'Es tardado': los médicos de cuidados intensivos ayudan a sus antiguos pacientes de COVID a mejorar

Sheri Fink
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Gilbert Torres en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Comunitario Martin Luther King Jr. de Los Ángeles, el 26 de enero de 2021, horas después de que se le retirara el tubo de respiración. (Isadora Kosofsky/The New York Times).
Gilbert Torres en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Comunitario Martin Luther King Jr. de Los Ángeles, el 26 de enero de 2021, horas después de que se le retirara el tubo de respiración. (Isadora Kosofsky/The New York Times).

LOS ÁNGELES — Tres días después de que salió del Hospital Comunitario Martin Luther King Jr., Gilbert Torres regresó en una camilla, con un tubo transparente que serpenteaba desde su nariz hasta un tanque de oxígeno. Era el último lugar en el que quería estar.

Pero Torres, de 30 años, que acababa de pasar dos semanas conectado a un respirador en la unidad de cuidados intensivos (UCI), no estaba ahí porque su condición hubiera empeorado. Estaba allí de visita en una nueva clínica ambulatoria para los supervivientes de COVID-19, cuyo objetivo es tratar sus heridas físicas y psicológicas persistentes, y evitar que tengan que volver a ingresar al hospital.

Diversos centros médicos en Estados Unidos, incluyendo el Hospital General de Massachusetts, han creado clínicas parecidas, una señal de que cada vez hay más consciencia de la necesidad de tratar los efectos a largo plazo del COVID. Otros hospitales que ya contaban con programas de atención posterior a los cuidados intensivos han añadido un gran número de pacientes de COVID a sus listas: el hospital Health Methodist de la Universidad de Indiana, por ejemplo, ha tratado a más de cien. Y algunas instituciones, como el Centro Médico Providence St. Jude de Fullerton, California, tienen programas de recuperación que también atienden a pacientes con coronavirus que nunca fueron hospitalizados.

“Invertimos el mil por ciento de nuestra energía en estos pacientes”, comentó Jason Prasso, uno de los médicos de cuidados intensivos en el Hospital MLK que crearon dicha clínica. “Nos sentimos responsables de que mejoren incluso después de que salen del hospital”.

Mucho antes de la pandemia, los médicos sabían que algunos pacientes que se están recuperando de enfermedades graves desarrollan una constelación de síntomas conocidos como síndrome poscuidados intensivos, entre los que se encuentran la debilidad muscular y la fatiga. La depresión, ansiedad y deficiencias cognitivas se presentan en aproximadamente la mitad de las personas que fueron conectadas a un respirador en la UCI, según algunos estudios. Alrededor de un cuarto de estos pacientes llega a presentar el trastorno de estrés postraumático. El riesgo es mayor entre las personas que han tenido fallas respiratorias, estancias largas en el hospital y tratamiento con medicamentos para sedarlos o paralizarlos, todo lo cual es bastante común entre los pacientes más graves de coronavirus. Un nuevo estudio arbitrado de 45 pacientes que estuvieron en cuidados intensivos debido a complicaciones por COVID-19 en el Hospital Monte Sinaí en Nueva York encontró que más del 90 por ciento reunía los criterios para considerar que tenía dicha afección.

Prasso y sus colegas crearon la clínica en el Hospital MLK tras darse cuenta de que muchos de los pacientes cuyas vidas ellos se habían esforzado por salvar recibían poca atención de seguimiento. El hospital se encuentra en una zona de bajos recursos donde los servicios sanitarios, que incluso antes de la pandemia ya eran insuficientes, se han vuelto aún más escasos.

Desde su apertura en agosto, la clínica ha atendido a más de 30 pacientes. Durante las visitas, que son los martes por la mañana e incluyen un examen físico y otro de salud mental, suele haber conversaciones sobre los problemas de vivienda, seguridad alimentaria y empleo que pueden surgir a causa de los síntomas a largo plazo. También se ofrece a los pacientes atención espiritual.

Gilbert Torres, a la izquierda, regresa al Hospital Comunitario Martin Luther King Jr. de Los Ángeles, donde estuvo conectado a un respirador en la unidad de cuidados intensivos, el 9 de febrero de 2021. (Isadora Kosofsky/The New York Times).
Gilbert Torres, a la izquierda, regresa al Hospital Comunitario Martin Luther King Jr. de Los Ángeles, donde estuvo conectado a un respirador en la unidad de cuidados intensivos, el 9 de febrero de 2021. (Isadora Kosofsky/The New York Times).

El primero en entrar al consultorio donde estaba Torres en febrero fue Rudy Rubio, un capellán del hospital que lo había visitado a menudo en la unidad de cuidados intensivos. El pastor le preguntó si podían orar juntos y le dijo que podía conseguirle una Biblia.

Torres, cuyos padres huyeron de la guerra en El Salvador, creció en ese vecindario y trabajaba limpiando camiones grandes en el autolavado de camiones Blue Beacon. Aunque tenía obesidad mórbida —un factor de riesgo para enfermarse gravemente de COVID-19— le gustaba correr y andar en bicicleta, y rara vez necesitaba acudir al médico. No tenía idea de cómo se había contagiado del coronavirus ni por qué se había enfermado tanto que los doctores tuvieron que insertarle un tubo para respirar a las horas de su llegada al Hospital MLK. Durante varios días antes de que empezara a dar señales de mejoría, los médicos temían que no sobreviviría.

“Te has salvado”, le dijo el capellán en la clínica. “¿Cómo vas a aprovechar esta oportunidad?”.

Cuando Prasso entró al consultorio, primero Torres no lo reconoció sin su equipo y casco de protección personal. “Fuiste tú”, dijo cuando por fin se dio cuenta de con quién hablaba.

Mientras el médico lo examinaba, Torres le comentó que podía recorrer distancias cortas, pero le preocupaba que si lo hacía sus niveles de oxígeno disminuirían. “Es tu mente que juega contigo”, le dijo Prasso. “Tal vez sientas que te falta el aire, pero tu oxígeno puede estar totalmente normal”.

La clínica se encargaría de conseguirle a Torres una máquina portátil de oxigenación porque los tanques pequeños escaseaban en todo el país, comentó el doctor. Le explicó que podrían pasar unas cuantas semanas o muchos meses para que los pacientes ya no necesitaran oxigenación, aunque quizá otros la requieran de manera indefinida.

Torres mencionó otro problema. Un fisioterapeuta asignado para darle consulta a domicilio había cancelado. “Muchas de las agencias están un poco renuentes ahora a ir a la casa de las personas por el COVID”, le explicó Prasso. Dijo que la clínica podía registrar a Torres en un programa de rehabilitación pulmonar, así podría trabajar con terapeutas enfocados en la recuperación de sus pulmones.

Torres dijo que se sentía ansioso y le atormentaban los recuerdos de los monitores que sonaban en la UCI y la sensación de que se ahogaba. Apenas había dormido desde su regreso a casa y aún no había visto a su hijo de 5 años, que se estaba quedando un tiempo con sus abuelos. Torres temía derrumbarse delante de él.

“Todo lo que sientes es normal”, le aseguró Prasso. “Solo tienes que saber que esto que viviste es un trauma. Eso se tarda en sanar”.

Para cuando la ambulancia de transporte lo recogió para llevarlo a su casa, Torres dijo que se sentía mucho mejor que cuando llegó. Se reunió con su hijo pequeño, Austin, un par de días después, y ha seguido mejorando en las semanas que han transcurrido desde entonces.

Torres visitó la clínica dos veces más, en febrero y marzo. Aunque al final rechazó la rehabilitación ambulatoria —en su lugar prefirió subir escaleras y hacer otros ejercicios él solo en casa— dijo que sentía que lo cuidaban y le dio gusto haber ido.

Un trabajador social de la clínica lo puso en contacto con un médico de atención primaria en el sistema del Hospital MLK para que le diera seguimiento. Un osteópata manipuló su espalda y le enseñó a hacer estiramientos que le ayudaran a aliviar la incomodidad que sigue sintiendo a raíz de estar en una cama de hospital. Y la semana pasada, en su consulta más reciente, el personal de la clínica colgó un letrero para felicitarlo y gritó: “¡Sorpresa!”, cuando entró, para celebrar su “graduación” de tener que usar un tanque de oxígeno.

Aún necesita más fortaleza y resistencia antes de poder regresar a su empleo en el lavado de autos que le exige mucho en términos físicos, dijo, pero “ya estoy haciendo mucho más”. Añadió que la ansiedad ya no lo persigue. “Me siento genial”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company