El terremoto más profundo jamás detectado debería ser imposible

·4  min de lectura
En 2015 se registró un terremoto a una profundidad donde no deberían producirse terremotos.
En 2015 se registró un terremoto a una profundidad donde no deberían producirse terremotos.

El ser humano aprende y descubre el funcionamiento del mundo utilizando modelos, mediciones, escalas. Gracias a ese método hemos logrado grandes progresos entendiendo las leyes físicas y en la actualidad, somos capaces de explicar una buena parte de los fenómenos naturales que ocurren a nuestro alrededor. Pero la Naturaleza, empeñada en sorprendernos cuando menos lo esperamos, siempre nos envía algo que nos deja fascinados. De vez en cuando, algo extraño ocurre, algo que no se adapta a nuestros modelos, algo inaudito que desafía todo nuestro conocimiento adquirido y que debería ser imposible… y sin embargo, ahí está.

A finales de mayo del año 2015, los sismómetros registraron un fuerte terremoto de magnitud de 7,9 que sacudió las islas japonesas de Ogasawara. Los investigadores que analizaron aquel sismo han descubierto recientemente que una de sus réplicas se produjo a una profundidad asombrosa: 467 millas, es decir, más de 750 kilómetros, convirtiéndose así en el terremoto más profundo jamás detectado.

El estudio se ha publicado en la revista Geophysical Research Letters, y ha despertado un enorme interés entre los geólogos que buscan una explicación a estos datos. “Para entenderlo de una manera sencilla, los terremotos se producen porque la presión que soportan las placas termina doblando, deformando y quebrando las rocas bajo la superficie que liberan de manera abrupta una gran cantidad de energía al romperse”, nos explica Nahúm Méndez, uno de los geólogos más conocidos en la red. “Por tanto, lo normal es que los terremotos se produzcan en zonas rígidas, zonas que se quiebran bajo la gran presión… pero esas profundidades se sitúan en el Manto Inferior de nuestro planeta donde esperaríamos encontrar materiales muy dúctiles, flexibles, casi líquidos. Según nuestros modelos, en esas profundidades no deberían producirse terremotos”.

Estos terremotos tan profundos son algo excepcional, ya que lo normal es que los terremotos se produzcan a poca distancia, dentro de la corteza terrestre y dentro de los primeros 100 kilómetros bajo nuestros pies donde las rocas son frías y más quebradizas. Sin embargo, que se produzcan a estas profundidades es un fenómeno desconcertante y mantiene a los geólogos ocupados intentando desvelar su causa. “Son muy raros y poco frecuentes”, continúa Nahúm. “En las últimas décadas apenas hemos detectado un puñado de estos terremotos profundos y, es curioso saber que en España tenemos una zona, el pueblo granadino de Durcal, donde se han registrado dos de los terremotos más profundos de la historia, superando los 630 kilómetros de profundidad”.

Por supuesto, existen varias hipótesis que podrían explicar en parte su origen. Una de las explicaciones más consistentes apunta al olivino, un conjunto de minerales que componen la mayor parte del manto terrestre y que se comporta de manera diferente dependiendo de la temperatura y presión a la que se someta. “Es similar a lo que ocurre con el carbono, un elemento que, en diferentes condiciones físicas puede manifestarse de formas diversas, por ejemplo como grafito o como diamante”, aclara el geólogo.

El olivino también tiene esa cualidad que se manifiesta en alótropos con estructuras atómicas diferentes. A partir de profundidades inferiores a los 400 kilómetros, los átomos de olivino se reorganizan con una estructura diferente y pasan a ser un mineral azulado conocido como Wadsleyita. Si descendemos aún más, a partir de 500 kilómetros de profundidad, la wadseleyita reorganiza de nuevo sus átomos dando lugar a la Ringwoodita. Los cambios siguen conforme descendemos y aumentamos la presión, alrededor de los 700 kilómetros la Ringwoodita se descompone en otros dos minerales, Bridgmanita y Periclasa.

Evidentemente, no contamos con la tecnología necesaria para descender a esas profundidades y estudiar en directo qué ocurre en el manto terrestre, pero sí podemos recrear esas condiciones de altas presiones y temperaturas en el laboratorio y observar estas reestructuraciones atómicas de los materiales que componen esas capas de nuestro planeta. Desde hace ya varias décadas, sabemos que las fases por las que atraviesa el olivino no son tan ordenadas y limpias como podríamos imaginar. Por ejemplo, en algunas condiciones el olivino puede omitir la fase de Wadsleyita y transformarse directamente en Ringwoodita, y es aquí donde podría estar la explicación: en esas transiciones y bajo la suficiente presión, el mineral podría romperse en lugar de doblarse, liberando así la energía que explicaría los terremotos profundos.

Todavía es una hipótesis que necesita más estudios, pruebas y experimentos, pero al menos es un comienzo en el largo (pero siempre interesante) camino de adaptar nuestros modelos a la realidad. Lo cierto es que llamar a estos fenómenos “terremotos imposibles” es solo una manera sutil de confesar nuestra propia ignorancia, una forma elegante de asumir que nuestro conocimiento sobre ellos aún es limitado y que debemos seguir investigando hasta entender su funcionamiento.

Vídeo | Así sonaban las sirenas de alerta de tsunami en Alaska tras el terremoto de 8,2 grados

Más artículos interesantes sobre geología en Yahoo:

Referencias científicas y más información:

Kiser, Eric, et al. “Lower Mantle Seismicity Following the 2015 Mw 7.9 Bonin Islands Deep-Focus Earthquake”. Geophysical Research Letters, Wiley Online Library, DOI:10.1029/2021GL093111.

Stephanie Pappas “Deepest earthquake ever detected should have been impossible” Live Science

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.