimático que resulta. La premisa principal, con un guión parcialmente acreditado a los habituales de Bond, Neal Purvis y Robert Wade, es simplemente una tontería más de espionaje genérico: un arma biológica de destrucción masiva conocida sólo como Heracles, ahora dotada de una ventaja tecnológica, ha sido robada de un laboratorio secreto por el villano SPECTRE. El Bond de Craig, que se esconde y se retira en una remota isla tropical, con un aspecto tan desaliñado como el de Tom Hanks en Náufrago, se ve inevitablemente arrastrado a la contienda.

El hombre detrás de la cortina, el villano de la obra, es Lyutsifer Safin (Rami Malek), que en realidad es un puñado de rasgos de carácter sacados del libro de villanos de Bond. La guarida, los secuaces, la venganza personal, son las mismas ideas recicladas sin mucho estilo. El propio Malek no aporta casi nada al papel más allá del acento y las cicatrices falsas que lleva. ¿Podrá la franquicia Bond superar alguna vez el perjudicial tropo de asociar las desfiguraciones faciales con la villanía? Algunos guiños al pasado son más bienvenidos que otros. El Bond de Craig, al principio, se hace eco de las palabras de George Lazenby en On Her Majesty’s Secret Service, famosamente pronunciadas mientras sujetaba el cadáver de su esposa Tracy (Diana Rigg): “Tenemos todo el tiempo del mundo”.

Cuando Craig dice esa misma frase, con las cuerdas de “We Have All the Time in the World” de Louis Armstrong sonando de fondo, adquiere un nuevo significado. La ironía no es tanto que el dichoso final feliz prometido al final de Spectre, cuando se marchó en brazos de Madeleine Swann (Léa Seydoux), no esté hecho para durar, sino que el propio Craig sabe que ha llegado el momento de despedirse del papel. No Time to Die es lo mejor cuando permite al actor hacer su última reverencia con gracia y estilo, permitiéndole dejar la franquicia no sólo con una buena dosis de dignidad, sino con el recuerdo que le dio un alma a Bond.

Y es tan brillante en No Time to Die, de una manera que eclipsa todo lo que le rodea. Sus rasgos tallados en granito se arrugan de tal manera, siempre en el momento justo: su Bond contiene un océano de emociones maltrechas que intentan salir a la superficie.

Y también será recordado como una consumada estrella de la acción, desde que asestó ese primer y brutal puñetazo en el Casino Royale de 2006. No Time to Die da lo mejor de sí cuando Fukunaga tiene la libertad necesaria para igualar esa energía. El director ha aprovechado toda su experiencia en la televisión de prestigio, incluyendo su trabajo en True Detective y Maniac, y ha entregado un Bond tan emocionantemente tenso que se acerca al horror. Hay escenas en No Time to Die que sugieren que esto podría ser el propio Infierno de Dante de la franquicia, tanto si 007 desciende a un bosque europeo cubierto de niebla como a una fiesta bacanal en una mansión cubana en ruinas. Es sorprendentemente grotesco. Y, en ocasiones, casi poético.

Pero la visión más radical de Fukunaga sobre Bond es efímera. Es una buena película que se ha visto obligada a traquetear en el universo Bond como un engranaje suelto. ¿La obsesión de Hollywood por la conectividad, provocada por el éxito del Universo Cinematográfico Marvel, ha envenenado la franquicia Bond para siempre? Posiblemente.

La película no tarda en convertirse en un espectáculo de rotación de viejos personajes y puntos de la trama. El dichoso final feliz que se le prometió al final de Spectre, en los brazos de Madeleine Swann (Lea Seydoux), no dura mucho, por supuesto. El Blofeld de Christoph Waltz, ahora encarcelado, hace una aparición obediente. Al igual que el agente de la CIA, Felix Leiter, de Jeffrey Wright. Moneypenny (Naomi Harris), Q (Ben Whishaw) y M (Ralph Fiennes) rondan los límites. Son hilos, personajes e ideas que se han juntado sin pensarlo mucho. Están aquí porque parece que deben estarlo, para dar a Craig su último hurra. Mientras tanto, la franquicia sigue sin poder superar lo perfecta que era Eva Green como chica Bond en Casino Royale, y Léa Seydoux se ve obligada a enfrentarse a ese hecho, cinco películas después.

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Y a pesar de las muy publicitadas contribuciones de Phoebe Waller-Bridge al guión de la película, No Time to Die no parece la radical reescritura feminista que se nos prometió. A su favor, las mujeres (menos el personaje de Seydoux, que siempre es huraño) consiguen divertirse en lugar de limitarse a pasearse como femme bots demasiado competentes. La agente novata Paloma, de Ana de Armas, parece la audición para su próxima película biográfica de Marilyn Monroe, y Lashana Lynch, como rival 00, es una fuerza de carisma tal que parece inútil buscar un nuevo Bond cuando seguramente el futuro de la franquicia ya está ahí mismo.

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Pero más allá de cualquier potencial para futuras apariciones, sólo sirven como accesorios de una película que no sabe muy bien qué hacer o qué es, sólo sabe que Craig está en el centro de la misma.

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