En México, el teléfono de un médico suena en tiempos de covid y él llega a tu casa

Azam Ahmed
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Gutiérrez responde al mensaje de un paciente sentado en su patio trasero, rodeado de vecinos. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Gutiérrez responde al mensaje de un paciente sentado en su patio trasero, rodeado de vecinos. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

REYNOSA, México — Gustavo Gutiérrez se estacionó en la esquina residencial y dio un vistazo a la calle. Al poco tiempo, un hombre corrió hacia él, con la desesperación grabada en el rostro.

“Dentro, doctor, está adentro”, dijo el hombre, señalando su casa. Su esposa se estaba muriendo de covid.

En la oscura sala de estar, la mujer, Dolores Bustamante Robles, desplomada en un sofá, sorbía lentamente oxígeno de un tanque oxidado. El doctor se agachó para revisar sus signos vitales. La familia se preparó para recibir malas noticias.

“¿Cuál es su comida favorita?”, preguntó finalmente Gutiérrez.

Confundida, susurró: “¿Tamales?”

“Bueno”, dijo él, metiendo el estetoscopio en su bolsa. “Cuando esté mejor, voy a venir y me va a preparar unos”.

Si la risa cura, Gutiérrez, un médico afable convertido en clínica médica ambulante, ha desarrollado una inusual práctica en los turbulentos tiempos de la COVID-19. Emplea el humor, la positividad y la cercanía, cualidades que a la mayoría de los pacientes les han sido arrebatadas por la pandemia.

También se ocupa de uno de los problemas más fastidiosos que enfrentan los funcionarios mexicanos que luchan contra el virus: la negativa de los pacientes a buscar tratamiento en los hospitales. El profundo temor a los hospitales ha hecho que miles de personas mueran en sus casas sin recibir la atención adecuada.

De hecho, después de haber visto las espantosas condiciones de hacinamiento y las infecciones desenfrenadas en los centros médicos de Reynosa, donde él mismo contrajo el virus, Gutiérrez difícilmente podría culparlos.

Así que ideó una solución elegante: él, contra todo consejo, daría el tratamiento directamente a los que lo necesitaran. Según sus cálculos, ha atendido a más de 200 pacientes en sus casas desde junio, de viaje entre Reynosa, la ciudad más grande del estado con 600.000 habitantes, y Matamoros, otra gran ciudad fronteriza.

“La gente está sufriendo de maneras que no te puedes imaginar, y si traemos ese miedo con nosotros, eso solo les hace tener más miedo”, dijo Gutiérrez, de 39 años. “La peor parte de este maldito virus es que hemos perdido nuestra humanidad”.

Ese día, Gutiérrez visitaría seis casas más antes de dirigirse a su turno de la noche como urgenciólogo de un hospital regional, una rutina de 20 horas diarias que ha mantenido desde que comenzó las visitas a domicilio.

Empezó a principios de verano, cuando un vecino que se dedica al negocio de la construcción le contó que sus trabajadores empezaron a enfermarse, y le pidió que los chequeara. Los hospitales estaban llenos, dijo.

El doctor Gustavo Gutiérrez revisa a una paciente de covid. Calcula que desde junio ha visitado a unos 200  pacientes. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
El doctor Gustavo Gutiérrez revisa a una paciente de covid. Calcula que desde junio ha visitado a unos 200 pacientes. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

Gutiérrez, que estaba en casa recuperándose de su propia infección, accedió a verlos en su jardín. En el transcurso de una semana más o menos, vio a decenas de personas, hasta que otro vecino se quejó de que iba a contagiar a todo el mundo.

Pero para entonces, se había corrido la voz. Recibía llamadas de números desconocidos y decidió que, armado con anticuerpos después de recuperarse, comenzaría a ver a los pacientes en sus casas.

Hoy en día, su teléfono suena no menos de 50 veces al día. En los días de mucho trabajo, ve hasta 25 personas y cobra unos 90 dólares a los que pueden pagarlo, y nada a los que no pueden.

“Me resulta un poco difícil disfrutar de mi propia vida”, admite. “Pero si fuera mi familia la que buscara ayuda, yo querría que el médico respondiera”.

Su esposa, Jocelyn Guerrero, bromea diciendo que ella o sus dos hijas pequeñas tendrán que enfermarse para llamar su atención.

“Él siempre ha sido así”, sonrió una mañana, mientras pasaba su mano por el pelo corto de su esposo durante el desayuno. “Solo que ahora, en lugar de estar por aquí unas dos horas al día, apenas lo vemos”.

En la media hora que Gutiérrez pasó con Bustamante y su familia, perdió ocho llamadas telefónicas. Y su teléfono volvió a sonar cuando se acomodaba en su camioneta: era un hombre que llamaba de parte de su suegra, a una hora de distancia en Matamoros.

“Está muy mal”, dijo.

El médico le dio un consejo básico —debía acostarse boca abajo y beber agua— y prometió visitarla poco después esa misma semana.

Las llamadas siguieron. Un joven al borde de las lágrimas, con miedo de que su madre muriera. Y entonces el teléfono volvió a sonar, por tercera vez en cuatro minutos.

“Ni siquiera puedo responder a todas las llamadas”, suspiró, al ignorar la siguiente que entraba. “En realidad es solo casualidad y suerte”.

La siguiente parada fue la casa de un trabajador de mantenimiento de 25 años, Fabián de León Sánchez, quien había trabajado con Gutiérrez en el hospital.

Había contraído el virus en el trabajo, muy probablemente mientras transportaba un respirador, y sin embargo se negó a ser hospitalizado a pesar de que los niveles de oxigenación de la sangre eran del 73 por ciento, un nivel peligrosamente bajo.

“Era horrible en el hospital”, dijo De León, sentado en la cama. “Preferí recuperarme en casa”.

Ahora estaba mejor, no al 100 por ciento, pero lo suficiente para reírse y bromear con el médico.

Gutiérrez, que se ha convertido en una celebridad menor en las redes sociales, le pidió al joven que se le acercara para una foto para publicar en Facebook. De León, deseoso de mostrar su triunfo sobre el virus, le pidió a su esposa que le trajera sus guantes de boxeo para la foto.

Afuera, el sol arrojaba un calor infernal sobre la ciudad, con la temperatura rozando los 38 grados. El teléfono de Gutiérrez comenzó a sonar de nuevo. Otra videollamada de WhatsApp.

En la pantalla, un hombre mayor yacía en una cama cubierta con una sábana verde. Su rostro parecía casi congelado. El hijo del hombre giró la cámara y pidió ayuda al médico.

Gutiérrez comenzó con sus preguntas habituales sobre los síntomas y las condiciones preexistentes.

“¿Tiene un abanico o aire acondicionado? ¿Y está bebiendo agua?”, preguntó el médico.

No, dijo el hijo.

“Está en esa casita, cocinándose”, explicó el doctor. “Mucha gente está simplemente deshidratada”.

Otra llamada. La familia de la señora Bustamante, con preguntas sobre la receta que había dejado.

La hija de una mujer de 74 años, que se había enfermado diez días antes, llamó a continuación. Prometió visitarla.

“No sea tímida”, dijo con una sonrisa. “Llámeme y hágame acordar si no le confirmo”.

Gutiérrez estacionó en un hospital privado al final de la calle de su casa, donde atendió otras tres llamadas.

Se había acostumbrado a usar las instalaciones para los enfermos que no creía que pudieran sobrevivir en su casa. Adentro, saludó en voz baja a la familia de uno de sus pacientes, apiñada en la sala de espera, demasiado adormecida para llorar.

El padre había muerto esa mañana, era el segundo miembro de la familia que había perdido la vida por la COVID-10. Una semana antes, la hija de 29 años había fallecido por complicaciones del virus.

Las hijas y la esposa esperaban el último papeleo.

Gutiérrez llamó a la hija más joven de la familia, de 27 años, a una habitación privada. Llevaba un gran carpeta consigo. Él sacó un montón de formularios y pidió las credenciales de trabajo de su padre.

Cuando pidió una identificación del seguro social, ella se puso nerviosa, rebuscando en las pestañas de la carpeta archivadora.

“Honestamente, no nos preparamos para esto”, dijo, con la cara sonrojada. Continuó hurgando en el expediente, se detuvo y miró al doctor.

“Con mi hermana, sabíamos más o menos lo que estaba pasando”, añadió, ya recompuesta. “No nos esperábamos esto”.

Afuera, el doctor encendió su camioneta y puso el aire acondicionado. Revisó su teléfono. Seis nuevas llamadas perdidas.

No quiso hablar mucho sobre el paciente fallecido, un hombre llamado Mario, que dejaba una esposa y dos hijas sobrevivientes.

No es que le afectara, dijo. Ya había superado eso hace mucho. No se dejaría atrapar por el dolor, porque hacerlo haría imposible su trabajo.

Y en ese momento, mientras el teléfono seguía sonando en el tablero, tenía más pacientes que ver.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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