Una terrible enfermedad devoradora de carne acecha la costa de Australia

Livia Albeck-Ripka
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SORRENTO, Australia — Rob Courtney pensaba que era una quemadura por el sol. Pero, al cabo de unos días, el enrojecimiento y la inflamación empeoraron. Al poco tiempo, la piel de su pie derecho se había abierto y la herida supuraba. Su médico lo mandó directo a la sala de urgencias.

Luego le dieron el diagnóstico terrible: Courtney estaba infectado por una especie de bacteria carnívora.

En los últimos años, los casos de la enfermedad, conocida como úlcera de Buruli, han proliferado en la zona costera al sureste de Australia donde vive Courtney, de 80 años.

Y, como él habría de aprender, este parásito es un intruso temible.

La úlcera le dejó la carne corroída y gangrenosa. Le devoró un injerto cutáneo. Finalmente, los doctores le recetaron los mismos antibióticos potentes que se usan en el tratamiento de la lepra y la tuberculosis. Esos medicamentos le provocaron náuseas y fatiga, también hicieron que su sudor y lágrimas se volvieran anaranjados. Estuvo casi 50 días en el hospital.

“Ha sido una odisea”, comentó Courtney hace poco mientras yacía en una mesa de diagnóstico en su clínica local, donde todos los días durante varias semanas ha tenido que someterse a una limpieza de su herida y un cambio de vendaje. “No se lo recomendaría a nadie”.

Se han reportado casos de úlcera de Buruli en 33 países, sobre todo en África, donde una falta de acceso a la atención sanitaria a veces significa que la enfermedad sigue su curso durante meses, por lo que en ocasiones provoca desfiguraciones y discapacidades.

En Australia, donde se han registrado casos de esta úlcera desde los años cuarenta, el aumento reciente de las infecciones ha suscitado un nuevo interés en esta enfermedad olvidada. Esto, aunado a una mayor preocupación a nivel global por las enfermedades infecciosas, ha alimentado la esperanza de que los científicos por fin puedan obtener los recursos para descubrir su origen.

Rob Courtney, un paciente con úlcera de Buruli, es tratado el 12 de marzo de 2021 en Sorrento, Australia, por Daniel O'Brien y la enfermera Donna Beckett. La enfermedad es causada por una especie de bacteria necrosante. (Christina Simons/The New York Times)
Rob Courtney, un paciente con úlcera de Buruli, es tratado el 12 de marzo de 2021 en Sorrento, Australia, por Daniel O'Brien y la enfermera Donna Beckett. La enfermedad es causada por una especie de bacteria necrosante. (Christina Simons/The New York Times)

El área más afectada en Australia es la península de Mornington, en el estado de Victoria. Desde 2016 se han reportado más de 180 casos por año, y en 2018 se alcanzó el máximo de 340. En febrero, la enfermedad se extendió hasta los suburbios de Melbourne, una ciudad de cinco millones de habitantes.

Lo que se sabe sobre el origen de la úlcera de Buruli

Nadie sabe bien cómo se transmite la infección ni por qué ha brotado en la península de Mornington, una región próspera a menos de 80 kilómetros de Melbourne que miles de turistas visitan cada año y donde los bulevares arbolados están llenos de restaurantes.

Los científicos piensan que la úlcera de Buruli —así como aproximadamente el 75 por ciento de las enfermedades emergentes, incluyendo el COVID-19— es zoonótica, es decir que puede transmitirse de animales a humanos. Son de la idea de que las afecciones zoonóticas se están volviendo más comunes en parte debido a la invasión de los humanos a entornos salvajes.

En cuanto al aumento de casos en Victoria, la teoría prevalente es que las zarigüeyas, un marsupial nativo de Australia, son portadoras de la bacteria, que luego los mosquitos que han entrado en contacto con las heces de este animal transmiten a los humanos.

La bacteria ha estado presente desde hace tiempo, pero “lo que hemos hecho es toparnos con ella y quizá hemos contribuido a intensificarla, volviéndonos víctimas incautas”, afirmó Paul Johnson, médico y profesor de enfermedades infecciosas en el hospital Austin Health en Melbourne. “Hemos causado situaciones en las que puede dispersarse con facilidad y provocar enfermedades en humanos”.

La búsqueda del agente transmisor  

En los últimos años, gracias a que el interés en la enfermedad ha aumentado el financiamiento para realizar investigaciones, Johnson y otros han estado intentando descubrir exactamente cómo se transmite la úlcera de Buruli. A fin de poner a prueba su teoría, los científicos quieren reducir el número de mosquitos en la península de Mornington para ver si junto con estos disminuyen los casos de úlcera de Buruli.

Un sábado a finales de febrero, Johnson y Tim Stinear, profesor de microbiología en el Instituto Doherty de la Universidad de Melbourne, estuvieron a cargo de una tropa de más de doce investigadores —quienes vestían chalecos amarillos con la leyenda “Vencemos a Buruli en Victoria”— que juntos colocaron trampas para mosquitos en los suburbios de la península de Mornington.

Los investigadores también han estado en busca de heces de zarigüeya, pues dicen que estas les han permitido trazar un mapa crucial de las zonas principales en las que está presente la bacteria. “Una vez que empiezas a buscar estas cosas, las ves en todas partes”, comentó Stinear mientras se arrodillaba en una entrada con un palo para levantar el excremento y colocarlo en una pequeña bolsa de plástico. “Porque están en todas partes”.

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Para los que contraen la úlcera de Buruli, la odisea puede ser ardua, pues en pacientes mayores y más vulnerables puede incluso provocar una enfermedad tan grave que derive en muerte o amputación de un miembro. Las heridas a veces tardan meses en sanar, y a los pacientes les quedan cicatrices físicas y psicológicas.

“Es una enfermedad complicada de tratar”, afirmó Daniel O’Brien, especialista en enfermedades infecciosas que vive en Geelong, 80 kilómetros al suroeste de Melbourne. “Se vuelve bastante desconcertante para la gente de la comunidad”.

Un viernes de marzo, O’Brien trató a Courtney y a más de doce pacientes en una clínica de Sorrento en la península de Mornington. Cuando O’Brien comenzó a viajar al lugar hace más de una década, solía atender a unos cuantos pacientes a la semana. Ahora ve a casi 50.

Ha atendido a más de mil pacientes con dicha enfermedad, tanto en Australia como en el extranjero. Muchos de los pacientes en su país son personas mayores, pero en otras partes suelen ser maestros y jornaleros jóvenes, incluso niños.

Usa una regla para medir con cuidado las lesiones, y hace marcas a fin de saber cómo van avanzando. Aunque las úlceras parecen salidas de una pesadilla —algunas carcomen la piel hasta llegar al hueso— casi todos los pacientes dicen que no duelen. La toxina necrosante que produce la bacteria es especialmente horrible: debilita la respuesta inmunitaria y entumece la piel que está consumiendo. Es “un organismo bastante extraordinario, en realidad”, dijo O’Brien de la bacteria, “y un enemigo formidable”.

En el caso de Courtney, la úlcera había carcomido la parte superior de su pie antes de que los doctores pudieran acertar en el diagnóstico. Desde entonces han realizado operaciones para quitarle el tejido necrosado y duro como concreto. “A menos que te deshagas de esa carne muerta, la piel jamás sanará”, explicó Adrian Murrie, un médico de la clínica que ha estado atendiendo a Courtney.

Otros pacientes con casos menos severos a veces prefieren no recibir tratamiento y optan por remedios naturales, como ponerse calor y arcilla en las áreas afectadas. Si bien el cuerpo a veces puede combatir úlceras más pequeñas, estos tratamientos podrían provocar complicaciones en casos más graves, sostuvo O’Brien.

En la mayoría de los casos, se recetan antibióticos. Antes la enfermedad se trataba con intervenciones quirúrgicas, pero, como ahora hay mejores medicamentos, la prognosis ha mejorado muchísimo en los últimos años. “Se pensaba que los antibióticos no funcionaban”, dijo O’Brien, “porque los pacientes generalmente empeoran antes de mejorar”.

En el caso de Courtney, aún falta mucho para que acabe su lucha con la enfermedad. Los doctores prevén que su tratamiento tardará otros seis meses.

“Cuando tienes 80 años y pierdes un año, te vuelves loco”, expresó.

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This article originally appeared in The New York Times.

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