Un terrorista acechaba entre la multitud, mientras los soldados estadounidenses registraban a los afganos

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Personas transportan un cuerpo para su entierro en las colinas de las afueras de Kabul, Afganistán, el viernes 27 de agosto de 2021, que murió un día antes en el atentado suicida frente al Aeropuerto Internacional Hamid Karzai de Kabul. (Victor J. Blue/The New York Times)
Personas transportan un cuerpo para su entierro en las colinas de las afueras de Kabul, Afganistán, el viernes 27 de agosto de 2021, que murió un día antes en el atentado suicida frente al Aeropuerto Internacional Hamid Karzai de Kabul. (Victor J. Blue/The New York Times)

WASHINGTON — El terrorista suicida esperó hasta el último momento posible, dijeron los funcionarios estadounidenses.

Una multitud que se esforzaba por entrar en el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai se había concentrado en la puerta de la Abadía, una entrada principal resguardada por infantes de Marina y otros miembros del ejército. Los soldados sabían que podían ser blanco de un ataque; justo el día anterior, el Departamento de Estado había advertido sobre una amenaza “creíble” en tres puertas del aeropuerto, donde más de 5000 soldados estadounidenses habían ayudado a evacuar a más de 100.000 personas en menos de dos semanas. La puerta de la Abadía estaba en la lista.

Según los funcionarios estadounidenses, la seguridad del aeropuerto había cerrado dos de las puertas, pero decidió dejar abierta la puerta de la Abadía.

También mencionaron que, a primera hora del día, los comandantes talibanes y los combatientes que controlaban los puestos de control a lo largo de la ruta del aeropuerto hicieron retroceder dos veces a las multitudes, pero estas regresaron.

La tercera vez, alguien más vino con ellos.

A las 5:48 p. m., el terrorista, que llevaba un chaleco explosivo de poco más de 11 kilos bajo la ropa, se acercó al grupo de estadounidenses que estaban registrando a las personas que esperaban entrar en el complejo. Según las autoridades, esperó hasta el momento en que iba a ser registrado por los miembros de las fuerzas armadas estadounidenses. Y entonces detonó la bomba, inusualmente grande para un chaleco suicida. Se mató a sí mismo e inició un ataque que dejaría decenas de muertos, entre ellos 13 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses.

“Esto es una guerra cuerpo a cuerpo: puedes percibir el aliento de la persona a la que registras”, dijo el jueves tras el atentado el general Kenneth F. McKenzie júnior, jefe del Mando Central de Estados Unidos, al describir el contacto físico entre los infantes de la Marina en la puerta del aeropuerto y los afganos a los que deben registrar antes de permitirles la entrada.

Infantes de Marina de los Estados Unidos, de pie frente a una pared, vigilan el perímetro del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai en Kabul, Afganistán, el 22 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Infantes de Marina de los Estados Unidos, de pie frente a una pared, vigilan el perímetro del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai en Kabul, Afganistán, el 22 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Funcionarios del Pentágono dijeron que todavía estaban reconstruyendo la cadena de acontecimientos que tuvieron lugar en la puerta de la abadía el jueves. Habrá revisiones posteriores a la acción y guiones gráficos con listas detalladas de lo que condujo a ese momento. Habrá preguntas: ¿Por qué había tantos miembros de las fuerzas armadas agrupados tan cerca? ¿Cómo evadió el terrorista los controles talibanes? ¿Alguien lo dejó pasar?

A medida que el alcance de los daños se hacía más evidente, los funcionarios de salud en Kabul aumentaron el número de muertos, ya que afirmaron que al menos 170 personas perdieron la vida. Los afganos que buscaban escapar del gobierno talibán regresaron al aeropuerto el viernes, pero el tamaño de la multitud se calculó en cientos, en comparación con los miles que estaban allí cuando ocurrió la explosión. El aeropuerto permaneció cerrado en su mayor parte, aunque los vuelos de evacuación continuaron.

Poco después de las 2 p. m. del viernes, mientras otro avión estadounidense de cola gris se elevaba en el cielo del aeropuerto, con los féretros envueltos en banderas de los 13 estadounidenses, la angustia por el atentado del jueves se extendió desde Kabul hasta Kansas. En el depósito de cadáveres de la Base Aérea de Dover, en Delaware, los miembros del servicio se preparaban para el ritual de vestir y preparar a otro grupo de soldados estadounidenses muertos en Afganistán.

“Nunca he sido partidaria de la política y no voy a empezar ahora”, publicó en Instagram Marilyn Soviak, la hermana de Maxton Soviak, un miembro del cuerpo de la Marina de Ohio que estaba entre los muertos. “Lo que sí voy a decir es que mi hermoso, inteligente, molesto y encantador hermanito, a quien le gustaba marchar a su ritmo, fue asesinado ayer ayudando a salvar vidas”.

Instantes después de que la bomba estalló, los combatientes cercanos comenzaron a disparar armas, dijeron los funcionarios del Departamento de Defensa y agregaron que algunos de los estadounidenses y afganos en la puerta de la Abadía podrían haber sido alcanzados por esos disparos. Hubo tanta confusión tras la explosión que los militares informaron en un primer momento que se había producido un segundo atentado suicida en el cercano Hotel Baron. Eso resultó ser falso, según el general de división Hank Taylor, subdirector del Estado Mayor para operaciones regionales.

El chaleco que llevaba el terrorista suicida, con un peso de poco más de 11 kilos, causó un daño incalculable. Según los manuales del Ejército, los terroristas suicidas suelen llevar un cinturón con un máximo de poco más de 2 kilos de explosivos, o un chaleco con entre 2 y 9 kilos de explosivos. El chaleco del terrorista pesaba 11,3 kilos e incluía fragmentos de metal que actuaban como metralla letal, con los que también hirió a decenas de afganos, así como a otros 14 soldados estadounidenses, que fueron evacuados al Centro Médico Regional de Landstuhl, cerca de la Base Aérea de Ramstein, en Alemania.

Los infantes de la Marina que estaban en la puerta de la Abadía el jueves habían llegado a Kabul una semana antes. Estaban frescos y se unieron a los paracaidistas británicos con un objetivo en mente: hacer pasar al mayor número de personas posible. Eso significaba utilizar un intérprete y un altavoz para convencer a la multitud que se amontonaba de que retrocediera, una tarea minuciosa que permitió a los marinos abrir dos accesos.

La caída de Kabul había desatado un tsunami de llamadas telefónicas, correos electrónicos y textos desesperados de las organizaciones extranjeras que habían trabajado en Afganistán durante los últimos 20 años, todos implorando al Pentágono ayuda para evacuar a sus trabajadores afganos y aliados. Otras personas que trabajaron con afganos, incluidos los profesores que visitaron escuelas en Afganistán, se unieron a los senadores estadounidenses, los jefes de los medios de comunicación y los directores de las organizaciones mundiales a fin de pedir ayuda para sus antiguos colaboradores, que corren peligro de sufrir represalias por parte de los talibanes.

Las peticiones llegaron a las tropas estadounidenses en el aeropuerto de Kabul. “Los infantes que murieron eran los que estaban ayudando a nuestro equipo”, dijo Cori Shepherd, una cineasta que una vez ayudó a las niñas afganas a ir a la escuela en Estados Unidos. “Estos hombres, literalmente, se adentraban entre las multitudes y sacaban a nuestras mujeres para ponerlas a salvo, mientras se coordinaban con nuestro contacto para encontrarlas. Los hombres que trabajaron en la puerta de la Abadía fueron en extremo valientes”.

© 2021 The New York Times Company

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