Sudáfrica funciona gracias al carbón; ¿podrá hacer su transición a las energías limpias?

Una discusión con los guardias de seguridad después de que comenzó la excavación en la mina de Opsirex en el pueblo de Phola, provincia de Mpumalanga, Sudáfrica, el 17 de marzo de 2022. (Joao Silva/The New York Times)
Una discusión con los guardias de seguridad después de que comenzó la excavación en la mina de Opsirex en el pueblo de Phola, provincia de Mpumalanga, Sudáfrica, el 17 de marzo de 2022. (Joao Silva/The New York Times)

PHOLA, Sudáfrica — Docenas de ganaderos estaban reunidos alrededor de la excavadora que escarbaba en una verde pradera situada en el cinturón de carbón de Sudáfrica y amenazaban al hombre que la controlaba: deja de excavar o derribarán la máquina.

Estaban desesperados por suspender la mina de carbón más reciente en Phola, un pueblo ubicado en las altas planicies del país, por el temor a que diezmara una de las últimas parcelas de tierra de pastoreo para su ganado.

“Si eso implica que moriremos por nuestras pertenencias, lo haremos”, comentó refiriéndose a su ganado uno de los ganaderos, Sifiso Mathibela.

Mathibela y los demás ganaderos eran, en muchos modos, manifestantes poco probables contra el carbón. Muchos de ellos trabajan en esta industria: el principal ingreso de Mathibela procede del transporte de carbón. Sus inversiones en el ganado son relativamente nuevas y son como una protección contra la expectativa de que Sudáfrica no puede funcionar toda la vida con carbón.

Pero al tiempo que una cumbre mundial sobre el cambio climático tiene lugar en Sharm el-Sheikh, Egipto, Sudáfrica ha demostrado ser el principal ejemplo de lo difícil que será para los países que dependen del carbón hacer su transición a fuentes de energía limpias y renovables.

Cerca del 80 por ciento de la electricidad de Sudáfrica proviene del carbón. Sudáfrica, la economía más industrializada y diversificada del continente, se ha comprometido a eliminarlo de manera gradual. En la cumbre mundial sobre el cambio climático del año pasado en Escocia, los países ricos prometieron ayudar a Sudáfrica con 8500 millones de dólares para que hiciera el cambio a sistemas de energía menos contaminantes.

Pero la mayor parte de los proyectos mineros de carbón, los cuales solían ser gestionados por conglomerados de propietarios blancos, han pasado a ser propiedad de personas negras, de acuerdo con las leyes aprobadas por el partido gobernante, el Congreso Nacional Africano (CNA), después del apartheid. Con esa riqueza finalmente en manos de los negros, a los analistas políticos y ambientales les preocupa que el CNA y sus aliados del sindicato no quieran soltar esta industria, sobre todo ante la insistencia de los europeos, mismos que se beneficiaron de los recursos de Sudáfrica durante muchas generaciones.

Agricultores y ganaderos intentan hacer que la maquinaria pesada deje de excavar en la mina de Opsirex, en el pueblo de Phola, provincia de Mpumalanga, Sudáfrica, el 29 de marzo de 2022. (Joao Silva/The New York Times)
Agricultores y ganaderos intentan hacer que la maquinaria pesada deje de excavar en la mina de Opsirex, en el pueblo de Phola, provincia de Mpumalanga, Sudáfrica, el 29 de marzo de 2022. (Joao Silva/The New York Times)

Aunque la empresa estatal de energía, Eskom, planea reducir de manera paulatina la mitad de su capacidad de energía impulsada por carbón durante los próximos trece años, un documento de planificación del gobierno pide la creación de nuevas centrales de carbón debido a que la red actual está tan sobrecargada que los apagones son frecuentes. El país sigue invirtiendo en industrias que requieren electricidad generada por carbón.

“Va en contra de todo sobre lo que hemos estado hablando en cuanto al compromiso de Sudáfrica de disminuir las emisiones”, señaló Nokwanda Maseko, economista principal de Trade & Industrial Policy Strategies, una institución de investigación económica en Sudáfrica.

El presidente Cyril Ramaphosa ha promovido de manera pública un cambio a energías renovables, pero su ministro de Recursos Minerales, Gwede Mantashe, ha sostenido que en los próximos años el carbón seguirá siendo una parte importante de la combinación energética del país.

Al hablar en la cumbre sobre el cambio climático el martes, Ramaphosa pidió a los países desarrollados que apoyaran el precio de este cambio.

“Nuestro continente solo contribuyó con el uno por ciento al daño que se le ha ocasionado al medioambiente y creemos que los países más industrializados, que están más desarrollados, deben cumplir el compromiso que hicieron”, señaló.

Ramaphosa planteó la preocupación de que la mayor parte del financiamiento que el grupo que incluye al Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos prometió a su país fue pensado como préstamos. Eso solo se sumará a una deuda que el país casi no puede pagar, aseveró con el argumento de que Sudáfrica necesita subsidios en vez de préstamos y que, para poder llevar a cabo una transición significativa, se requerirán 98.000 millones de dólares a lo largo de cinco años.

El lunes, los dirigentes de países ricos respaldaron el plan de Sudáfrica de invertir los 8500 millones de dólares principalmente en proyectos de energías renovables.

Las batallas sobre el futuro del carbón en Sudáfrica se están librando en Phola y otros pueblos mineros de toda la provincia de Mpumalanga, al noreste, la cual produce cerca del 80 por ciento del carbón del país. Las gigantescas centrales eléctricas impulsadas por carbón que están esparcidas por el plano paisaje rural de esa región hacen que Sudáfrica se encuentre entre los países del mundo que más emisiones de dióxido de carbono lanzan a la atmósfera.

Muchos de los residentes de la región dependen del carbón, pero también les urge dejar de usarlo.

Las estrepitosas explosiones provenientes de las minas agrietan las fachadas de concreto de sus casas al tiempo que las columnas de polvo hacen que a los niños les cueste trabajo respirar. Las objeciones de la comunidad hacia la minería casi nunca coinciden con la administración políticamente vinculada con el carbón, la cual, según los residentes, detecta a los residentes locales y les paga para que estos cabildeen en su representación. En un país donde más o menos una tercera parte de la población en edad productiva está desempleada, estas empresas les prometen empleo a algunos y hacen enojar a quienes se quedan fuera.

En Phola, un pueblo construido para los trabajadores negros del carbón en la época del apartheid, muchos de los activistas que combaten las minas no están pensando necesariamente en salvar al planeta, sino en satisfacer sus necesidades básicas. Y para muchos, el carbón no ha dejado de hacerlo.

Pese a todo el dinero que las empresas mineras han invertido alrededor de Phola a lo largo de los años, las condiciones básicas no han mejorado. Muchas personas siguen viviendo a la orilla de carreteras de terracería llenas de baches, algunas en chozas de lámina poco más grandes que las letrinas.

Los ganaderos que se enfrentaron a la excavadora, cosa que ocurrió en diciembre, tuvieron un motivo para celebrar cuando el hombre que la estaba manejando atendió sus demandas y dejó de excavar.

No obstante, el triunfo no duró mucho.

Unos cuantos días después, bajo el cobijo de la noche, las máquinas volvieron a retumbar. Los ganaderos, alertados por los pastores que dormían en el campo, corrieron hacia el sitio y el enfrentamiento comenzó de nuevo.

“Va a ser una batalla muy muy grande”, comentó Mathibela. “¿El carbón vale más que lo que hemos iniciado?”.

En marzo, los ganaderos presentaron una demanda para pedir que un tribunal detuviera las operaciones mineras de Opsirex.

La demanda tuvo el fuerte respaldo de Peter Masango, de 44 años, un adinerado agricultor que también ha ganado dinero con otros negocios, entre ellos, la administración de una flotilla de ambulancias que atienden las emergencias en las minas.

Una tarde, al celebrar una audiencia en su casa dentro de una comunidad con vallas cerca de Phola, Masango le presentó una propuesta a Mathibela: que si las autoridades mineras le ofrecían a cada agricultor 2 millones de rands (cerca de 113.000 dólares), estos deberían dejar de oponerse a las operaciones de la mina. Mathibela estuvo de acuerdo.

Pero ni esta propuesta ni la demanda llegaron a ninguna parte, ya que en abril un juez desechó la demanda.

Ahora, la maquinaria pesada ruge tan fuerte como siempre en ese sitio, de donde extrae el carbón para que Sudáfrica cuente con electricidad.

Con el cráter de la mina cada vez más grande y la tierra de pastoreo para su ganado cada vez más reducida, Mathibela se pregunta si todavía hay algo para él en Phola. Su abuela ha desarrollado una tos seca y él teme que también enferme su hija de 2 años.

Además, ya está pensando en su próximo negocio: la construcción de granjas solares y eólicas.

© 2022 The New York Times Company