"Soy la peste": Guillermo Saccomanno y un descenso al infierno del alma humana

Gisela Antonuccio
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Pasaron treinta años desde que inició su lento viaje hacia lo oscuro para emprender la tarea de contar el sufrimiento ajeno. Desde entonces, con un promedio de 400 kilómetros de ida y vuelta en viajes de la ciudad a la costa, Guillermo Saccomanno acaso dio la vuelta al mundo. Pintando su aldea, como sugirió Tolstoi, compuso una tela con los colores del universo.

El buen dolor, El pibe o la trilogía sobre la violencia -La lengua del malón, El amor argentino y 77- revelan su búsqueda por entender un tiempo que avanza fuera de la razón, pero también ajeno a la compasión. Al igual que Un maestro (2011) y Cámara Gesell (2012), premio Dashiell Hammett.

Su último abismo fue El sufrimiento de los seres comunes (2019), relatos imprescindibles que condensan el ADN de este escritor de culto, maestro, formador de escritores, guionista, historietista.

A menos de un año de aquél, Saccomanno (Buenos Aires, 1948) lanza ahora Soy la peste (Planeta), un viaje al descenso de la persona humana, escrito durante el confinamiento. Es un relato de iniciación del mal en un joven con un solo propósito, huir.

Como en Memorias del subsuelo (Dostoyevski, 1864), se respira algo de un tiempo pasado, pero reciente, que escarba en cómo un alma puede alcanzar la ruina hasta su degradación.

"Sentía que estaba quemado como escritor"

El mal arrasó Buenos Aires. Las calles son irrespirables por el olor de las montañas de cadáveres, a la espera de ser incinerados. El convoy de la muerte avanza entre nubes de cenizas. Lleva los cuerpos a fosas comunes en chacras de la periferia. "Requiere estómago quemar a alguien", dice el protagonista.

"Sentía que estaba quemado como escritor", dice en videollamada con LA NACION. Releyendo Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, pensó en el personaje de Iván: "Si Dios no existe, ¿entonces está todo permitido?", se preguntó.

La ciudad arde, aun el frío y la nieve ("una nieve mortal, como en El Eternauta, me alertó mi analista"). Animales salvajes acechan. Sin agua ni electricidad, los sobrevivientes se agolpan, esperando que el ejército les de su ración de guiso pestilente, bendecida por un cura rechoncho. La muerte atacó en lo doméstico: cuerpos doblados sobre los volantes de los autos, shoppings saqueados con cadáveres cerca de los probadores, mujeres y niños desplazados como en las guerras; mientras, los sanos deambulan como depredadores.

"Mi conexión estaba con la imposibilidad de escribir. Si Dios no existe, estamos en el desierto. El personaje camina sobre tierra desierta. Al perder la fe en Dios y en la literatura, mi manera de recuperarla fue volver al origen con mis novelas de iniciación, cuando tenía quince y empecé a trabajar y mi gran guía fue Roberto Arlt", cuenta el autor, Premio Nacional de Literatura 2001 y Konex de Platino como mejor novelista 2011-2018.

Esa "prosa de la cultura deficitaria" recorre esta nueva escritura de los márgenes, que combina poesía y jergas, más cerca del documentalismo que de la ficción. Su lenguaje se fusiona con lo atemporal, "la lengua del gotán y de la cumbia".

De a ratos recuerda a Historias de la ciudad de Dios, del italiano Pier Paolo Pasolini, un artista de la experiencia en los márgenes, que se solidarizó con sus protagonistas al rescatar la voz de sus dialectos. Igual que el autor boloñés, Saccomanno documenta un tiempo histórico, con su realidad violenta y desigual, entregado a su oficio de artesano de la palabra ("Nadie sabía cómo iba a ser la vida después. Tampoco si habría un después").

Desde Barrio Norte, traza una cartografía que se detiene en las periferias, se hunde en la precariedad del Riachuelo y llega a la "conurbanización" de la costa para enfrentarse, como Pasolini, a la miseria del mundo ("la ciudad sombría y deshabitada se desplazaba por las ventanillas). Su andamiaje es el lunfardo y el habla de las barriadas, que muestran que el bien y el mal están en otra parte, fuera del alma y de la conciencia ("estar encanutado con tu familia daba más miedo que el afuera").

Soy la peste exige ser leído, además, desde "La búsqueda de un Dios (basado en hechos reales)", último relato de su libro anterior. Ahí, G., álter ego del escritor, se preocupa por cómo contar el dolor sin dañar a otros, cómo desnudar aquello que perturba a quienes están cerca del sufriente "disimulando su asco y su piedad".

Todos estamos en peligro

El reino del Señor tiene sus estamentos. No hay lugar para todos. Una vendedora de pasajes en la terminal de Retiro, que conversa con G., se resigna a las segmentaciones de mercado del Todopoderoso. La idea vuelve en Soy la peste: esta vez nadie entró al reino de Dios.

"No hay salvación en la periferia", dice Saccomanno detrás del escritorio de la casa en la que vive con la escritora Fernanda García Lao, en Olivos, donde lo sorprendió la pandemia. Y sigue: "Las situaciones que recorre el personaje aluden a los estamentos de poder. Llega a lo más bajo, una fábrica, donde se encuentra con un obrero y no hay patrón al que colgar. Después pasa por un banco, donde está el gerente drogándose y masturbándose. Tampoco hay guita, porque no tiene sentido. Es más importante tener una pistola; todo carece de valor. Después pasa por una iglesia y no hace boleta al cura de carambolas. La clase obrera, la alta burguesía, carecen de valor".

En su huida, el joven sin nombre encuentra algo parecido al amor, "pero no lo puede reconocer cuando descubre la verdad del otro". "Al descubrir la alteridad, no puede aflojar ante la ternura por su machismo herido; el amor pone en tela de juicio su masculinidad", explica Saccomanno.

Escritura y realidad van juntas ("toda literatura es política", insistía a sus alumnos de los miércoles, en su casa de la calle Córdoba al 400). Ese credo explica su frase: "La pandemia fue tal vez un éxito del capitalismo, porque reafirma otras hegemonías. La de China, se podría pensar". La redefinición traerá "mecanismos de control tal vez más duros". "Porque no se trata de ir a tomar una birra en la calle como piensa la derecha. Es algo más denso. Nos limitaron en tiempo y en espacio, categorías de lo absoluto, que marcan lo humano. La pandemia entra en esa lógica. Si no fuera por la necesidad de riqueza, no se estaría derritiendo el Ártico".

De vuelta en Soy la peste, el personaje se encuentra "mutilado en su capacidad de amar", pero los seres humanos también sufrimos esa mutilación: "El amor se vuelve subversivo en una sociedad cuyos valores están cifrados en el consumo. El otro es algo que yo consumo, no responde a mi necesidad de recibir y de dar. ¿Cómo negociamos nuestra fuerza de trabajo, nuestra capacidad intelectual? ¿Al servicio de quién la ponemos? La cultura es un campo de combate. Como escritor pienso en la independencia del intelectual y en que no se puede hacer el distraído", dice.

Palabras que dijo, con la "repetición obsesiva" que G. le reprocha en la literatura. Para otros es coherencia interna.

No es extraño entonces que Soy la peste parezca un artefacto llegado de otro tiempo, en el que Saccomanno ofrece una pintura de lo que existió, antes de que el pasado concretara su extinción.

COINCIDENCIAS

La aparición de Soy la peste coincidirá, sin querer, con la aparición de otros dos libros que se vieron frenados por la pandemia, Mis citas con Lao (Editorial Universitaria de la Plata), un volumen que combina epistolario, diario y crítica literaria, y Los días Trakl. Diario de lectura (Las Cuarenta), claves para leer al poeta austríaco.