En tiempos de crisis, es posible hacer rendir las vacunas, pero no es fácil.

Donald G. McNeil Jr.
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Un vial de la vacuna contra el COVID-19 de Moderna en Mount Pleasant, Texas, el 21 de diciembre de 2020. (Cooper Neill/The New York Times)
Un vial de la vacuna contra el COVID-19 de Moderna en Mount Pleasant, Texas, el 21 de diciembre de 2020. (Cooper Neill/The New York Times)

En tiempos desesperados, hay muchas maneras de hacer rendir las vacunas y acelerar las campañas de inoculación, según algunos expertos que lo han hecho.

Medidas como dividir las dosis, retrasar las segundas aplicaciones, inyectar en la piel en vez del músculo y utilizar equipos ambulantes de vacunación han salvado vidas, en las circunstancias adecuadas.

Durante los brotes de cólera en zonas de guerra, Médicos Sin Fronteras incluso ha utilizado la técnica de la vacuna “para llevar”, en la que al receptor le aplican la primera dosis en el sitio y le dan la segunda para que se la aplique él mismo luego.

Desafortunadamente, los expertos afirmaron que sería muy difícil implementar la mayoría de esas técnicas en Estados Unidos en este momento, a pesar de que las vacunas contra el COVID-19 se están aplicando a un ritmo menor del que se esperaba.

Un equipo de vacunación administra la vacuna contra el ébola a residentes del distrito de Kanyihunga en la República Democrática del Congo, el 4 de diciembre de 2018. (Diana Zeyneb Alhindawi/The New York Times)
Un equipo de vacunación administra la vacuna contra el ébola a residentes del distrito de Kanyihunga en la República Democrática del Congo, el 4 de diciembre de 2018. (Diana Zeyneb Alhindawi/The New York Times)

Esas nuevas estrategias han funcionado con vacunas contra la fiebre amarilla, la poliomielitis, el sarampión, el cólera y el ébola. Sin embargo, la mayoría de esas vacunas fueron inventadas hace décadas o son más fáciles de administrar porque son orales o bien porque pueden almacenarse en un refrigerador común.

Según los expertos, las nuevas vacunas contra el COVID-19 aprobadas hasta el momento y basadas en ARNm son demasiado frágiles, y se sabe muy poco acerca de cuánta inmunidad confieren.

El gobierno de Biden debe enfocarse en acelerar la producción de vacunas más robustas “en vez de hacer trucos de magia” con las actuales, afirmó Peter J. Hotez, decano de la Escuela Nacional de Medicina Tropical de la Facultad de Medicina de Baylor en Houston, e inventor de una vacuna contra el COVID-19.

Hay dos estrategias que podrían funcionar con las vacunas actuales, pero ambas son controversiales.

La primera se está probando en el Reino Unido. En diciembre, ante la escasez y un brote explosivo, las autoridades sanitarias del país dijeron que aplicarían todas las vacunas que tuvieran, dando así una protección modesta a la mayor cantidad posible de británicos. Las segundas dosis, afirmaron, se retrasarían hasta 12 semanas y podrían ser de una vacuna distinta.

Existen algunas pruebas que apoyan esta estrategia: los primeros datos de las primeras 600.000 inyecciones en Israel sugieren que incluso solo una dosis de la vacuna Pfizer redujo el riesgo de infección aproximadamente un 50 por ciento.

Sin embargo, algunos expertos británicos en virus están indignados. Afirman que las dosis únicas podrían generar cepas resistentes a las vacunas. La Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, por su sigla en inglés) y muchos expertos estadounidenses en vacunas también se oponen a la idea.

Moncef Slaoui, asesor científico principal de la Operación Máxima Velocidad , planteó otra objeción al plan británico. Las dosis únicas, advirtió, podrían “preparar” de forma inadecuada al sistema inmunitario; luego, si esos receptores de la vacuna se infectaran más adelante, a algunos de ellos les podría ir peor que si no hubieran recibido ninguna vacuna.

Slaoui recordó un incidente de la década de 1960 en el que una nueva y débil vacuna contra el virus sincitial respiratorio, una causa de neumonía infantil, resultó contraproducente. Algunos de los niños que la recibieron y luego se infectaron se enfermaron más que los niños no vacunados, y dos bebés fallecieron.

“Tal vez solo 1 de cada 1000 reciba una preparación inadecuada, pero igual es un problema”, dijo Slaoui. Como alternativa —la segunda estrategia para hacer rendir las vacunas— propuso utilizar medias dosis de la vacuna de Moderna.

En una entrevista telefónica, Slaoui afirmó que hay pruebas sólidas que apoyan esa estrategia. Durante los primeros ensayos de Moderna, la dosis de vacuna de 50 microgramos produjo una respuesta inmunitaria prácticamente idéntica a la de 100 microgramos.

Moderna eligió la dosis más alta como el estándar, en parte para tener mayor seguridad de que funcionaría; los científicos de la compañía en ese momento no tenían idea de que su producto demostraría una eficacia del 95 por ciento. La dosis más alta también tendría una vida útil más extensa.

Pero la vacuna funciona mejor de lo esperado, y la vida útil no es una preocupación, por lo que Slaoui sugirió utilizar la dosis más baja.

“Lo hermoso de esto es que se inyecta la mitad y se obtiene una respuesta inmunitaria idéntica”, dijo. “Esperamos que, en esta situación pandémica, la FDA pueda simplemente aprobarla en lugar de solicitar un nuevo ensayo”.

Muchos expertos no están de acuerdo con la idea, entre ellos Walter Orenstein, director asociado del Centro de Vacunas Emory en Atlanta. “Necesitamos saber más antes de que podamos sentirnos cómodos haciendo eso”, afirmó.

Paul Offit, director del Centro de Educación sobre Vacunas del Hospital Infantil de Filadelfia, agregó: “Vamos a apegarnos a la ciencia. No hay datos sobre la eficacia de dosis parciales”.

Cuando menos es más

Como suele suceder, los expertos no están de acuerdo sobre cómo y qué hará una nueva vacuna. Algunos señalan pruebas contundentes de que tanto las dosis fraccionarias como las pospuestas han funcionado cuando los médicos las han aplicado en situaciones desesperadas.

Por ejemplo, brotes de fiebre amarilla en Brasil y el Congo han sido frenados por campañas que han utilizado solo el 20 por ciento de una dosis.

Una inyección de la vacuna contra la fiebre amarilla, inventada en la década de 1930, brinda protección de por vida. Pero una quinta parte de la dosis puede proteger durante un año o más, afirmó Miriam Alia, experta en vacunación de Médicos Sin Fronteras.

En 2018, casi 25 millones de brasileños, incluyendo los de Río de Janeiro y São Paulo, enfrentaron un brote veloz en un momento en el que había menos de 6 millones de vacunas en el suministro mundial. El gobierno brasileño se cambió a dosis de un quinto y envió equipos móviles a los barrios para instar a todos los que encontraban a que se la aplicaran, con el mínimo de papeleo posible. La estrategia funcionó: para 2019, la amenaza se había desvanecido.

La táctica también se ha utilizado contra la polio. Desde 2016, ha habido una escasez mundial de la vacuna inyectable contra la poliomielitis, la cual es usada en muchos países junto con la vacuna oral viva. La Organización Mundial de la Salud ha supervisado ensayos sobre diferentes maneras de hacer rendir los suministros existentes.

Al principio, India probó con medias dosis, dijo Deepak Kapur, presidente de la iniciativa de erradicación de la poliomielitis de Rotary International en ese país. Estudios posteriores demostraron que era posible reducir hasta una quinta parte de la dosis, siempre y cuando se inyectara justo debajo de la piel en lugar de en el músculo, afirmó Tunji Funsho, director de la iniciativa de erradicación de poliomielitis de Rotary International en Nigeria.

“De esa manera, un vial para 10 personas puede servirles a 50”, dijo Funsho.

Las inyecciones intradérmicas funcionan mejor que las intramusculares porque la piel contiene muchas más células que reconocen a los invasores y porque las capas subcutáneas drenan hacia los ganglios linfáticos, que forman parte del sistema inmunitario, dijo Mark Prausnitz, bioingeniero del Instituto de Tecnología de Georgia que se especializa en técnicas de inyecciones intradérmicas.

Sin embargo, las inyecciones intradérmicas tienen algunas desventajas. Se necesita mayor capacitación para aplicarlas de forma correcta. Existen inyectadoras con dispositivos que inclinan las agujas, agujas supercortas o conjuntos de múltiples tipos de agujas, pero son poco comunes, afirmó Prausnitz. En última instancia, prefiere los parches de microagujas infundidos con la vacuna disuelta.

Botas sobre el terreno

Según los expertos en salud, lo que Estados Unidos puede y debe hacer ahora es a capacitar más vacunadores, coordinar a todos los que administran inyecciones y mejorar la logística.

Gracias a las batallas contra la poliomielitis, el sarampión y el ébola, algunos de los países más pobres del mundo realizan de forma rutinaria mejores campañas de vacunación que la que Estados Unidos está intentando hacer en este momento, dijo Emily Bancroft, presidenta de VillageReach, una contratista de logística y comunicaciones que opera en Mozambique, Malaui y la República Democrática del Congo, y que también está dando apoyo a la campaña de vacunación contra el COVID-19 en Seattle.

“Se necesita un ejército de vacunadores, personas que sepan cómo ejecutar campañas, microplanes detallados y un buen rastreo de datos”, dijo Bancroft. “Los hospitales aquí ni siquiera saben qué tienen en sus estantes. Está bien recibir información una vez al mes cuando se trata de vacunaciones de rutina. Pero en una pandemia, eso no está bien”.

La capacitación se puede realizar en “almohadillas de inyección” que emulan brazos humanos. La recopilación de datos debe configurarse de manera que cada equipo pueda informar por medio de un teléfono celular y todo se decante en un panel de control nacional, como sucede en la actualidad en los países más pobres.

“Estados Unidos lo logrará”, dijo Bancroft. “La práctica lleva a la perfección. El desacierto que estamos viendo en la actualidad se debe a la falta de experiencia”.

This article originally appeared in The New York Times.

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