“Sufrís por dentro y nadie se da cuenta”: la salud mental, una deuda pendiente para las estadísticas sanitarias y en la agenda social

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Las medidas restrictivas de la cuarentena por la pandemia de Covid-19 en el país agudizaron los trastornos de la salud mental de los argentinos
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“Miré durante unos segundos las vías del subte D, vi a la gente que estaba alrededor, volví a mirar las vías y se me cruzó la imagen de mi hija llorando al lado de un cajón, sintiendo que su mamá la había dejado. Ahí me dije: ‘Tengo que hacer algo’”. Daniela tenía 35 años cuando fue internada por depresión en una clínica privada, en 2020.

“La depresión te anula como ser humano; no te deja disfrutar de las cosas de la vida. Es un sentimiento de vacío y desesperanza que tenés adentro, una desconexión con todo, que te hace pedirle a tu cuerpo ‘levantate, bañate, comé, sonreí’ y supone mucho esfuerzo. Sufrís por dentro y nadie se da cuenta”, contó a LA NACIÓN.

Por la pandemia, se duplicaron los cuadros de depresión en niños y adolescentes

A menudo, la salud mental no recibe la importancia que merece, se estigmatiza y se transforma en un tema tabú. Para generar conciencia sobre su importancia es que hoy se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, fijado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los abandonos de las competiciones en los Juegos Olímpicos por Simone Biles y Naomi Osaka ayudaron a visibilizar la relevancia de preservar la salud mental para poder cuidar también la física. En la Argentina, como Daniela, una de cada tres personas desarrolla un problema de salud mental a partir de los 20 años, según datos del gobierno nacional. Los más frecuentes son el consumo de sustancias, la ansiedad y la depresión.

Desde la Federación de Psicólogos de la República Argentina (Fepra) aseguraron que no cuentan con datos estadísticos, “pero por los constantes intercambios entre profesionales, podemos afirmar que la demanda de consultas terapéuticas aumentó considerablemente en el marco de la pandemia por Covid-19, favorecido por el esquema de la tecnología virtual”, señaló el psicólogo Jorge Garaventa.

En la misma línea, la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA) aseguró que el número de pacientes se incrementó desde el inicio del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO), aunque tampoco poseen cifras estadísticas.

En 2018, a Daniela le diagnosticaron un trastorno mixto adaptativo con síntomas depresivos y ansiosos, producto de una situación de estrés entre el trabajo y el sustento económico, que a largo plazo le produjo un cuadro de depresión. “Un día, de repente, no me pude levantar de la cama. Tenía un cansancio inexplicable y sentía que mi cuerpo pesaba 200 kilos. Me hice análisis de sangre porque creía que tenía anemia, pero la tristeza y la angustia persistían y bajé mucho de peso”, explicó.

Fue entonces cuando le pidió a la madrina de su hija, que tenía 11 años, que le contactara con un psiquiatra. Le recetaron un antidepresivo, un antipsicótico, un estabilizador del ánimo y clonazepam. “En mi trabajo llegué a quedarme dormida en el escritorio. Estaba sobremedicada y actuaba como un robot, de forma automática. Me sentía totalmente vacía por dentro, como si no tuviera alma, y no sabía explicarlo. Así que inventaba que me dolía la panza o estaba contracturada”, aseguró.

Comenzó a consumir alcohol porque creía que le harían más efecto las pastillas. “Decidí internarme porque no quería que mi hija me viera llorar más. No sabía disfrutar el tiempo con ella y me sentía culpable. Vos en ese momento te sentís una carga y lo único que pensás es que si tu vida va a ser así, preferís morirte. Una noche llegué a calcular a qué edad sería menos traumático para mi hija que yo me suicidara. ‘Vivo unos años más y listo, me mato’, pensé”, destacó Daniela.

Según la Dirección de Estadística e Información en Salud (DEIS) del Ministerio de Salud de la Nación, la Argentina presenta una tasa de suicidio de 8,7 por cada 100.000 habitantes (2019) y éste se ha convertido en la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 10 a 19 años. En 2019 se suicidaron 3568 personas en el país.

La experiencia de Daniela en el centro no fue grata. “Estuve 26 días internada y teníamos 20 minutos para hablar con nuestra familia por teléfono en pandemia. Era como estar preso. Se oían gritos toda la noche y había personas atadas”, contó.

Rechazo e incomprensión

“Cuando la gente se imagina a alguien con depresión, piensan que llora todo el día y come helado en pijama. Yo me maquillaba, me ponía divina, pero tenía un enorme vacío. Que me ría de un chiste no quiere decir que esté bien. Hay mucho estigma alrededor de la salud mental”, enfatizó Daniela. “Mi familia no entendía lo que me pasaba. Odiaba que me dijeran ‘debes estar cansada’ o ‘ponete las pilas, tenés una hija’. Es algo que nos pasa a muchas personas y deberíamos poder naturalizar el hablar de ello”, agregó.

"A los padres nos cuesta decir: mi hijo tiene un problema de salud mental"

El director y psiquiatra del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), Marcelo Cetkovich, señaló que las personas con un diagnóstico de salud mental “sufren un gran estigma, por el que reciben una actitud de rechazo e incomprensión por parte de la sociedad”. “Le sucede a gran parte de la población argentina y el tratamiento permite la reinserción en la vida social, a pesar de que algunas condiciones mentales son crónicas, episódicas o recurrentes”, añadió.

“Tienen que poner ganas y saber que se sale”

“Primero estuve internada tres meses en una clínica. Tuve que dejar mi trabajo y mi casa y estaba todo el día postrada en una cama. Sentía que iba a estar así de por vida”. Natalia, que prefiere preservar su apellido, tenía 16 años cuando comenzó su tratamiento por anorexia nerviosa, que derivó de una depresión severa. Pesaba 25 kilos y se le había caído el pelo. Ahora tiene 38 años y su hija, dos. “Las personas con trastornos de la conducta alimentaria (TCA) tienen que saber que se sale, pero también que el paciente tiene que tener un mínimo de ganas de curarse. Es muy mental”, agregó.

Los padres de Natalia la llevaron al pediatra. Al ser menor, su tutela dependía de ellos. “Hace 20 años no había apenas información sobre los TCA y aún falta mucha preparación en los profesionales. No se puede tratar igual que una enfermedad física, de manera mecánica. No todos los que tenemos anorexia actuamos igual”, contó Natalia. “El gran problema es que todo el mundo piensa que la anorexia viene de pensar que estás gorda y de querer ser modelo. Yo tenía una gran depresión que no me dejaba comer. Un nudo en la garganta eterno. Actuaba por obligación, de manera mecánica, y me recibí con muy buen promedio y entré a mi primer trabajo. Pero no disfrutaba de nada”, agregó.

En 2010 llegó al Centro Especializado en Desórdenes Alimentarios (CEDA), donde le dieron el alta por cura tras cuatro años. “La salud mental está totalmente descuidada y gran parte de las patologías, salvo las que son hereditarias, se desencadenan a través de situaciones traumáticas que no fueron resueltas como se debía. Es algo que se reprime y que impide hacer la vida que supuestamente se debe hacer. El síntoma va a parar al cuerpo”, explicó Olga Ricciardi, directora y fundadora del centro.

“Lo más peligroso que tiene este trastorno es que quien lo padece no tiene consciencia. Le produce una cierta seguridad, un bienestar, y considera que tiene el control de su vida. Las patologías de TCA son atravesadas por la cultura de la extrema delgadez y la declinación de la palabra, más allá de la moda. La palabra está vedada y la comida simboliza lo verbal”, añadió Ricciardi, que indicó que en el marco de la pandemia aumentó un 24% la demanda de tratamientos por trastornos alimentarios en el centro.

Según la fundadora del centro, las patologías pueden curarse con un tratamiento individual, persistente y personalizado, con un equipo interdisciplinario en el que los profesionales estén conectados. “Se supera de a poco, no es rápido. Lo principal es que estés cómoda con los médicos que elijas. Hay que tener mucha paciencia”, enfatizó Natalia, y añadió: “Ahora hago vida normal. Sigo mis controles médicos una vez por año”. Pero la despidieron del trabajo: “Otra consecuencia de los trastornos mentales: me despidieron por ‘bajo rendimiento’”.

Daniela, que ahora tiene 38 años, dejó la medicación en marzo y mantiene la psicoterapia cognitivo-conductual. “El esfuerzo que se pueda hacer cada día es un logro gigante. No hay que tener miedo de hablar, la gente tiene que saber lo que nos pasa. Así la esperanza, muy de a poco, empieza a aparecer. No hay que rendirse”, dijo.

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