Terapia intensiva. El día a día de los médicos que enfrentan el lado más oscuro de la pandemia

Soledad Vallejos
·10  min de lectura
Las terapia intensiva para pacientes con Covid-19 están colapsadas y en algunos hospitales, como el Domingo Angio de José C. Paz, se amplían hasta en salas de pediatría
FABIAN MARELLI

El día arranca temprano para Arnaldo Dubin, jefe de la terapia intensiva del Sanatorio Otamendi, cuando a las 6 de la mañana llega a la sala y se pone al día de las principales novedades que tienen que ver con sus pacientes. De 8 a 10, discute con todo el equipo médico sobre los diagnósticos de cada uno, cuáles son los tratamientos a implementar o la medicación que debe modificarse. Esta es una de las actividades más importantes para Dubin, porque explica que es en ese intercambio con sus colegas donde se unifican criterios, conductas y procedimientos a seguir en medio de una situación crítica como la actual, donde la ocupación de camas de terapia intensiva alcanzó sus niveles más altos desde el inicio de la pandemia. Por la tarde, la variedad de tareas van desde cuestiones más administrativas y reuniones con el comité de crisis hasta el llamado, uno por uno, a los familiares de todos sus pacientes, enfermos de coronavirus en estado grave, la mayoría ventilados mecánicamente, y con altas chances de morir. “Las charlas con las familias resultan una de las partes más agobiantes de cada día, por la angustia que eso implica. Enfrentamos cotidianamente la muerte, la faceta más oscura de la pandemia, y sabemos que el sistema está saturado; no puede dar más de lo que da. Para minimizar el daño, evitarlo ya no se puede, la única manera son las restricciones duras por algunas semanas para volver a invocar las responsabilidades individuales. Es el momento de dejar las medidas tibias y el negacionismo criminal de lado”, dice el especialista, que también es investigador en la Universidad Nacional de La Plata.

"Enfrentamos cotidianamente la muerte, la faceta más oscura de la pandemia", dice el doctor Arnaldo Dubin, jefe de terapia intensiva del sanatorio Otamendi
Santiago Filipuzzi


"Enfrentamos cotidianamente la muerte, la faceta más oscura de la pandemia", dice el doctor Arnaldo Dubin, jefe de terapia intensiva del sanatorio Otamendi (Santiago Filipuzzi/)

Las marcas históricas en la ocupación de camas de UTI que reportó el Ministerio de Salud de la Nación durante los últimos días, son una de las principales diferencias entre la primera y la segunda ola de contagios de Covid-19. También cambió el perfil de los internados en estado grave, que son cada vez más jóvenes y sin comorbilidades. Este nuevo cóctel encendió el código rojo de las salas de terapia, y preocupa como nunca antes a los jefes de los servicios de sanatorios y hospitales del AMBA, que fueron consultados por LA NACION para entender cómo se trabaja hoy en las unidades de cuidados intensivos, donde se juega la última chance para darle pelea al virus.

“La fatiga implica que los pacientes se mueren”

La situación, dice sin vueltas Dubin, es de “colapso sanitario”. De desborde en la infraestructura, personal y medios necesarios para enfrentar la situación. “Los intensivistas somos el cuello de botella, la limitante del sistema, estamos en una etapa de destrucción terminal; éramos pocos antes de la pandemia que diezmó nuestras filas, persisten las malas condiciones laborales y la remuneración baja. Hemos sido sometidos a una carga de trabajo brutal, estamos exhaustos, física y anímicamente porque el trabajo es demoledor. Nunca vi algo así en 40 años de experiencia -dice, alarmado, Dubin-. Estamos con fatiga, y la fatiga en terapia intensiva nos afecta de forma personal. La fatiga implica que los pacientes se mueren más, está científicamente comprobado”.

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El celular, como casi todos, es lo primero que chequea cuando abre los ojos cada mañana la doctora Célica Irrazábal, jefa de la Unidad División Terapia Intensiva, del Hospital de Clínicas, en su caso por si hubiera llegado a ocurrir algún problema durante la noche. Porque la problemática del hospital, dice, la acompaña en todo momento. Antes de las 8, ya está visitando a todos los pacientes de las salas para saber si hubo algún problema durante la madrugada. “Aún no tuvimos que lamentar esa imagen espantosa donde no hay lugar para asistir a la gente, pero la situación es complicada -reconoce-. De las 50 camas que hoy disponemos están todas ocupadas, en su mayoría por pacientes Covid. En la medida de lo posible, también tratamos de no retrasar las cirugías programadas que deben ser asistidas. Y aunque tenemos un giro de cama lento [el indicador que mide la rotación media de las camas y expresa cuántos pacientes pasan en un período dado] cada jornada se liberan dos o tres lugares que permiten algunos ingresos. Si la cosa empeora, tenemos planificados ciertos recursos, como reservas de camas de pediatría. Y si eventualmente llegara una avalancha de pacientes abriremos los quirófanos”.

La doctora Célica Irrazábal, jefa de la Terapia Intensiva del Hospital de Clínicas, contó que están trabajando al límite de su capacidad
Santiago Filipuzzi


La doctora Célica Irrazábal, jefa de la Terapia Intensiva del Hospital de Clínicas, contó que están trabajando al límite de su capacidad (Santiago Filipuzzi/)

Los tres factores que preocupan en la segunda ola

La posibilidad de expandirse no solo ya fue pensada, también se hizo un ensayo en el Clínicas durante la primera ola, el año pasado, donde se llegaron a disponer de 80 camas de cuidados intensivos, aunque no fueron utilizadas en su totalidad. Sin embargo, lo que más le preocupa a Irrazábal ahora tiene que ver con tres factores: la falta de recursos humanos para hacer frente a un desborde, la alta tasa de mortalidad en pacientes ventilados mecánicamente, que según la médica ronda el 50 %; y el descenso en la edad de los enfermos críticos, que de acuerdo con registros propios del Clínicas bajó, en promedio, de 70 a 62 años.

“No hay suficientes médicos intensivistas. Es una especialidad muy sacrificada que no tiene la misma remuneración que otras. Nosotros trabajamos codo a codo con los residentes, que a pesar del esfuerzo incansable a veces se sienten como el último orejón del tarro”, cuenta Irrazabal. Sobre este punto, Dubin agrega: “Podríamos conseguir camas, respiradores, monitores. ¿Pero quién los va a manejar? La falta de personal es un gran problema. Podemos intubar a 100 pacientes en una sala de clínica médica, monitoreados por médicos que no conocen lo suficiente sobre la ventilación mecánica y, muy probablemente, estos pacientes se mueran. Forman un médico intensivista demora al menos 4 años, y nadie quiere serlo”.

La unidad de medida más representativa para el doctor Luis Landry desde que comenzó la pandemia es la semana. Con ese indicador, el jefe de Terapia Intensiva del Hospital Garrahan, analiza la evolución de los contagios y el impacto del Covid-19 en este segmento de la población. En la semana número 11 de 2021, en el hospital había 27 niños y niñas que tenían coronavirus en seguimiento. En la semana 16, ese número saltó a 92; de los cuales unos 34, actualmente, están internados en el hospital; y un total de 6 debieron ser derivados a la sala de cuidados intensivos. “Hay un aumento importantísimo en los casos, es innegable. Es cierto que esperábamos una segunda ola pero más cerca del inicio del frío, y se adelantó. El año pasado, apenas tuvimos dos casos que llegaron a terapia. De estos seis pacientes que tenemos ahora, cinco están con respirador, pero son todos chicos que tienen comorbilidades, enfermedades complejas en su mayoría”, responde el especialista, y reconoce que la situación en el Garrahan, siempre con respecto al Covid-19, es “más holgada” que en los centros de salud donde se tratan adultos.

El doctor Luis Landry, jefe de Terapia Intensiva del Hospital Garrahan
Santiago Filipuzzi


El doctor Luis Landry, jefe de Terapia Intensiva del Hospital Garrahan (Santiago Filipuzzi/)

Por eso, Landry explica que ante una posible situación de desborde, hay diseñadas distintas estrategias. “Por el momento no nos han pedido internar adultos ni tampoco recibimos derivaciones de otros hospitales que debieron ceder las camas de pediatría a los pacientes adultos. Pensamos que eso podría llegar a ocurrir, tanto el año pasado como ahora, por eso habíamos hecho un arreglo de ese tipo con el Hospital Posadas, por ejemplo. Si ellos se veían superados en la atención pediátrica nos iban a derivar pacientes. Nada de eso pasó finalmente”, cuenta Landry, que ya está vacunado con el plan completo, al igual que el resto de casi 5000 empleados del hospital, que tiene una fuerza laboral de 6700 personas, incluyendo a todos los trabajadores tercerizados y al personal no médico.

Entre las diferencias entre la primera y segunda ola, Landry aporta otra mirada, y reconoce que la campaña de vacunación entre el personal médico ayudó a bajar el estrés y el miedo. También, y aunque los contagios en los chicos hayan crecido notablemente, la evidencia confirma que las complicaciones severas en niños sanos son excepcionales. “El único cuadro que tuvimos en varios pacientes fue el sindrome inflamatorio multisistémico [una afección grave que parece estar relacionada con la enfermedad por Covid-19] pero afortunadamente todos fueron dados de alta sin secuelas”, reporta Landry.

Se buscan enfermeros

A Ivonne Ríos le faltan apenas unas materias para recibirse de licenciada en enfermería, en la Universidad de Quilmes, y cuenta que las ofertas de trabajo le llueven para formar parte de los equipos de las unidades de terapia intensiva. “Empecé en clínica médica, apenas comenzaban a registrarse los primeros casos en el país. Después pasé a trabajar en un servicio de guardia y ahora estoy en la terapia intensiva del Sanatorio Antártida, sobre la avenida Rivadavia. En comparación con el año pasado, además de la explosión de casos, hay un agobio muy grande, y sobre todo en las salas de cuidados intensivos. En estos últimos días el colapso fue tan grande que en la guardia había pacientes intubados”, cuenta Ríos, que a pesar de su reciente experiencia, y apenas con 25 años, tiene más ofertas laborales de las que hubiera imaginado. “Hay búsquedas todo el tiempo, pero tengo compañeros que tienen hasta tres trabajos porque los sueldos son muy malos”.

A Ivonne Ríos le faltan algunas materias para recibirse de licenciada en enfermería
A Ivonne Ríos le faltan algunas materias para recibirse de licenciada en enfermería


A Ivonne Ríos le faltan algunas materias para recibirse de licenciada en enfermería

El Hospital San Martín de La Plata es uno de los más grandes de la provincia. Allí trabaja, con una experiencia de más de 20 años y siempre en terapia intensiva, la doctora Gabriela Sáenz, jefa actual del área. Con una capacidad casi al límite en la ocupación de camas, al 98 %, Sáenz es categórica: “Hasta ahora no tuvimos la necesidad de rechazar pacientes, pero no sabemos qué puede pasar si esto sigue así. Existe un mecanismo de derivación en la provincia que está coordinado y funciona en tiempo real con información precisa. Pero ya quedan pocos hospitales donde hacer derivaciones. Entre la primera ola y ésta fuimos sumando camas. Algunas le dimos de baja durante el verano y luego las volvimos a habilitar. Hoy, en nuestro hospital son 33, y los terapistas estamos sobrecargados de trabajo. Tenemos ayuda de los cardiólogos, anestesistas y especialistas de otras áreas; también se incorporaron enfermeros. Pero el recurso humano es finito”.

En medio de la aceleración de los contagios de las últimas semanas y el aumento de la cantidad de muertes por Covid-19, hubo más de 2500 fallecidos en la última semana, se habló poco de la alta mortalidad que se registra en las UTI y se debatió demasiado sobre la presencialidad en las escuelas. “Los medios se basan en la variable escuelas cerradas o abiertas porque la gente quiere escuchar esto. Pero tenemos que bajar inmediatamente la circulación del virus. Siempre hay alrededor de un 5 % de pacientes que van a cursar la enfermedad de forma grave, y en la medida que hay más casos también aumenta ese número en términos absolutos. Es como si estuviéramos viviendo otra pandemia, con personas jóvenes, de 35, 37 o 41 años que evolucionan hacia un cuadro grave, y a las que no podemos salvar”, remata Sáenz.