Entre sol y palmeras, el improbable y triste exilio afgano en Albania

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El sol brilla, las olas del Adriático relucen azules, los niños pueden bañarse en una piscina. Pero las orillas acogedoras de Albania no consuelan a los afganos evacuados a este pequeño país balcánico del traumatismo vivido y de su incierto futuro.

"Físicamente estoy aquí, pero mi corazón está en Afganistán", dice Latifa Frotan, de 25 años, llegada a finales de agosto a Albania tras el ascenso al poder de los talibanes.

Esta militante de derechos de las mujeres, exempleada del ministerio de Interior en Kabul, apenas consigue contener las lágrimas cuando habla de sus familiares en Afganistán.

Albania, uno de los países más pobres de Europa, con un salario medio de 460 euros, se comprometió a acoger provisionalmente 4.000 afganos, que en muchos casos sueñan con un pasaje a Estados Unidos.

Hasta ahora, casi 700 mujeres, hombres y niños se albergan en hoteles cinco estrellas, con piscinas, parques y pistas de deporte a orillas del Adriático.

"Esta gente huyó del terror, está traumatizada y sería inhumano encerrarlos en campos", señaló el primer ministro albanés Edi Rama.

Pero de poco sirve el lujo frente a su desesperación.

"Tenemos la oportunidad de estar aquí, tenemos todos los servicios que necesitamos, pero estamos inquietos por nuestra familia", dice Latifa, en el complejo hotelero Rafaelo de Shengjin.

Sufre por su hermana y por las hermanas de su marido. "Los talibanes pegan a las mujeres, pegan a los periodistas, la vida de todos está en peligro", asegura.

- Tierra de asilo y de éxodo -

Con 2,8 millones de habitantes, Albania, como Kosovo y Macedonia del Norte, no dudó en ofrecerse para abrir sus puertas a afganos.

Para Edi Rama, era algo evidente en este país de acogida, que recibió 500.000 kosovares huidos de las fuerzas serbias de Slobodan Milosevic a finales de los años 1990, pero también de éxodo, con más de un millón de emigrados desde 1990.

"No somos ricos, pero se lo debemos a nuestros amigos afganos y se lo debemos a nuestra tradición, a nuestro propio pasado reciente de refugiados", dijo a los medios locales.

A diferencia de otros países de Europa occidental, donde a veces hay reacciones hostiles a los migrantes, ningún partido albanés alzó la voz.

Los afganos "son de los nuestros, son como la familia", dice Viktor Nrea, conductor de ambulancia voluntario en el complejo hotelero.

"Comparto con ellos el dolor, pero también la alegría de vivir de sus niños. Esto me ayuda a olvidar la ausencia de mis dos hijos que están lejos, emigrados", añade.

En la piscina, a la sombra de las palmeras, los evacuados están enganchados a sus teléfonos. La noticia de que solo los chicos volverán por ahora a los institutos causa consternación.

Emocionada, Lina Mommadi, una científica de 36 años, muestra en su portátil la foto de una clase universitaria donde alumnos y alumnas están separadas por una cortina.

"Mis hermanas trabajaban y ahora se quedan en su habitación", dice esta mujer de ojos verdes. En cada llamada, pide a sus familiares que le enseñen la cara para asegurarse que están bien.

Los gritos de los niños que juegan a pelota o chapotean en la piscina son los escasos momentos de alegría.

El hotel está coronado por una réplica de la estatua de Libertad, un recordatorio del destino que desean muchos, a la espera de instrucciones para pedir un visado a Estados Unidos.

El destino último, sin embargo, sería volver a un Afganistán libre. "Marchar fue una decisión muy dura", dice Elyas Nawandish, de 29 años y redactor jefe de un diario afgano.

Su sueño: "un día poder volver a trabajar, para mí y para mi pueblo", asegura.

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