Steve Bannon sabe algo

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Una trabajadora electoral en Port Orchard, Washington, el 3 de noviembre de 2020. (Ian Allen/The New York Times)
Una trabajadora electoral en Port Orchard, Washington, el 3 de noviembre de 2020. (Ian Allen/The New York Times)


En Politics Is for Power, el libro de 2020 de Eitan Hersh, politólogo de Tufts, retrató con gran nitidez (e intensidad) un día en la vida de muchos sujetos obsesionados con la política.

Actualizo las historias de Twitter para mantenerme al tanto de la crisis política del momento, luego reviso Facebook para leer noticias ciberanzuelo y en YouTube veo un collage de clips impactantes de la audiencia más reciente ante el Congreso. A continuación, me quejo con mi familia de todo lo que no me gustó de eso que vi.

En opinión de Hersh, eso no es política. Podría decirse que es una “afición por la política”. Lo cierto es que casi se trata del pasatiempo nacional en Estados Unidos. “Una tercera parte de los estadounidenses dicen que le dedican por lo menos dos horas al día a la política”, escribe. “De estas personas, cuatro de cada cinco afirman que ni un solo minuto de ese tiempo invertido se relaciona con algún tipo de trabajo político real. Solo son noticias televisadas, algunos pódcast, programas de radio, redes sociales y elogios, críticas y quejas compartidas con los amigos y la familia”.

Hersh considera que es posible definir el trabajo político real como la acumulación intencional y estratégica de poder al servicio de un fin determinado. Es acción al servicio del cambio, no información al servicio de la indignación. Tengo esta distinción en la cabeza porque, al igual que muchas otras personas, toda la semana pasada le di muchas vueltas al golpe frustrado del 6 de enero, sumido en furia contra los republicanos que pusieron la lealtad a Donald Trump por encima de la lealtad al país y los pocos pero cruciales demócratas del Senado que demuestran a diario su convicción de que el filibusterismo —una táctica obstructiva en el Congreso— es más importante que el derecho al voto. Debo confesar que los tuits y columnas que redacté en mi mente eran muy mordaces.

Por desgracia, la furia solo sirve como combustible. Necesitamos un plan B para la democracia. El plan A era aprobar los proyectos de ley H.R. 1 y de Promoción del Derecho al Voto John Lewis. En este momento, parece que ninguno de esos proyectos llegará al escritorio del presidente Biden. He constatado que si adviertes de esto provocas un enojo peculiar, como si admitir el problema fuera su causa. Temo que la negación ha dejado a muchos demócratas estancados en una estrategia nacional con pocas esperanzas de éxito a corto plazo. Si quieren proteger la democracia, los demócratas deben ganar más elecciones. Para lograrlo, necesitan asegurarse de que la derecha trumpista no corrompa la maquinaria electoral local del país.

“Quienes piensan estratégicamente cómo ganar las elecciones de 2022 son quienes más están haciendo por la democracia”, dijo Daniel Ziblatt, politólogo de Harvard y uno de los autores de Cómo mueren las democracias. “He oído a algunas personas decir que los puentes no salvan a la democracia, pero el derecho al voto sí. El problema es que, para que los demócratas se encuentren en posición de proteger la democracia, necesitan mayorías más numerosas”.

Algunas personas ya trabajan en el Plan B. Esta semana, casi de broma le pregunté a Ben Wikler, presidente del Partido Demócrata en Wisconsin, qué se sentía estar en las primeras líneas de defensa de la democracia estadounidense. Me respondió, con toda seriedad, cómo se sentía. Cada día lo consume una tremenda obsesión por las contiendas a las alcaldías de poblados de 20.000 habitantes, porque esos alcaldes se encargan de designar a los secretarios municipales que toman la decisión de retirar los buzones para las boletas enviadas por correo, y pequeños cambios en la administración electoral podrían ser la diferencia entre ganar el escaño del senador Ron Johnson en 2022 (y tener la posibilidad de reformar la democracia) y perder esa contienda y el Senado. Wikler está organizando a voluntarios que se encarguen de centros telefónicos para convencer a personas con fe en la democracia de convertirse en funcionarios municipales de casilla, pues la misión de Steve Bannon ha sido reclutar a personas que no creen en la democracia para que trabajen en casillas municipales.

Tengo que reconocerle esto a la derecha: se fijan muy bien dónde radica el poder dentro del sistema estadounidense, algo que la izquierda a veces no hace. Esta táctica, que Bannon designa “estrategia de distrito electoral”, le está funcionando. “De la nada, personas que nunca antes habían mostrado interés alguno en la política partidista comenzaron a comunicarse a las oficinas generales del Partido Republicano local o a asistir en grandes números a las convenciones de condado, dispuestas a servir en un distrito electoral”, según informa ProPublica. “Aparecieron por igual en estados que ganó Trump y en estados que perdió, en áreas rurales profundamente republicanas, en suburbios de voto pendular y en ciudades populosas”.

La diferencia entre quienes se organizan a nivel local para moldear la democracia y aquellos que hacen rabietas nada productivas en vista del retroceso democrático (entre los cuales me incluyo) me recuerdan aquel antiguo adagio sobre la guerra: los aficionados debaten sobre estrategia; los profesionales, sobre logística. En este momento, los trumpistas hablan de logística.

“No tenemos elecciones federales”, dijo Amanda Litman, cofundadora de Run for Something, organización dedicada a ayudar a candidatos primerizos a identificar los cargos por los que pueden competir y que colabora con ellos para montar su campaña. “Tenemos 50 elecciones estatales y miles de elecciones de condado. Cada una de ellas cuenta para darnos resultados. Si bien el Congreso puede fijar, hasta cierto punto, reglas o límites en torno a la administración de las elecciones, las legislaturas estatales deciden quién puede votar y quién no puede hacerlo. Condados y pueblos toman decisiones como la cantidad de dinero asignada a su gasto, la tecnología que utilizan o las normas para determinar qué candidatos pueden participar”.

Un análisis de NPR reveló que 15 republicanos que compiten en la elección de secretario de estado en 2022 dudan de la legitimidad de la victoria de Biden. En Georgia, el republicano Brad Raffensperger, secretario de estado en funciones, quien se mantuvo firme ante las presiones de Trump, enfrentará en las primarias a dos competidores que afirman que Trump fue el verdadero ganador en 2020. Trump expresó su respaldo a uno de ellos, el representante Jody Hice . También ha respaldado a candidatos a secretario de estado en Arizona y Michigan que lo apoyaron en 2020 y están listos para hacer lo propio en 2024. Como hizo notar NPR en tono prosaico: “Las responsabilidades de un secretario de estado varían, pero en la mayoría de los casos es el funcionario electoral de mayor rango en el estado y se encarga del cumplimiento de las leyes electorales”.

Tampoco todo se reduce a los secretarios de estado. “Existe la supresión del voto en todos los niveles de gobierno en Georgia”, me dijo la representante Nikema Williams, presidenta del Partido Demócrata en Georgia. “Tenemos 159 condados y, por lo tanto, 159 maneras distintas de elegir a los consejos electorales y celebrar elecciones. Así que hay 159 líderes diferentes que controlan la administración electoral en el estado. Hemos visto a esos consejos restringir el acceso mediante cambios en el número de buzones para boletas. En general, en estos consejos hacen a un lado a nuestros miembros negros”.

La frustrante estructura política de Estados Unidos crea dos disparidades que fastidian a los posibles defensores de la democracia. La primera de estas disparidades es de índole geográfica. El país ataca elecciones celebradas en Georgia y Wisconsin, y si vives en California o Nueva York, te quedas con una sensación de impotencia.

Pero eso suena a ilusión y también evasión. Una queja constante entre quienes trabajan para ganar estos cargos es que los progresistas donan cientos de millones a campañas presidenciales y apuestas improbables contra los republicanos mejor posicionados, mientras que los candidatos locales de todo el país no reciben financiamiento.

“A los principales donadores demócratas les gusta hacer aportaciones para las cosas ostentosas”, me explicó Litman. “Contiendas presidenciales y para el Senado, super PAC o anuncios de televisión. Amy McGrath puede recaudar 90 millones de dólares para competir contra Mitch McConnell en una contienda perdida, pero el número de candidatos al concejo municipal y el comité escolar en Kentucky que pueden recaudar lo necesario es…”. Frustrada, se detuvo.

La segunda disparidad es de carácter emocional. Si temes que Estados Unidos se esté inclinando hacia el autoritarismo, deberías apoyar a candidatos, organizar campañas y hacer donaciones a causas que directamente se centren en la crisis de la democracia. Por desgracia, pocas elecciones locales se organizan como referendos sobre la gran mentira de Trump. Se concentran en la recolección de basura y regulaciones sobre la emisión de bonos para recaudar dinero, en el control del tráfico, el presupuesto y la respuesta en caso de desastre.

Lina Hidalgo se postuló para el cargo de juez de condado en el condado de Harris, Texas, tras las elecciones de 2016. La campaña de Trump la dejó consternada, así que quería hacer algo. “Me enteré de este cargo al que nadie le había prestado atención en mucho tiempo”, me dijo. “Era el tipo de escaño que solo cambiaba de ocupante cuando la persona en funciones moría o era encarcelada por haber cometido un delito. No obstante, tenía control sobre el presupuesto para el condado. El Condado de Harris casi es del mismo tamaño que Colorado en términos de población, y es más grande que 28 estados. Se ocupa del presupuesto para el sistema hospitalario, los caminos, puentes, bibliotecas, la prisión. Y también incluye el financiamiento para el sistema electoral”.

Hidalgo no desarrolló su campaña como una progresista instigadora deseosa de defender a Texas de Trump. Me explicó que ganó gracias a que se concentró en los problemas que más les importaban a sus vecinos: las constantes inundaciones que sufría el condado, pues una serie de tormentas violentas arrolló la infraestructura deteriorada. “Pregunté: ‘¿Quieren una comunidad que se inunde cada año?’”. Ganó y, después de su victoria, decidió con sus colegas invertir 13 millones de dólares más en la administración electoral y permitirles a los residentes votar en cualquier casilla que les resultara conveniente el día de las elecciones, aunque no fuera la que les habían asignado.

La idea de proteger a la democracia respaldando a funcionarios de condado o alcaldes de pueblos pequeños, en particular aquellos que se ajustan a la política de comunidades más conservadoras, puede sonar a que nos diagnosticaron insuficiencia cardiaca y nos recomendaron que lo mejor era revisar nuestras declaraciones fiscales y las de todos nuestros vecinos.

“Si alguien quiere luchar por el futuro de la democracia estadounidense, no debería pasarse todo el día hablando sobre el futuro de la democracia estadounidense”, dijo Wikler. “Estas contiendas locales que determinan los mecanismos de la democracia estadounidense son el conducto de ventilación de la estrella de la muerte republicana. Estas contiendas no reciben ninguna atención nacional. Apenas reciben atención local. En general, la participación es de menos del 20 por ciento. Eso quiere decir que las personas involucradas en realidad tienen un superpoder. Un solo voluntario dedicado podría hacer llamadas y visitar a suficientes electores para conseguir la victoria en unas elecciones locales”.

O cualquiera puede simplemente ganarlas. Eso es lo que hizo Gabriella Cázares-Kelly. Cázares-Kelly, quien pertenece a la nación Tohono O’odham, aceptó encargarse de una caseta de registro de electores en el colegio universitario en el que trabajaba, en el condado de Pima, Arizona. Le asombró escuchar las historias que relataban sus estudiantes. “Culpamos una y otra vez a los estudiantes de no participar, pero en realidad es muy complicado registrarse para votar si no tienen licencia para conducir, la oficina más cercana de trámite de licencias está a una hora y media de distancia y no tienen auto”, me explicó.

Cázares-Kelly se enteró de que gran parte del control sobre el registro de electores estaba en manos de una oficina de la que ni ella ni sus conocidos sabían nada: la Oficina de Registro del condado, con facultades sobre varios tipos de registros, desde escrituras hasta registros electorales. Tenía facultades que nunca había considerado siquiera. Podía colaborar con la administración de correos para colocar formularios de registro en las oficinas de correos de las tribus, o no hacerlo. Si llamaba a un votante para verificar una boleta y escuchaba un mensaje de contestadora en español, podía darle seguimiento en español, o no.

“Empecé a contactar a la oficina de registros para hacerles sugerencias y preguntas”, dijo Cázares-Kelly. “Eso lo hice durante mucho tiempo, y no tenía muy contento al funcionario de registros. Hablaba con tanta frecuencia que el personal comenzó a identificarme. No tenía ningún interés en postularme, pero entonces escuché que el funcionario anterior planeaba retirarse, y lo primero que pensé fue: ‘¿Qué va a pasar si se postula un supremacista blanco?’”.

Así que, en 2020, Cázares-Kelly participó en la contienda y ganó. Ahora es la funcionaria encargada de los registros en una jurisdicción con casi un millón de personas y más de 600.000 votantes registrados, en un estado bisagra. “Algo que de verdad me sorprendió cuando empecé a involucrarme en la política es cuánto poder tenemos a la mano si solo asistimos a los eventos que hay”, dijo. “Si te encantan las bibliotecas, estas tienen juntas de consejo. Asiste a la junta pública. Observa en qué gastan el dinero. Se supone que debemos participar. Si quieres involucrarte, siempre hay una manera de hacerlo”.

Ezra Klein se unió a Opinión en 2021. Fue el fundador, editor jefe y luego editor general de Vox; el presentador del pódcast, The Ezra Klein Show; y el autor de Why We’re Polarized. Antes de eso, fue columnista y editor de The Washington Post, donde fundó y dirigió la vertical Wonkblog. @ezraklein

© 2022 The New York Times Company

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