Tíbet: autopistas a las puertas del cielo

Agencia EFE
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Lhasa, 2 nov (EFE).- Tíbet, el techo del mundo, el milenario paraje donde los lamas conversaban con las alturas, sigue deslumbrando, pero, en muchos lugares, excavadoras, autopistas y modernas torres de apartamentos han reemplazado el pastoreo de los yaks y la reposada oración de los monjes.

La construcción china avanza imparable entre las cumbres himaláyicas y ahora es posible recorrer en unas horas trayectos para los que hace poco hacían falta días o cruzarse con un pastor a 4.000 metros de altura ofuscado en la pantalla de su móvil 5G.

Según el Gobierno, este año se ha conseguido erradicar la pobreza extrema, un mal endémico del Tíbet, donde el pastoreo ha sido tradicionalmente la única fuente de ingresos para buena parte de sus habitantes, en su mayoría muy pobres.

Pero también avanza la desertificación: auténticas dunas de arena se observan cada vez más en montañas y ríos por el cambio climático.

Y otro tanto sucede con el predominio del chino mandarín en las aulas y en las calles.

También llaman la atención los enormes carteles rojos que en todas las autopistas y ciudades agradecen su apoyo al "Partido" y llaman a la unidad, algo que no se veía hace apenas dos años.

MÁS ETNIA HAN, MENOS TIBETANA

La inmensa región del Tíbet, con una superficie seis veces mayor que la de España y una altitud media de 4.900 metros, tiene unos 3,5 millones de habitantes.

Según los datos del censo oficial chino de 2010, el 90,48 % era de etnia tibetana, el 8,17 % han -la mayoritaria en China- y el resto de las 40 minorías étnicas que pueblan la región.

El porcentaje de etnia tibetana ha ido decreciendo en las últimas décadas -95,5 % en 1990 y 92,8 en 2000- mientras que el de etnia han no ha dejado de crecer -3,4 % en 1990 y 5% en 2000-, y se estima que actualmente pueda estar ya por encima del 10 %.

La presencia de chinos han es palpable sobre todo en las ciudades, en cuyas afueras se elevan por altas torres residenciales, muchas con viviendas todavía sin habitar.

La ley de unidad étnica, que entró en vigor el pasado 1 de mayo, establece una participación equitativa de los grupos no tibetanos en todos los niveles de la Administración.

En los últimos años, las inversiones del Gobierno central en Tíbet han sido colosales, tanto en infraestructuras como en la reducción de la pobreza. Solo en la construcción de autopistas y carreteras han trabajado 547.000 personas, cerca de un sexto de su población.

Desde 2016, Pekín ha invertido 74.848 millones de yuanes (11.110 millones de dólares) en proyectos para mejorar el acceso a la salud, la educación, el agua potable, la vivienda o las infraestructuras de las zonas más depauperadas.

Gracias a esta inversión, 628.000 tibetanos han abandonado el umbral de la pobreza y 266.000 de ellos han sido realojados, según indicó en Lhasa el secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) en Tíbet, Wu Yingjie, a los medios que participaron en un viaje organizado por las autoridades, la única vía de acceso a la región para los periodistas extranjeros.

Wu asegura que tanto el programa de realojamiento como el de transferencia laboral han sido "totalmente voluntarios".

El ingreso neto medio anual de la población más pobre ha pasado de 1.499 yuanes (223 dólares) en 2015 a 9.328 yuanes (1.388 dólares) en 2019, y 173.000 habitantes han accedido al agua potable, de acuerdo con la principal autoridad de la región.

PASTORES CONVERTIDOS EN HOTELEROS

Ru Sen Yen pastoreaba cabras en una aldea remota del suroeste del Tíbet por encima de los 4.800 metros de altitud por 9 yuanes al día (1,34 dólares).

En la aldea del altiplano donde ha sido realojado, a medio camino entre Lhasa y Shigatse (la segunda ciudad del Tíbet), se acogió a un programa para convertir el piso superior de la vivienda en un pequeño hotel de seis habitaciones, que gestiona con su mujer y la ayuda de una cooperativa local encargada del mantenimiento y limpieza.

"En verano no hay tantos clientes, pero en invierno está lleno de turistas chinos", dice en el salón de su casa, presidido por un gran retrato del presidente chino, Xi Jinping.

Dice estar contento con su nueva vida y con los ingresos que le aporta: el 40 % de los 150 yuanes (22,3 dólares) que cuestan por noche sus habitaciones. El 60 % restante va para la cooperativa.

"En el pasado, cuando vivían mis padres, echaría de menos posiblemente mi hogar en las montañas, pero ahora ya no", explica.

REUMATISMO EN LAS ALTURAS

Zi Tan Wan Mo, una mujer en la treintena, lleva dos años realojada en la aldea de Cai Qu Tang, construida en 2017 para acoger a campesinos pobres y enfermos bajados de la alta montaña hasta cerca de los 3.000 metros.

Vivía con su marido y su hija, de 4 años ahora, por encima de los 5.000 metros, en alturas donde alguien desacostumbrado necesita oxígeno. Apenas se alimentaban con leche y mantequilla de yak.

"Me gusta la vida aquí, todas las condiciones son mejores, la familia puede tener servicios médicos y educación. A veces echo de menos la vida arriba, pero realmente era mucho más dura", cuenta mientras se quita la máscara que le protege de la COVID-19, aunque en el Tibet no ha se ha registrado ni un solo caso.

En Cai Qu Tang viven realojadas 683 personas, 204 de ellas afectadas de reuma o artritis reumatoide, enfermedades propias de la gran altitud.

La aldea dispone de un pequeño ambulatorio y un balneario termal, donde los enfermos -muchos con dificultades para caminar- pueden mejorar sus dolencias.

"En cada familia hay una o dos personas con reumatismo, nuestro tratamiento alivia el dolor y mejora sus condiciones de vida para que puedan valerse por sí mismos", comenta Shi Dan, médico del ambulatorio, donde también se dan masajes y se aplican remedios de medicina tradicional china, como la acupuntura.

LA LENGUA TIBETANA LANGUIDECE

El chino mandarín se ha impuesto en la enseñanza en detrimento del tibetano, que hace apenas una década era mayoritario en las escuelas.

"Solo las clases de lengua tibetana son en ese idioma, el resto se dan en chino. Cuando los alumnos no entienden bien el chino, los profesores, que son bilingües, les explican en tibetano", dice Ba Cheng, subdirectora del colegio del distrito Dui Long De Qing, en Lhasa.

Al centro asisten 2.188 alumnos de entre 12 y 15 años, 258 internos procedentes de familias realojadas y el resto de hogares con escasos recursos cercanos, todos ellos de etnia tibetana.

Dan Zeng Chaiang, un estudiante de 14 años que vive cerca del colegio, habla bien chino y afirma que le da igual aprender en mandarín o en tibetano.

"Cuando me encuentro con han hablo en chino y con mi familia y gente de etnia tibetana en ese idioma. Tenemos televisión en tibetano, no creo que nuestra lengua se pueda perder", asevera.

La televisión estatal tiene dos canales, uno en chino y otro en tibetano, y los diarios se difunden también en ambas lenguas.

¿FORMACIÓN FORZOSA?

En la ciudad suroriental de Nyingchi, conocida como "la Suiza del Tíbet" y muy cercana a la conflictiva frontera con el estado indio de Arunachal Prasdesh, que China reclama como propio, hay una escuela de formación técnico-profesional inaugurada hace un año.

En ella estudian y viven 2.190 alumnos de entre 16 y 19 años y de familias mayormente pobres, que aprenden hostelería, turismo, comercio electrónico, diseño, educación preescolar, tecnología agrícola, construcción o mecánica, con todos los gastos cubiertos por el Gobierno.

Se trata de los controvertidos programas de formación profesional y transferencia laboral que, según informaciones publicadas recientemente por medios anglosajones, serían forzosos.

"Nunca obligamos a los estudiantes a aprender ninguna materia o a optar por una profesión. Cuando entran aquí pueden elegir libremente lo que quieren aprender y después el trabajo en el que quieren emplearse. Esas informaciones son un completo sinsentido", asegura el subdirector del centro, Lai Yinghao.

La escuela está rodeada por una valla coronada con alambre de espino, pero Lai afirma que todos los alumnos pueden irse los fines de semana o de vacaciones a sus casas, lo que aseguran también los estudiantes.

LA AMENAZA DEL DESIERTO

Al sobrevolar el Tíbet, sorprenden las grandes dunas de arena que se observan en montañas, cuencas fluviales u orillas de los lagos. La reducción de las lluvias y el incremento de la temperatura propician que la desertificación avance en la cordillera más alta de la tierra.

El altiplano tibetano, conocido como el "tercer polo" del planeta, alberga la mayor reserva de agua tras la Antártida y el Ártico, además de las fuentes de los mayores ríos de Asia, fundamentos básicos de la vida de cerca de 1.400 millones de habitantes de sus riberas.

Según un informe publicado en 2015 por más de un centenar de investigadores de la Academia de Ciencias de China que observaron tres años la evolución de la región, el grado y la extensión de la desertificación se estaba intensificando. La meseta tibetana ya se está calentando dos veces más que la media del planeta, señaló ese estudio.

A falta de datos oficiales, resulta difícil saber cuánta superficie se ha convertido en desierto, pero un estudio de 2001 indicaba que 313.000 kilómetros cuadrados -tres veces el tamaño de Ecuador- se habían degradado y otros 30.000 podrían hacerlo.

El Gobierno chino ha invertido mucho en luchar contra la desertificación y plantado miles de árboles para contenerla. Pero el cambio climático es global y la reducción de emisiones de carbono, según los científicos, sigue siendo la única medida efectiva para que las montañas del techo del mundo puedan continuar protegiendo la vida en Asia.

Javier García

(c) Agencia EFE